Felices y danzarias coincidencias de Sarah Lamb e Iván Putrov

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Nacieron en países diferentes; sin embargo, las sólidas carreras de las afamadas estrellas internacionales tienen muchos  puntos en contacto

Ella nació Estados Unidos; él en Ucrania. Sin embargo, las sólidas carreras de Sarah Lamb e Iván Putrov, tienen más puntos de contacto que ser actuales primeros bailarines del Royal Ballet. Incluso muchos más que lo que ellos quizá suponen. Ambos ingresaron en compañías profesionales en 1998: la bella rubia de inmensos ojos expresivos en el Boston Ballet, mientras que el hijo de conocidos bailarines era recibido con los brazos abiertos en el colectivo danzario más emblemático de Inglaterra.

Por motivaciones similares, Sarah e Iván audicionaron en períodos diferentes para ingresar en el Royal. «Aunque la gente crea lo contrario, explica Lamb, en Norteamérica no están disponibles los recursos financieros para auspiciar este tipo de arte. De ahí que las compañías con más renombres son privadas, no públicas. Al mismo tiempo, mis compatriotas están más interesados en el cine o en jugar Nintendo, que en el ballet. Eso explica el porqué, a pesar de que existen muy buenos bailarines y buenas compañías, las presentaciones sean tan escasas. El New York City Ballet es la excepción, pero solo se especializa en Balanchine, y yo quería hacer de todo: ballet clásico, contemporáneo..., lo cual es aún imposible en mi país».

En el caso de Putrov la idea apareció después de participar en el Prix de Lausanne, Suiza, con el fin de confrontarse con otros como él. «Y sucedió que obtuve el primer premio. Regresé a Kiev, pero me llegó una notificación de que el director del Royal Ballet School quería verme. Decidí presentarme y comprobar si contaban con buenos profesores. Solo así aceptaría o no la invitación. Por suerte encontré allí a un profesor excelente, German Zammel, con el cual trabajé muy a gusto y sin respiro.

«Después intenté volver a Kiev, mas la situación que vivía el ballet entonces no era favorable. No se estrenaban ballets nuevos y no veía ningún futuro para mí. Tampoco quería permanecer a la sombra de mi familia, sino hacer algo por mí mismo. Tras pensarlo mucho, atraído por las verdaderas posibilidades de desarrollo que ofrece el Royal Ballet —gracias en buena medida al rico repertorio que posee—, preferí quedarme en esa compañía».

En esta historia, no fue Putrov el único multipremiado en certámenes internacionales de esa disciplina (además del premio en Lausanne, alcanzó la Medalla de Oro en el Concurso Internacional Serge Lifar y en el Festival Nijinsky), sino también Sarah, quien obtuvo preseas plateadas en Nagoya, Japón; en la New York Ballet Competition y en la USA International Ballet Competition.

«Me entrené con la gran Madame Tatiana Legat en el Boston Ballet School, viuda de Yuri Soloviev y nieta del coreógrafo y pedagogo Nicolai Legat, quien fuera maestro de Agrippina Vaganova, la más notable profesora rusa de su época, creadora de un sistema de enseñanza del ballet que permanece hasta nuestros días. Tatiana Legat es una profesora excelente y estudié bajo su tutela hasta que ingresé en el Boston Ballet, donde enriquecí mi repertorio y tuve el privilegio de bailar con Carlos Acosta. Justamente después de ese acontecimiento me dije que quería hacer mucho más.

«Cuando uno es muy joven, señala Sarah, es casi normal que seas parte del cuerpo de baile. Por ello pocas veces tienes la oportunidad de asumir roles de solista. Sin embargo, es esencial para tu carrera enfrentarte desde temprano a diferentes pas de deux, a ese tipo de papeles. Y esa posibilidad te la brindan los concursos».

Lo mismo piensa al respecto Iván, aunque enfatiza que «mis premios en estos eventos no fueron tantos como los de Carlos Acosta, quien puede derretir todas sus medallas y hacerse una cadena dorada que le dé la vuelta al mundo (sonríe). Lo que sucede es que al principio los concursos son muy importantes para prepararte como bailarín porque trabajas muy de cerca con los profesores, quienes te atienden diferenciadamente.

«Mira, lo que más me place de un ballet es su parte teatral, concebir bien los personajes. Pero esas habilidades las vas adquiriendo en un inicio cuando te entrenas en función de los concursos que, por lo demás, también son importantes cuando comienzas, pues te van conformando una “personalidad”; te ayudan a sobresalir para que luego se fijen en ti».

Conversación a cuatro voces

A pesar de que asumieron el acontecimiento de maneras diferentes, también coincide en la existencia de Sarah e Iván el hecho de que en una de las paredes de las casas lucen sendos retratos, donde cada uno posa al lado del presidente de sus respectivos países; algo que supe gracias a la profesionalidad y la paciencia de Ariel Amieva, traductor sin el cual no hubiese sido posible esta conversación a cuatro voces en exclusiva para Juventud Rebelde.

«Es un gran honor representar la cultura de mi país en todas las latitudes, y al mismo tiempo ser un artista reconocido en mi patria. Es lo mismo que hace Carlos al poner bien en alto el nombre de la Escuela Cubana de Ballet y del Ballet Nacional de Cuba».

