Eduardo Galeano: La lectura al revés

En Patas Arriba. La escuela del mundo al revés, el afamado escritor invita a no creer que el camino hacia delante dejó caer olvidadas esencias de atrás

Autor:

Juventud Rebelde

Patas Arriba. La escuela del mundo al revés, de Eduardo Galeano —presentado en el pasado Sábado del Libro del Palacio del Segundo Cabo—, lo descubrí gracias a una antología que trajera una editorial foránea a una Feria del Libro, hace ya algunos años. Y, por supuesto, me quedé con «muchas ganas» al leer aquella selección tan escueta, como a quien le dan a probar el merengue y le esconden todo el pastel.

Con el tiempo me caería en las manos una biblioteca digital que presumía de tener, gracias a los winrar y los pdf, los clásicos de la literatura universal en apenas un giga de información. Y entre sus ejemplares, en una carpeta llamada «E», que contenía a su vez otra identificada con el nombre del escritor uruguayo, aparecía atesorado Patas Arriba... entre otros títulos inolvidables como Las venas abiertas de América Latina, Memoria del fuego o El Libro de los abrazos.

Cuál no sería mi sorpresa al percatarme de que el documento que ante mis deseosos ojos se abría solo alcanzaba las 12 páginas. Ya me extrañaba a mí tanta magnanimidad de la tecnología, pensé entonces y cejé en el empeño, —pues no me quedaba otra opción—, hasta que encontré recientemente en Internet, como quien descubre el agua tibia, un sitio amistoso en el que los «librófilos» se facilitan con total desenfado sus textos favoritos.

Rápidamente cliquié «descargar gratis», no sin antes pensar en cómo la liberación de la información en la Red de redes ha permitido romper con el egoísmo de aquellos que, conscientes del valor que entraña un buen libro, lo guardan compulsivamente para no prestarlo jamás.

Nada comparado con el placer de hojear las páginas, de hacer un acto personal la lectura, con cada subrayado en esa frase que nos marca y no queremos olvidar. Nada se compara con tomar un libro —uno de tinta y papel— en las manos y acostarte, y sentarte, y no estar sujeto a la incomodidad que supone leer frente a la pantalla de un monitor. Pero a falta de pan... me lancé a la lectura «al revés».

No estoy haciendo alusión para nada a los lectores que en un libro de suspense, o novela policiaca, se allegan desesperados a las páginas finales para ver quien era el asesino o si finalmente logra escabullirse el ladrón. Tampoco hago referencia a ese orden —en de-sorden— que propuso con Rayuela Julio Cortázar, prescribiendo al lector empezar a leer ya por el inicio, o por el capítulo 73, o por donde mejor se le antoje.

Simplemente quiero evocar el recuerdo que guardo de esta obra —despertado por el hecho de su reciente presentación—, la cual (y a pesar de los avatares por los que llegué a ella) tendió la madeja de sus hilos alrededor de mí, conmoviendo los cimientos de la tierra que piso y que, después de cerrado el volumen, me pareció totalmente inaudita.

Con una lectura «al revés» de la realidad, Galeano atraviesa precisamente la mirada con la que se suele interpretar de costumbre lo que a diario acontece por las regiones de América Latina. Es por tanto la del ensayista y periodista, una comprensión aberrante, como diría Humberto Eco, que no necesariamente supone el error, sino una traición a las intenciones del emisor, llámense en este caso globalización cultural, monopolismo financiero, o deshumanizada modernidad del consumo.

La apostasía de Galeano consiste acaso en no dejarse llevar por los apotegmas establecidos de la superioridad de una raza, de un sexo o de un país sobre otro; en no comulgar con los preconcebidos modelos de competencia sobre los cuales se monta la educación y la enseñanza del hombre; o en creer que el camino hacia delante, dejó caer olvidadas esencias de atrás.

La semilla de la duda se convierte en un árbol con cada vuelta de página, y nos inquieta a preguntarnos si todo es un mal sueño que vivimos o si es que hemos aprendido a vivir en una eterna pesadilla. No es pesimista tampoco Patas Arriba, ni «todo está perdido»; a Galeano le basta solamente relucir la sonrisa escondida en la paradoja, para enseñarnos que el quid radica en la posición desde donde decidimos mirar, ya sea con la cabeza por el suelo o —¡al fin!— bien puesta sobre los hombros.

Precisamente es la paradoja la clave de este libro, como acicate de la retórica para desnudarnos el absurdo que late en la vida contemporánea. La paradoja que encierra, desde sus orígenes griegos, la doxa paralela; aquella que camina al lado de nuestra opinión pero no necesariamente guiada bajo la misma corriente ni en la misma dirección. Esa que encierra también fantasía y esplendor más allá del incierto conocimiento que le apuntara Platón con anticipado desdeño.

Es de patas arriba ponerse de parte de los menos favorecidos y encontrar verdades en los grafittis de basura que pueblan las paredes de los barrios marginados, como quien acude, responsablemente, al último resquicio donde se respire sin contaminación y con absoluta libertad.

Vista del crepúsculo, al fin del siglo Está envenenada la tierra que nos entierra o destierra. Ya no hay aire, sino desaire. Ya no hay lluvia, sino lluvia ácida. Ya no hay parques, sino parkings. Ya no hay sociedades, sino sociedades anónimas. Empresas en lugar de naciones. Consumidores en lugar de ciudadanos. Aglomeraciones en lugar de ciudades. No hay personas, sino públicos. No hay realidades, sino publicidades. No hay visiones, sino televisiones. Para elogiar una flor, se dice: Parece de plástico. Eduardo Galeano

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