Un elefante ocupa mucho espacio: una puesta en escena que desafía el tiempo

Luego de casi 19 años de vida de la obra, sigue cautivando en la sede del laborioso colectivo capitalino, ubicada en 5ta. y D, en el Vedado

Autor:

Osvaldo Cano

Es fama que entre nosotros, los espectáculos teatrales tienen, casi siempre, una vida breve. De modo tal que hablar de repertorio es una quimera muchas veces acariciada pero escurridiza. Como excepción de esa regla se erige Un elefante ocupa mucho espacio, oferta de Nelda Castillo y El ciervo encantado. El montaje —toma como punto de partida el cuento homónimo de la escritora argentina Laura Devetach— fue estrenado en el ocaso de 1990. Luego de casi 19 años de vida, el longevo paquidermo sigue cautivando a gentes de todas las edades ahora en la sede del laborioso colectivo capitalino, ubicada en 5ta. y D, en el Vedado.

Con Un elefante..., Castillo y sus colaboradores nos introducen en el reino siempre sugerente del circo. Sin que medien palabras vemos desfilar un variopinto elenco circense conformado por clowns, malabaristas, animales, acróbatas..., los cuales atrapan a un público también variado y agradecido. Llama la atención que apenas cuatro personas (tres actores y la directora, que se encarga de las luces, el sonido y de la música en vivo) sean capaces de concebir un montaje que descuella por su dinamismo, la relación interactiva que entabla con la platea y la capacidad para comunicarse de un modo creativo y diáfano.

Aunque Un elefante... resulta una creación que antecede incluso al nacimiento de El ciervo encantado, en él ya se aprecia un grupo de constantes devenidas marca de agua tanto de Nelda Castillo como de la tropa que encabeza: la peculiar utilización de los textos que constituyen el punto de partida de la propuesta espectacular; la búsqueda de mecanismos comunicativos que privilegian los canales sensoriales; el riguroso entrenamiento psicofísico al que son sometidos los actores —lo cual se evidencia sobre las tablas—; o el mínimo uso de elementos de escenografía y vestuario.

Al reencontrarme con este espectáculo, me percato, con una mezcla de asombro y regocijo, de cuán temprano y claros tenía la reconocida directora los presupuestos fundamentales por los cuales ha enrumbado su obra. Puestas más cercanas en el tiempo como Pájaros de la playa o Visiones de la cubanosofía confirman que estamos ante una creadora en plena posesión de un arsenal expresivo que ha sabido emplear no solo para seducir a su público sino también, y sobre todo, para convidarnos a compartir sensaciones, preferencias, inconformidades, reflexiones que nos llegan de un modo menos convencional y que sobresalen por su oportunidad y agudeza.

Nelda Castillo asume varias responsabilidades, pues tanto la dramaturgia como la selección musical le corresponden. Justo es consignar que estamos hablando de un montaje en el cual los objetos —entre los que predominan las pelotas de playa—, las luces y la música, tienen un peso excepcionalmente significativo. Recordemos que sobre la base de la recreación de diferentes números circenses o la participación de inveterados protagonistas de las carpas se construye el relato.

Del elenco es preciso destacar la precisión y plasticidad del trabajo corporal, la excelente interrelación y manipulación de los objetos y la inusual capacidad para mantener todo el tiempo la frescura y espontaneidad. Mariela Brito, Eduardo Martínez y Lorelis Amores realizan una faena encomiable, en especial debido a que no es la palabra el sistema preferencial que vertebra la fábula, sino que esta responsabilidad la comparten los actores con otro conjunto de elementos. Ellos, junto a la directora, devienen los verdaderos creadores de un lenguaje donde intervienen la música, las posturas, el uso de la máscara facial, la gestualidad, la incorporación de diferentes criaturas, los sonidos emitidos que sin corresponder a idioma alguno sí terminan por comunicar un sentido reconocible por los espectadores, con quienes sostienen una relación interactiva que se convierte en otro de los puntos fuertes del espectáculo.

Con este longevo elefante El ciervo encantado evidencia una vez más la singular calidad de sus producciones y algo aún menos frecuente: la rara capacidad para mantener sus propuestas en el repertorio activo. Gracias a este regreso, espectadores de todas las edades tienen la oportunidad de disfrutar de una puesta de apreciable calidad que, lejos de envejecer, madura y rejuvenece a la vista de todos.

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