Thelvia Marín: La vida y la muerte están en deuda conmigo

La intelectual cubana, autora del libro Ego sum qui sum (Yo soy quien soy), que se presenta este viernes, sueña con hacer la Estatua de la Libertad de los pueblos del Sur

Autor:

Luis Hernández Serrano

«Aquí me tienes, con esta piel de sílabas

que han caminado locamente,

andando con… huyendo de… o persiguiendo a…»

Es solo el pequeño fragmento de un poema de la intelectual cubana Thelvia Marín Mederos —escultora, pintora, poetisa, psicóloga, periodista y escritora— que nos ha abierto la puerta de su casa en Ciudad de La Habana para iniciar nuestra entrevista.

El motivo es la presentación, a las cuatro de esta tarde, en 17 y D, en la nueva sede de la Sociedad Cultural José Martí, del libro Ego sum qui sum, (180 páginas, 250 fotos de esculturas, 76 de pinturas, 80 poemas y dos cuentos) editado por el Gobierno de Islas Canarias, España, un interesante muestrario de su obra artística: escultura, pintura y poética.

En Gran Canaria ella erigió tres monumentos: uno dedicado al Labrador, en Agüime; otro al Emigrante, en Telde, y el tercero a Leonor Pérez Cabrera, madre de Martí, en su tierra natal, Tenerife.

«A Guillermina Hernández, viceconsejera de Emigración y Cooperación con América, de Islas Canarias, se debe la publicación de este libro. Ella le hizo el prólogo. Representa un logro de mi vida, porque además de recoger mi obra, es como una gran crónica de mi existencia en el siglo XX y en lo que va del siglo XXI.

«Los editores, con respeto, no le han quitado ni una coma. Que el Gobierno de Canarias me haya publicado este libro ——con todas mis creencias y filosofía— significa mucho para mí. ¡Me han premiado! Lo agradezco también a Carmelo González, presidente de la Asociación Canaria de Cuba, y a Thelvia Margarita Berriz, que lo estructuró con el concepto de crónica, más que con el de un texto tradicional de arte».

Ego… contiene casi toda su obra, dispersa por el mundo, en esculturas, pinturas y literatura de distintos géneros. En el texto, la escultórica está distribuida en cabezas, pequeños, medianos y grandes formatos, y la monumentaria, ambiental y de materiales diversos.

«El libro comienza con el poema En el Día de las Madres, que me dedicó mi hijo Jorge López Marín. Siempre en esa fecha me escribe unos versos. Tiene un capítulo dedicado a José Martí, uno a Canarias y otro al mundo precolombino. Después viene mi pintura, todo apoyado en mi poética».

Ego sum qui sum será presentado por el poeta, crítico de teatro, escritor y periodista, Waldo González López.

En sus poemas, Thelvia dice lo que no expresa en su escultura, ni en su pintura. Por ejemplo, afirma:

«Esta noche perfecta,

la luna es un insulto

redondo sobre el cielo,

una hostia pagana

sin mensaje de Cristo

que redima el paisaje».

Versos que pueden leerse en la sala de su hogar, en una de las 28 esculturas del conjunto La casa de nadie, un performance que duró un mes, hace quince años, en el Gran Teatro de La Habana.

Apuntes de su vida

Thelvia nació en Sancti Spíritus, hija de Armantina Mederos Lorenzo, canaria que tocaba el piano y pintaba. Y de Rogelio Marín Mir, cubano de ancestros en las Islas Baleares. Él tocaba flauta y saxofón y era poeta.

«Mi madre, mi raíz canaria, me dio su fortaleza de carácter, y su firme decisión. Y mi padre, la creencia de que yo podía ir al cosmos en una escoba y llegar a conquistar cualquier estrella. Él murió en 1952 y ella en 1964.

«Me gradué de piano, teoría, solfeo y estudié guitarra. He compuesto canciones populares, que mi hijo Jorge López Marín, compositor y director sinfónico, ha convertido en concierto para violín y orquesta. Toco en mi piano alemán, vertical, no de cola, y digo que soy pianista de las diez de la noche en adelante.

