Cosmorama: la arquitectura de una obra maestra

Cosmorama es considerado hoy el precursor del movimiento del videoarte contemporáneo y de vanguardia, aunque en su época no fue más que un ejercicio para Enrique Pineda Barnet

Autor:

Eliecer Jiménez Almeida

El ambiente no tenía nada que ver con el videoarte; estábamos debajo de una mata de mango, hablando de un experimento visual y sonoro, de figuras en movimiento. La conversación saltaba de tema en tema y yo me adentraba poco a poco en el Cosmorama de Enrique Pineda Barnet. Él tomaba agua de coco, mientras perdía la mirada en la sabana, para buscar en su memoria el día que le tocó la puerta al pintor cubano-rumano Sandú Darié.

«Alfredo Guevara me llamó para decirme que tenía mil pies de película Orwo. Esa compañía había enviado unas muestras para que el ICAIC se entusiasmara y comprara. Alfredo me regaló la muestra para que filmara donde quisiera: en un atardecer, en el campo, en la playa..., donde quisiera.

«¡Tenía mil pies de película! En aquel momento, para cualquiera, aquello era un tesoro. Llamé a Jorge Haydú, un camarógrafo de origen húngaro que vivía acá en Cuba; era un hombre experimentado, precursor del cine cubano, que había participado en El Mégano. Le dije que tenía aquella joya para experimentar.

«También se me ocurrió ir por Sandú Darié, otro loco con muchas ideas, quien nos invitó a su casa. Enseguida nos abrió los brazos y nos enseñó todo lo que tenía de arte cinético: figuras abstractas pegadas a ventiladores, a platos de tocadiscos, a cualquier cosa que se moviera, y filmamos distintos fragmentos de todo aquello».

Así comenzó a nacer Cosmorama, considerado hoy precursor del movimiento del videoarte contemporáneo y de vanguardia, aunque en su época no fue más que un ejercicio para Enrique Pineda Barnet.

—¿Qué pasó después?

—Proyecté todo lo filmado. Tenía que armarlo de alguna manera. Decidí hacer un poema abstracto; lo escribí y junto con las imágenes se lo llevé a Roberto Bravo, un joven editor que trabajaba en el ICAIC. Le dije: «Mira, Roberto, tengo estas imágenes y tengo este poema. Este poema es la estructura que yo quiero tener para estas imágenes».

«Busqué música de Henry Scheafer y Bela Bartok, que acaban de hacer un experimento de música concreta y, para darle cubanía, Carlos Fariñas me escribió unas notas a su estilo. Sin descansar, me puse de acuerdo con Germinal Hernández —sonidista— y empezamos a buscar un archivo sonoro muy intenso: sonidos del río Sena, de calles de París, Roma; de distintos lugares del mundo, hasta terminar en La Habana. Le recalqué, sobre todo, que quería que predominara una atmósfera acuática porque veía que aquellas imágenes tenían que ver con mar, con puerto, y el poema estaba escrito a voces.

«Y le pedí a Roberto Bravo hacer 14 bandas sonoras y él me respondió: “Esto es una locura, porque 14 pistas sonoras nadie las va a oír”. Sabía que era arriesgado y un poco loco, pero yo quería 14 pistas, incluyendo la música. A final quedó Cosmorama. Creo que gastamos unos 700 u 800 pies de película; no podíamos para más. Un trabajo de cinco minutos y así salió Cosmorama».

—¿Qué sucedió con el corto?

—Como fenómeno experimental, hicimos una copia y se la regalamos a Norman McLaren, el cineasta canadiense que era una figura de todo este cine de experimentación de la imagen. Él nos mandó una carta felicitándonos, decía que el material era muy hermoso. Pudimos lograr que se exhibiera en la Cinemateca, en El Capri y en La Rampa. Algunos cronistas escribieron acerca del suceso —más bien cronistas de arte que de cine—; y el ICAIC la guardó. Se guardó y desapareció, no se exhibió en ninguna parte. Estoy hablándote del año 1963.

«Pasó el tiempo y las águilas que vuelan en una dirección y en otra, como decía Martí, hicieron que de repente recibiera una llamada de Madrid, del Museo Reina Sofía. Me preguntaron: “¿Usted es Enrique Pineda Barnet? ¿Usted hizo un corto de arte en 1963, llamado Cosmorama?”. Les respondí que sí, pero que no lo había visto más y no tenía ni idea de en qué condiciones estaba.

«Ellos le hicieron la solicitud a la presidencia del ICAIC. Omar González autorizó al vicepresidente Pablo Pacheco, que manejaba entonces Patrimonio Cultural, y Pacheco dio la orden inmediatamente al archivo de que buscaran este material.

«Pedro Beltrán, uno de los trabajadores fundadores del archivo, me dijo: “Yo sé dónde está Cosmorama”. Fue al archivo y buscó en una lata de película oxidada, y vino con la lata sin identificar, con una etiqueta rota. La abrió y dentro había un paquete de espaguetis, en cuyo interior estaba el máster de Cosmorama.

«Mandaron el máster a España y Osbel Suárez, el curador del Museo limpió el material. No hubo que hacerle restauración, estaba intacto dentro del paquete de espaguetis. Lo exhibieron allá.

«Los especialistas de arte determinaron que era un trabajo precursor del videoarte contemporáneo y le hicieron un stand dentro de la colección de cinéticos. Ahí está el corto Cosmorama, sobre el paquete de espaguetis, y se exhibe con carácter permanente».

—Entonces, es bueno el nylon de espaguetis...

—Uno nunca sabe para cuándo y para quién trabaja. La vida es así. Ahora la gente admira a Cosmorama, lo ven como vanguardia; él estuvo mil años escondido, silenciado, nadie se acordó de él. Son paradojas de la vida. ¡Es bueno guardar películas en paquetes de espaguetis!

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