Tras el rastro de Carmen en las tablas cubanas

El monólogo escrito y protagonizado por la actriz Sandra Lorenzo de Teatro Buendía toma como punto referencial la obra homónima de Prosper Merimeé

Autor:

Osvaldo Cano

El monólogo Carmen es actuado y dirigido por Sandra Lorenzo. Foto: Rebeca Romás A causa de los impredecibles azares que suele tener la vida, mi encuentro con Carmen —monólogo escrito, dirigido y protagonizado por Sandra Lorenzo— se produjo algo alejado de la fecha de estreno. Tomando como punto referencial la obra homónima de Prosper Merimeé, la carismática actriz de Teatro Buendía ha enhebrado una historia donde lo autobiográfico y lo onírico resultan motivación y centro indiscutible del relato, conformando un espectáculo que ha llamado la atención del público en varios escenarios de la Isla.

Desde las notas al programa de mano, la Lorenzo nos revela cuáles son sus motivaciones más hondas, el impulso esencial que la arrastró a concebir la trama. La preocupación por conocer el origen y la suerte de sus ancestros —junto a la curiosidad por intuir o adivinar qué será de sus descendientes—, deviene piedra de ángulo de este inquisitivo monólogo.

La fábula, estructurada de un modo discontinuo, juega con el tiempo, incursionando del presente al pasado o fabulando el futuro de las criaturas de la ficción, que no son otras que las antepasadas o los retoños de la ocasional dramaturgia. El avance a saltos, la fragmentación del discurso y las sucesivas variaciones en el tiempo, convierten a Carmen en un texto relativamente desacostumbrado para un espectador acomodado a la linealidad, el conflicto polar o la definición detallada de los personajes. Esto, además del hecho de que abundan las claves personales, el anecdotario familiar o a que en ocasiones la palabra es desplazada por el interés en comunicarse a partir del canal sensorial, contribuyen a que la trama no alcance a atrapar de un modo más expedito al público.

Una de las profesiones más complejas de todas cuantas reúne el arte teatral lo es, sin dudas, la dirección. Cuando un comediante enfrenta el reto de concebir y protagonizar la puesta en escena, la mencionada complejidad se multiplica. Sandra Lorenzo asumió el desafío de simultanear funciones generalmente diferenciadas, en algunas de las cuales (dramaturgia y dirección) no es exactamente una experta. Con todo y eso, alcanzó a hacerlo con mucho más que dignidad, aunque es innegable que el peso del montaje descansa sobre su labor como actriz.

Carmen muestra un montaje movido, lo cual se evidencia en una escena proclive a mutar constantemente, trasladándonos hacia coordenadas espacio-temporales diferentes; en golpes de efecto capaces de atraer la atención de la platea; en la materialización de un discurso visual, que en no pocas ocasiones iguala o supera en orden de importancia a la palabra, o en la atinada utilización de los objetos. Pero también en los sucesivos cambios de vestuarios, cuya intención significante es palpable, en una frondosa banda sonora, teloncillos y otros elementos inteligentemente aprovechados... En todo ello se percibe, con total nitidez, el magisterio de las líderes de Buendía.

Sandra Lorenzo cargó no solo con el protagonismo más visible, sino que capitalizó también un importante número de responsabilidades como, por ejemplo, el diseño y la confección del vestuario, la escenografía (en colaboración con Mayra Rodríguez) y las coreografías, creadas de conjunto con Indira Álvarez. Haciendo uso de materiales humildes como la malla plástica o el lienzo, los atuendos aportan claridad y contrastes a la hora de diferenciar a los diferentes personajes. Funcionalidad, agilidad en los cambios, capacidad para recrear ambientes diversos, son algunas de las características más acusadas de la sencilla escenografía; en tanto que las coreografías armonizan a la perfección con la historia teatralizada, al permitir perfilarse con total franqueza la ancestral presencia gitana.

El trabajo sobre las tablas de la Lorenzo tiene el mérito de incorporar varios personajes y definir con transparencia a cada uno de ellos. Una labor minuciosa con el cuerpo, el rostro, las manos o los ojos, la apreciable plasticidad de los movimientos, el manejo del torso y en general toda su naturaleza siguiendo los patrones del baile flamenco, le imprimen a su quehacer una presencia y una fuerza que clasifica como lo mejor de todo el montaje. A esto hay que sumar las transiciones bruscas, las entradas y salidas en las diferentes criaturas que encarna, la utilización de matices, modos de hablar, ritmos diferentes, gestos y maneras divergentes de proyectarse, que le permiten multiplicarse y atrapar a entendidos y profanos, debido al vigor y la autenticidad de las emociones evidenciadas.

Carmen reafirma el talento de Sandra Lorenzo, una de las buenas actrices con las cuales cuenta Buendía. La puesta en escena del Estudio Teatral del legendario colectivo demuestra no solo la pertinencia del monólogo como alternativa de especial importancia en los tiempos que corren, sino que también permite una suerte de anagnórisis o exploración en la identidad de la protagonista, convertida ahora en espectáculo ágil, sugestivo y con muy buen nivel interpretativo; razones por las cuales Carmen se convierte en una propuesta de interés dentro de nuestra cartelera teatral.

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