Presentación de Mamarrachos en La Habana

Esta obra del Estudio Teatral Macubá presentada en la sala El Sótano, de la capital, resulta un fresco donde se mezclan el espíritu del carnaval, la narración oral y el ímpetu transgresor con las esencias fundacionales de una comunidad

 

Autor:

Osvaldo Cano

Cada vez son más las agrupaciones teatrales provenientes de las diferentes provincias que se hacen visibles en la capital cubana. La inteligente gestión del Consejo Nacional de las Artes Escénicas para que este propósito se materialice, viene a paliar una antigua carencia. Entre los colectivos que han laborado recientemente en la principal ciudad de la Isla se cuenta el Estudio Teatral Macubá, que encabeza Fátima Patterson. El colectivo santiaguero dio fe de su modo de hacer —en la sala El Sótano— con el montaje de Mamarrachos, texto escrito por su directora, quien se responsabilizó también con la puesta en escena.

Mamarrachos resulta un fresco donde se mezclan el espíritu del carnaval, la narración oral y el ímpetu transgresor con las esencias fundacionales de una robusta comunidad. No sería ocioso recordar que Patterson y, por extensión, su espectáculo, están estrechamente ligados a la tradición de las relaciones. Advierto que me refiero a las escenas bien cómicas o dramáticas provenientes, fundamentalmente, del teatro clásico español, que solían representar preferentemente los africanos o sus descendientes en Santiago de Cuba los días 24, 25 y 26 de julio. Festividades que fueron escrutadas y ubicadas en el punto de mira de la censura miope, pacata e incapaz de comprender el alcance cultural del fenómeno del cual eran testigos.

Tomando como punto de partida esta premisa, la autora concibe un texto en extremo sencillo, cuya función fundamental es ilustrar los avatares y prohibiciones que enfrentó la festividad en la colonia y la república. Quienes contienden aquí son el pueblo y la autoridad. Los primeros defendiendo el carnaval como espacio de libertad y reafirmación identitaria, y los segundos intentando imponer una censura movilizada por intereses de clase e impregnada de una óptica hipócrita y moralista. Dicho de otro modo, en lugar de personajes bien perfilados y una trama intrincada con abruptos cambios de equilibrio, a lo que nos enfrentamos es a una diáfana relación que sigue las pautas de este tipo de propuestas.

El espectáculo posee un aura coral que clasifica entre sus mayores méritos. La imbricación de la música realizada en vivo por los propios miembros de Macubá, la intencionalidad manifiesta de los fragmentos cantados, el ritmo dinámico y la vocación burlesca, le imprimen un acento festivo. La proclividad por lo grotesco y el ambiente de desparpajo reinante son también rasgos distintivos de Mamarrachos. Es esta una propuesta organizada, proclive al retozo y al doble sentido de índole sexual que, como se sabe, constituye uno de los aderezos predilectos de la sensibilidad popular.

Un vestuario estrafalario y colorido muy a tono con la esencia de los mamarrachos, la asunción de varios personajes femeninos por actores del sexo opuesto, el uso de muñecos, los estandartes utilizados a modo de decorado, junto a otros recursos, constituyen una evidencia irrefutable del sustrato carnavalesco que nutre a la puesta.

Del elenco hay que decir que se mueve con naturalidad y soltura dentro del ambiente de jolgorio y desfachatez reinante. Habilidades para el canto y el baile, amén de esa sabrosura que distingue a los santiagueros, contribuyen a sostener un nítido diálogo con la platea aun cuando —como apunté con anterioridad— no existen personajes definidos ni una historia construida según la más ortodoxa legalidad dramática. Comparten la escena con la directora, quien da palmarias muestras de su carisma y calidad interpretativa, un nutrido grupo de actores. Mateo Pazos, Teresa García, Consuelo Duany, Yoleandro Portuondo y Jorge Patterson, se cuentan entre quienes dotan a las tablas de ese ambiente lúdico y desprejuiciado que el espectador agradece. Sin que pueda hablarse de individualidades relevantes, sí es preciso destacar la equilibrada labor de conjunto, cosa esta que posibilita un lenguaje gestual y un desempeño coherente y armónico.

La sistematización del arribo a La Habana de espectáculos provenientes de diferentes puntos de nuestra geografía es un feliz acontecimiento, como modo efectivo y lógico de propiciar no solo el beneficioso intercambio con el conocedor y asiduo público capitalino, sino también de calibrar con certeza cuáles son los principales logros y deficiencias de nuestro movimiento teatral, visto con una óptica verdaderamente abarcadora. En medio de este panorama que ya comienza a ampliarse, la oferta de Macubá clasifica como un punto de interés por su sencillez y dinamismo.

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