Inquietante muestra de pinturas de Lancelot Alonso

Con solo 22 años de edad, el joven pintor ha confirmado con su reciente exposición en el Centro Cultural Cinematográfico ICAIC ser un artista de una capacidad creativa y un talento sui géneris

Autor:

Píter Ortega Núñez

Voyeur: inquietante título el de la exposición de pinturas de Lancelot Alonso Rodríguez, que se exhibió recientemente en el Centro Cultural Cinematográfico ICAIC. Inquietante y efectivo, pertinente.

Y es que Lancelot nos convidó a aproximarnos a realidades sexo-eróticas que habitualmente suelen ser preteridas o distanciadas, en nombre de cierto «recato» que las convierte muchas veces en temas «tabúes». El artista nos situó en la posición de quien observa sin temor la intimidad del «otro», desde una mirada concupiscente, libidinosa, una intimidad que se nos revela desinhibida, mórbida, pletórica de placer y éxtasis. Son cuerpos que necesitan —demandan— la mirada ajena, intrusa. Esa que descree del pudor, de la castidad. Incontinencia, lujuria, lascivia: son esos los términos que mejor cualifican la dramaturgia de las obras. Un espíritu dionisiaco que reclama espectadores desprejuiciados, más allá de poses moralistas afectadas.

El artista parece recordarnos que estamos en la vida de pasada, y que hay que disfrutarla hasta la saciedad. Que el placer es nuestro mejor aliado, y el cuerpo, nuestra arma más poderosa. Nos insta a la fruición todo el tiempo, allí donde el raciocinio ha sido desterrado.

Y esta «agresividad» temática o de contenido, encontró la correspondencia perfecta en el plano formal: para canalizar las ideas que interesaron al artista, nada más idóneo que los recursos del fauvismo, en especial el uso de una gama cromática estridente, con fuertes contrastes de complementarios, donde la intensidad de los matices resulta medular. Así el «Eros» se expresa a sus anchas, desde una paleta seductora, que estremece la retina. Además de esos salientes que provocan las texturas, esos empastes gruesos del material, en suma tentadores para la experiencia de lo sensorial, de lo táctil. Destacó también en las obras la presencia de espaciosas áreas planas, así como la recurrencia a los grandes formatos.

Hubo dos cuadros particularmente interesantes dentro de la muestra, y fueron aquellos que conformaron el díptico Jarrón quebrado. Mientras en las demás obras el erotismo solía ser más directo o frontal, sobre la base de las incitaciones mismas del cuerpo, en estas dos piezas el artista optó por la sutileza del sentido, prefirió aproximaciones oblicuas, tangenciales. Aquí no apareció el ser humano, solo indicios objetuales que lo evocaban de manera solapada: en especial una nota: «Fui a buscar cigarros. Yo», colocada junto a un florero encima de una mesa. Entretanto, en el segundo plano narrativo ese mismo florero se vislumbraba en el suelo hecho pedazos, lo cual acentuaba la tensión dramática de la escena, toda vez que marcaba un antes y un después de la acción, e insinuaba un desenlace turbio, difícil. Es fabuloso cómo el creador logró condensar, con solo unas marcas físicas y escenográficas mínimas, toda una historia cargada de turbadoras sugerencias erógenas; un relato en el que los presuntos personajes implicados hablaban desde la elipsis, desde la ausencia. Intriga, suspense, narración inteligente, bien articulada. Oportuno y lúcido aprovechamiento de los resortes dramáticos del cine. Buen arte, sin duda.

En el contexto cubano actual, la pintura neoexpresionista tiene una presencia muy marcada, sobre todo en las promociones de artistas más jóvenes. Una prueba elocuente de ello —entre muchas otras— es el proyecto pedagógico Los Nuevos Fieras, liderado por la artista cubana Rocío García, y gestado desde la academia San Alejandro, proyecto del cual Lancelot ha formado parte. De ahí que sean visibles en sus trabajos algunas influencias de la obra de esta creadora del patio, lo cual es perfectamente lógico. Sin embargo, más allá de los influjos, Lancelot ha logrado ya —en muy poco tiempo, ciertamente— una manera propia, un estilo, un sello ideo-estético que lo singulariza de manera notable dentro del panorama de Los Nuevos Fieras, y dentro del arte todo, que se hace ahora mismo en la Isla.

Con solo 22 años de edad, egresado hace apenas un año de San Alejandro, ningún espectador medianamente sensato pondría en duda que estamos ante un artista de una capacidad creativa y un talento sui géneris; alguien a quien el Instituto Superior de Arte necesita para integrar y oxigenar sus aulas, como lo han hecho a lo largo de su historia. Un creador que llegará bien lejos, siempre que defienda esas ideas polémicas, irreverentes, siempre que conserve ese oficio impecable. Tiempo al tiempo.

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