«Tengo tres hijos: además de Jorge, Rogelio, estupendo fotógrafo y pintor conocido por “Gory”. Un cuadro suyo pertenece a la colección permanente del museo metropolitano de Nueva York, muestra de los mejores pintores del siglo XX. Y Thelvia, licenciada en Filosofía y muy buena orfebre.

«Vine a La Habana en ocasión de algo conocido entonces como “la beca de los 19 pesos y 75 centavos”, para estudiar escultura y pintura. Me gradué en San Alejandro en ambas especialidades, en 1947 y 1949, respectivamente.

«Soy única hija. Primero aprendí las notas musicales y después las letras, por ósmosis, escuchando a mis padres.

«Soy de los caminos y nunca me he sentido en mi casa. Por eso mi madre decía que lo único que yo hacía bien en la casa era la maleta. He viajado a todos los continentes, menos al asiático, y añoro viajar a China.

«Después estudié dos años de Filosofía y Letras; dos años de Farmacia, y terminé la carrera de Psicología y la de Periodismo.

«Mi primera poesía fue A la naturaleza. Y mi primera canción, Leyenda india. Mis canciones son todas populares, lo que sucede es que mi hijo tomó esas melodías y las convirtió en música sinfónica al llevarla al formato de concierto para violín y orquesta.

Amante del mundo indígena

«Sigo trabajando como si tuviera 20 años. Si ser feliz es vivir, “confieso que he vivido”. Lo que más me satisface es la obra que estoy por hacer. Claro que la escultura es para mí algo entrañable.

«Vivo un poco como decía el poeta persa Omar Kayán: “Siempre con un hoy permanente, como si fuera a vivir cien años y como si fuera a morirme mañana”».

Thelvia tiene muchos libros de poesía y prosa (cuentos, novela, investigación), en Cuba y en el exterior. Y tres obras escultóricas que son Monumento Nacional: el erigido a Serafín Sánchez en Sancti Spíritus; el de Camilo Cienfuegos en Yaguajay, y la Colina Lenin, en Regla, Ciudad de La Habana.

«Mi vida siempre estuvo muy influida por el mundo indígena. Estuve diez años de mi vida viajando a Costa Rica. Hice el Monumento al Trabajo, al Desarme y la Paz, el más grande de los cinco países de Mesoamérica, y uno de los más grandes del mundo dedicados a este último tema. Está en la Universidad para la Paz, organismo creado por la ONU en Costa Rica: tiene 21 metros de diámetro y 18 de alto.

«Sueño con hacer en algún punto de “nuestra América” “la madre América, la Pachamama, la madre universal”, esta que aparece en la portada de mi libro Viaje al Sexto Sol, basada en la idea martiana de que “hasta que no se eche a andar al indio, América no andará”. Sería como la Estatua de la Libertad de los pueblos del Sur. Y tengo en Ecuador, el Indio Hatuey. Por eso soy huésped ilustre de Quito.

«En 2000 los mayas quiché me invitaron a esperar el nuevo siglo maya en la montaña sagrada de Iximché, en Guatemala. ¡Fui la única delegada no indígena! El 31 de diciembre de 2012 habrá un gran cambio. Será el Sexto Sol, estamos en el Quinto, en la Quinta Raza.

«Los mayas eran grandes matemáticos y conocieron el cero antes que la cultura occidental. Pueden revelar el pasado y pronosticar el futuro con exactitud matemática, porque el cero en ellos es una categoría filosófica y sus profecías son científicas.

«¿Sabe como cierro mi libro Ego sum qui sum? Como ninguno de los caminos ha dado respuesta a mis preguntas —ni la filosofía, ni las religiones— he concebido este epitafio que define mi existencia: “No pedí nacer; tampoco pedí morir: tanto la vida como la muerte, están en deuda conmigo”».

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