Exquisito humor a lo Virulo

En el marco del XIII Festival Internacional de Teatro de La Habana, el humorista Alejandro García (Virulo) hizo cuatro presentaciones en el teatro Karl Marx con invitados de lujo

Autor:

Kaloian Santos Cabrera

Ese tipo de humor que mientras estallan el jolgorio y la risa, al unísono agita las neuronas, fue el que nos regaló Alejandro García (Virulo) durante cuatro jornadas el fin de semana reciente en el teatro Karl Marx, aprovechando el marco del XIII Festival Internacional de Teatro de La Habana.

Acompañado de su grupo Antivirus, el otrora líder del famoso Conjunto Nacional de Espectáculos, apareció el jueves en escena con El bueno, el malo y el cubano. Esa noche tuvo a bien invitar al trovador Ray Fernández y a su «secuaz» Eleuterio González (Telo).

La función del domingo trasladó a los asistentes del coliseo de Miramar a los años 80 del pasado siglo, para muchos la década dorada del humor cubano. Virulo reunió un elenco donde convergieron el maestro Carlos Ruiz de la Tejera y Tatica, Carmita Ruiz, Ulises Toirac y el grupo Pagola La Paga, y Churrisco, entre otros, para recordar al humorista chileno Jorge Guerra, desaparecido en febrero de este año.

Exiliado en nuestro país durante la dictadura de Augusto Pinochet y padre de Pin Pon, un popular payaso que con juegos y canciones enseñaba a los niños de su país valores sobre la vida, Guerra hizo suya la cotidianidad de los cubanos. Así supo reflejar en las obras del Conjunto Nacional de Espectáculos, con fino humor y respeto, problemas medulares de nuestra sociedad. Tales méritos le valieron el cariño de los artistas cubanos y, en especial de nuestro público. A él, junto a otros integrantes del Conjunto…, se deben clásicos divertimentos como El bateus de Amadeus, La esclava contra el árabe o la tonada interpretada por aquella niña de dos moños, irreverente y avispada: «Yo me llamo Rosa Denise / y me dicen Alelí…».

Del jueves salté para el domingo a propósito. Resulta que para viernes y sábado Virulo reservó un valioso as, un verdadero regalo para los cubanos: el maestro Ernesto Acher, a la batuta de la Orquesta Sinfónica del ICRT, presentando Juegos sinfónicos.

De poco más de una hora de duración, este espectáculo, con los arreglos musicales a cargo del convidado, fue un mano a mano donde el cubano y el argentino lo mismo se intercambiaron chistes que cada uno presentó sus números como solista o a dúo. En segundos se echaron a los presentes en un bolsillo sin coloquialismos, en un ambiente familiar y en tono conversacional.

«En este tipo de trabajo sinfónico, cuando salgo a escena a cantar siento el respaldo y la seguridad de Ernesto. Creo que esto lo hago solo con él, porque me siento absolutamente protegido por su sentido del humor. Los arreglos musicales están hechos con el sentido humorístico de rodear la canción y para que no exista nada que pueda malograrla», indicó Virulo.

Ernesto Acher es virtuoso por los cuatro costados. Ex integrante de Les Luthiers, agrupación a la que perteneció durante 15 años y en la que dejó su huella como compositor, actor, maestro coral, cantante y ejecutante de más de 30 instrumentos (algunos inventados por él), es un genio. Luego de su separación del célebre grupo humorístico armó La Banda Elástica, un sui géneris conjunto de jazz al que le impregnó su vis cómica y con el cual llegó a grabar tres discos multipremiados internacionalmente.

Acher se dedica ahora a dirigir orquestas sinfónicas, impartir sus conocimientos en varias universidades y recurrir al llamado de amigos como Virulo. Es un lujo poder asistir a sus conciertos, pues posee una gracia única para encontrar humor y «parentescos insólitos» en las más inusitadas piezas musicales. «Yo no le pongo humor a la música. Ella lo tiene por sí misma. El problema es poder encontrarlo», exclamó en escena antes de presentar sus «juegos sinfónicos» este experto, para quien el humor es «una fuente de sabiduría irreemplazable».

Y así ha enlazado, por ejemplo, obras clásicas como Sinfonía No. 40, de Wolfgang A. Mozart, y el tango El choclo, de Ángel Villoldo, para crear su propia partitura que nombró 40 choclos. También Ernesto ha encontrado paralelo entre la Pequeña música nocturna del glorioso músico austriaco y la canción folclórica hebrea Hava nagila, que resultó Pequeña música hebrea; y la suite de Peer Gynt-Grieg con la conocida tonada de La Pantera Rosa terminó en Peer Gynt Panther.

Precisamente fueron estos cortes los regalados al auditorio cubano. Forman parte del disco Juegos, grabado en Buenos Aires en 1987 y que se convirtió «en un fonograma de culto», recordó Virulo en el camerino, sentado junto a Ernesto, satisfechos ambos tras disfrutar de la merecida ovación de la platea.

Estos amigos se conocieron hace 26 años, cuando Les Luthiers desembarcó en La Habana por primera vez. «Cuando vinimos a Cuba en 1983, pensábamos que nadie nos conocía. Y nos encontramos con un público muy inteligente, cálido, que ya sabía nuestras canciones y nos “despeinaban” de la risa. Recuerdo que teníamos que rematar rápido los cuentos, porque los cubanos se llevaban el mensaje al vuelo. Tan bien nos fue que ese mismo año volvimos», rememoró Acher sobre aquellas presentaciones en la Isla que marcaron un antes y un después en el humorismo criollo. Desde entonces Les Luthiers no ha vuelto actuar en nuestro país.

«A partir de esa visita, todos aquí quisimos hacer números sobre la estética de Les Luthiers. Conocíamos el trabajo del grupo, pero verlos en vivo nos impactó», dijo Virulo, quien luego perdió el vínculo con los integrantes del conjunto argentino y no fue hasta 2006 que se reencontró en Venezuela con Ernesto y le propuso que trabajaran juntos.

«La vida está hecha de sueños y fantasías —o debería estar hecha—. Y estar con Virulo actuando en La Habana es para mí uno de esos sueños», había revelado el argentino ante los miles de espectadores que se dieron cita durante dos noches en el Karl Marx. Y ahora, en lo personal, certifica su confesión y para despedirse adelanta unas ideas que hace mucho le vienen rondando. Comienza a hacer sonidos con la boca, como un piano, se detiene y me dice: «Estoy por escribir la madre de todos los conciertos para piano. Y uno de los cruces de ese proyecto es el Concierto para piano de Chaikovski con Bola de Nieve y su ¡Ay, Mama Inés! Ya ves, hay para todos con la música y el humor».

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