Las Habaneras, que recién finalizaron, constituyeron las primeras presentaciones de estos muy jóvenes bailarines en Cuba; algo que aguardaban con ansiedad. Putrov, que al acompañar a la sorprendente neoyorquina Alexandra Ansanelli en Un mes en el campo, de Frederick Ahston, levantó al auditorio en la última jornada del Royal en el coliseo de Prado, había permanecido silencioso estos cinco días de incógnito en la platea sin poder evitar que su piel se le erizara cuando escuchaba la cálida bienvenida que le tributaba el auditorio a sus colegas después de cada presentación.

«Mi padre, Alexander Putrov, quien integró en los años 70 y 80 el Ballet Nacional de Cuba, me hablaba con frecuencia de los balletómanos de la Isla, al tiempo que mi madre, Natalia Berezina-Putrova, bailarina principal del Ballet Nacional de Ucrania, conversaba sobre la Escuela Cubana de Ballet. Me contaba que había visto bailar en la antigua Unión Soviética a la fabulosa maître Loipa Araújo, quien a veces nos regala el privilegio de recibir sus clases. Ella es muy amada en Londres. Ella es, para mí, una inspiración».

Para Sarah, Cuba seguirá en su memoria por largo tiempo. Aquí bailó Chroma, de Wayne McGregor, y la presentación resultó superior a como se lo imaginaba. «El espectáculo quedó bien, pero el público fue fenomenal. Nos sentimos muy a gusto, porque los cubanos saben apreciar lo que están viendo».

—Teníamos la esperanza de verte en otros roles...

—Me hubiese encantado, pero el pasado año tuve un accidente, que me fracturó el pie en cuatro partes. Esta es la primera vez que bailo realmente, después de esas terribles lesiones. Y quise empezar por abajo, aunque estoy muy, muy feliz. De haber podido me hubiese encantado interpretar en La Habana Afternoon of a Faun, coreografía que bailé en Londres con Carlos Acosta. Es una versión moderna de ese ballet, que no es muy técnico pero sí hermoso. Es la historia de dos jóvenes en una clase de ballet, en la cual el público es el espejo. Ellos no se miran directamente, sino que lo hacen a través del espejo, y poco a poco van viendo cómo aparece en ellos el amor. Creo que a la gente le hubiese gustado. Pero bueno, en otra ocasión será.

—Has sido nominada en varias ocasiones por el Círculo Nacional de los Críticos...

—Efectivamente, pero nunca he sido premiada. No obstante, aunque lo agradezco, no es un asunto que me quite el sueño. Para mí lo esencial es que los espectadores disfruten de mis presentaciones. Si eso sucede, es suficiente.

—¿Encontraste en el Royal lo que andabas buscando?

—Pues sí. El Royal posee un repertorio increíble: ballets dramáticos, contemporáneos, Balanchine... Asumimos, incluso, hasta ópera. Asimismo, te ofrece la posibilidad de ir de gira por los más disímiles países, algo que nunca fue posible en el Boston Ballet. Como ves, para mí ha sido extraordinario ser parte de esa reconocida compañía.

Un aparte con Putrov

—Iván, tu ascenso a primer bailarín del Royal fue muy rápido...

—Tuve mucha suerte. Fueron dos años en el cuerpo de baile, otro como solista, y al cuarto me promovieron a primer bailarín. Ocurrió muy rápido. En Kiev como en Cuba se baila desde muy pequeño, y eso es excelente, porque la carrera de un bailarín no siempre es extensa, así que no tenemos tiempo para malgastarlo.

—No te vimos en el elenco de Chroma. ¿Es que no es este el tipo de ballet que prefieres?

—Prefiero los ballets que tengan dramas, como Un mes en el campo que pude bailar en La Habana; Manon, Onegin, Maryeling... No tiene mucha importancia si es un clásico o una coreografía contemporánea. Lo esencial es que sea una obra dramática.

—¿Cómo resultó tu encuentro con el público londinense?

—Es diferente al de Kiev, pero me gustó. Son muy reservados al principio, mas cuando ya te conocen y te aceptan suelen ser muy amables, después que logras demostrar que tienes potencial y puedes hacerlo bien.

—¿Te has sentido un extranjero en el Royal o ya te consideras parte de la familia?

—Es un sentimiento muy extraño, porque cuando salgo de Inglaterra y vuelvo, pienso que viajo hacia mi casa, en Londres. Pero igual me sucede cuando voy a mi casa en Kiev, que, está claro, siempre será mi hogar pues es la tierra que me vio nacer.

—¿Has llegado a pensar en algún momento que tu carrera podía terminar?

—Sí. Estuve aquejado por una lesión en la rodilla que me alejó de los escenarios por 11 meses. Fue un período muy triste para mí que, no obstante, se convirtió en un regalo, pues hallé ese momento ideal que nunca aparece, para tomarme un período de descanso y disfrutar del teatro, del cine, de la música, las exposiciones de pinturas...; un contacto que te enriquece mucho y te prepara para regresar con nuevos bríos y entregar un arte mucho más completo.

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