El mundo accidental del pintor Raúl Santos Zerpa

Suspendido en el tiempo se titula la primera muestra del también premio nacional de Cultura Comunitaria en el Museo Nacional de Bellas Artes

Autor:

Juventud Rebelde

Entre los dos, vida (1974) Hago accidentes o manchas y sobre ellas creo mi obra, confesó el artista. Foto: Aracelys Bedevia Al maestro Raúl Santos Zerpa (Santoserpa), creador de galerías en su provincia natal y premio nacional de Cultura Comunitaria 2000, la invitación para exponer en el Museo Nacional de Bellas Artes le llegó cuando menos lo esperaba. Como todo pintor, siempre quiso ver sus cuadros en esa institución cultural, que muestra uno de ellos en la sala permanente y guarda varios en la bóveda. Sin embargo, fue necesario esperar más de cuatro décadas para realizar el sueño de hacer en ella su primera exposición personal, por demás, retrospectiva.

Elegir entre tanta buena obra constituyó en sí un verdadero reto, tanto para él como para Hortensia Montero, curadora de la muestra, que con el título Suspendido en el tiempo ocupa desde el viernes 3 de julio las paredes de una de las salas transitorias del edificio de Arte Cubano y permanecerá todo el mes a apreciación del público.

La fuerza pictórica de este artista y su buen dominio del color, las líneas y las formas, se hace evidente en cada uno de los cuadros de Suspendido... que, a pesar de pertenecer a etapas diferentes, se unen como en una espiral y expresan la unidad y coherencia de una obra profundamente sensorial y bella.

Nacido en el villaclareño municipio de Cifuentes, el 15 de marzo de 1939, Santoserpa ocupa actualmente un lugar destacado dentro de la plástica contemporánea, a la que contribuye no solo como pintor, sino también como promotor cultural.

El encuentro con JR aconteció en Bellas Artes, en la misma sala donde está su exposición, la cual transita por todas las etapas de este creador y ha sido conformada a partir del arsenal de piezas que posee, y con algunas de sus obras que estaban en el tesauro del Museo y en manos de coleccionistas privados que las prestaron para la ocasión.

Lo primero, dijo, fue localizar dónde estaban, constatar su estado de conservación y elegir las más representativas, sobre todo aquellas que marcaron un momento importante de mi carrera.

«Está la etapa matérica, donde utilicé mucho el accidente pero con pinturas gruesas, fibras que pegaba al lienzo, cartones, papeles, cordeles, que me permitieron crear un relieve que después elaboraba. El ambiente de esas obras es más bien cósmico, un poco fantástico. En aquel entonces yo trabajaba como profesor en la Escuela de Arte de Camagüey.

«Al mudarme para La Habana, a un espacio reducido, tuve que dejar de hacer esos cuadros de gran formato y empecé con la serie de obras sobre cartulina, partiendo de la mancha y del accidente plano. El ambiente seguía siendo matérico, pero habitado por animales, sobre todo por insectos fantásticos en un mundo un poco indefinido y con una relación sideral.

«A mediados de los 70, esos insectos que eran todos en blanco y negro, comenzaron a tener color, al tiempo que fueron ganando protagonismo otros elementos asociados con lo vegetal y mineral. Tenía otro espacio para trabajar y podía hacer proyectos mayores.

«Los insectos se fueron haciendo más pequeños hasta que quedó prácticamente el elemento vegetal imaginario. Siempre partiendo del accidente o la mancha, que es lo que unifica mis creaciones, que han derivado en una abstracción sugerente, en un mundo cada vez menos reconocible, donde hago referencias a la vida y conservo lo sideral del principio.

De la serie Cosmos(1996) «No concibo bocetos ni trazo ideas de lo que voy a pintar. Tampoco teorizo mucho. Me enfrento a la tela o cartulina en blanco sin ninguna idea. Hago accidentes o manchas y sobre ellas realizo mi obra».

—Algunas de las piezas que ahora se exponen, estuvieron en la bóveda del Museo durante más de 40 años. ¿Qué sintió al verlas nuevamente?

—Cuando llevas unos cuantos años trabajando, hacer una exposición retrospectiva es un gran reto, porque nunca has visto la obra reunida. Puede que llegado ese momento te des cuenta de que es muy buena, brillante, pero también puede ser que la evolución no haya sido la correcta o que no sea tan buena como imaginabas. Es un instante muy difícil para uno; yo nunca había hecho una muestra con estas características. De todos modos quedé satisfecho, porque refleja perfectamente mi quehacer artístico. Queda al público establecer el juicio, de acuerdo con su experiencia.

—Los accidentes o manchas están presentes en toda su obra. ¿Por qué los utiliza y qué encuentra en este recurso que le motiva a crear?

—De niño vivía en una casa pintada con cal y me gustaba quitar con las uñas los pedacitos que se caían de las paredes. En los huequitos que iban quedando, dibujaba lo que me imaginaba: caballitos, perritos. Pienso que ahí está la esencia de mi labor.

«Para mí, pintar es un estado perfecto. Siempre quise ser pintor. Mi padre era técnico de un central azucarero y quería que su hijo fuera ingeniero. Mi mamá era un poco más sensible, le gustaba declamar, y conté con su apoyo cuando, estando en la secundaria, se los dije y empecé a estudiar artes plásticas en Santa Clara».

—¿Por qué decidió nombrar esta exposición Suspendido en el tiempo?

—He querido llamarla así porque los artistas vivimos en un estado de imaginación permanente, en un ambiente creativo que te permite de cierto modo mantenerte un poco suspendido en el tiempo, por encima de todas las cosas terrenales y que te ofrece la posibilidad de abstraerte de los otros problemas. Eso fue lo que quise expresar. Pero el título es tan solo una metáfora. He vivido con los pies en la tierra y trabajado en el desarrollo y promoción de la plástica en Cuba.

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