Un disparo certero de Juan Villoro

La novela El disparo de argón, que este escritor mexicano publicó en los inicios de los años 90 del pasado siglo, ha llegado a nuestras manos gracias a la colección Orbis, de Arte y Literatura

Autor:

Juventud Rebelde

EL exceso de luz puede cegarnos tanto como la oscuridad más profunda, tal es el retumbo del disparo que he querido escuchar hacia las últimas líneas de una novela que el mexicano Juan Villoro publicó en los inicios de los años 90 del pasado siglo. Pero es ahora que El disparo de argón ha llegado a nuestras manos, gracias a la colección Orbis, de Arte y Literatura.

En una ciudad llamada San Lorenzo, de trazado alegórico a la parrilla de tormento donde ardiera el mártir, se alza una clínica oftalmológica siniestra que más bien semeja una torre ocular desde la que observamos a un hatajo de almas inertes, fantasmales, encerradas o condenadas a existir precariamente en una ciudad mayor, la más poblada del mundo. Las luces de neón, artificiales, nocturnas, discontinuas, durante el día ceden paso a las nubes de tormenta, a la lobreguez de los pasillos del hospital y de las callejuelas que lo circundan.

Y bajo tales raptos de oscuridades y luces mortecinas, sobreviven las más disímiles pasiones humanas donde resulta fácil encontrar más de un rostro conocido, aun cuando El disparo..., novela cargada de símbolos por descifrar y claves juguetonas, no ha sido concebida como una alegoría, aunque sí como un sucedáneo del mítico espejo humeante que encontrara aquel que se extravió una vez en el desierto. Se enmaraña la trama con la misma sinuosidad con que fueron diseñados los pasillos del hospital.

Transitarlos es desenhebrar las almas de los personajes marcados por el sino de los gases nobles, inertes, que el arquitecto por un capricho ajeno y retorcido ha fijado en las paredes de la clínica como puntos cardinales para perder al hombre más que para salvarlo (de sí mismo). Toda la novela deberá ser tamizada por el lector sobre ese elucidario químico, casi una treta medieval, que nos provee el autor en los inicios: los gases nobles y sus etimologías, prestas a funcionar como verdaderos círculos infernales.

Hay otros símbolos puestos en juego que pueden excitar los ánimos lúdicos del erudito para una lectura mística, teológica o hermenéutica de El disparo..., sin llegar a forzar la historia y sin que nuestro retozo literario termine por devorar el argumento. Tal aventura se justifica cuando reparamos en el tono exegético que reclama el exceso simbólico empleado por Villoro. El narrador nos tienta a una tarea descodificadora casi obsesiva cuando insiste en los espacios nombrados y vueltos a nombrar en el hospital y, sobre todo, en las connotaciones de las calles de esa ciudad en forma de infiernillo; o cuando enrarece la atmósfera con una deidad del panteón azteca que alguien ha colocado a la entrada del edificio, quizá solo para multiplicar los significantes.

¿Y en cuanto a los ojos? La especialidad médica del protagonista no es una gratuidad azarosa. Los ojos, por miles, literales en la página tanto como sobre una mesa de operaciones, hechos figurillas con el pan amasado o vueltos simple luz en las breves claridades que dejan pasar las nubes, son las advertencias de un peligro mayor, de un misterio, de un ritual en el que debemos ser iniciados. Son los ojos que le proporcionan al narrador ese detallismo exasperante en ocasiones, esa proclividad a la premonición, la conciencia de reconocerse «vencido en una ciudad vencida por la tormenta», en un tránsito perpetuo hacia otra instancia (¿moral?, no sé) como ser humano que, paradójicamente, no logra divisar en plenitud. Advirtamos que en sus momentos de crisis se refugia en un lugar maldito porque ha sido escenario de suicidios, un paso obligado hacia la ciudad vecina que unos desconocidos han forrado con heces fecales humanas. Por esta vía, las posibilidades de interpretación de El disparo... pudieran rozar el infinito.

El disparo... es una novela escrita con ingenio y gracia, donde lo mejor que luce proviene, parafraseando al personaje de Villoro, «de la magia que borra las letras y hace visible otras cosas».

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