Lisanka y Premio flaco encabezan nómina de filmes cubanos al Festival del Nuevo Cine Latinoamericano

Juan Carlos Cremata con la película Premio flaco, Daniel Díaz Torres con Lisanka y Rebeca Chávez, mediante Ciudad en rojo conforman la representación cubana en las competencias de largometraje de ficción y ópera prima

Autor:

Joel del Río

Tres directores consagrados conforman la representación cubana en las competencias de largometraje de ficción y ópera prima. Juan Carlos Cremata vía Premio flaco, Daniel Díaz Torres con Lisanka y Rebeca Chávez, mediante Ciudad en rojo (esta última en la liza reservada a los debutantes), alimentan las expectativas sobre el cine cubano más próximo, el que llegará a las pantallas dentro del Festival, en los últimos días de 2009, o a lo largo del año venidero. Haciendo honor a la inmediatez nos concentraremos en las películas firmadas por Cremata y Díaz Torres, pues la de Rebeca Chávez fue estrenada entre nosotros, y comentada oportunamente en estas mismas páginas.

En los años 50 o 60 del siglo XX se ambientan los tres largos que nos representan. La primera de las dos es versión de Juan Carlos Cremata a partir de la célebre obra teatral escrita por Héctor Quintero, de cuyas piezas teatrales se siente deudor el cineasta, ampliamente reconocido dentro y fuera de Cuba por Nada y Viva Cuba. La trama acontece en una sola locación, una barriada pobre donde vive Iluminada, quien encuentra un regalo del azar que cambia su vida. Premio flaco se arriesga en la confrontación entre los tonos y los códigos del cine y del teatro, e intenta insuflarle vigencia a la trama con el tratamiento de temas como la búsqueda de la espiritualidad perdida, y la exaltación de algo más que el apego a las cosas materiales.

Mientras alistaba Premio flaco, Cremata descubrió la puesta en escena de Carlos Celdrán a partir de Chamaco, obra teatral de Abel González Melo que se acerca a ciertos traumas filiales y descubre la procacidad y sordidez de la prostitución masculina. Cremata se sintió motivado por lo que llama la presencia de «una tragedia griega en la realidad cubana contemporánea», y así decidió aventurarse a realizar, al mismo tiempo, ambas películas, la primera pensada en tanto tragicomedia retro —al estilo de la televisión de los años 50—, mientras que la otra apostaba por una visualidad mucho más alternativa, complicada y nocturna. Para el 2010 será el estreno de este filme que, probablemente, se solape con otros proyectos de Cremata, en el cine, en el teatro y, de seguro, en la interdisciplina de ambas manifestaciones.

Lisanka se llama la cubana que protagoniza la película homónima, una historia de amor (y desamor) en tiempos de guerra, exactamente durante los meses de la Crisis de Octubre, cuando se fortaleció la relación entre cubanos y soviéticos. Con la colaboración de Ibermedia y Mosfilm (cuyo emblema del obrero y la koljosiana resultaba promisorio para unos, y el anuncio de «clavos» insoportables para los menos abiertos a lo diferente), Lisanka quiso ser también una comedia agridulce, en la vena característica de Díaz Torres desde Kleines Tropicana o Hacerse el sueco. Se inspira en el cuento titulado En el kilómetro 32, del cubano Francisco González, quien también participó junto al director y a Eduardo del Llano en la creación del guión.

La extendida posproducción de Martí, el ojo del canario, de Fernando Pérez (posproducción que en este caso incluye no solo edición, sino también doblaje de todas las voces y creación por Edesio Alejandro de una atmósfera sonora «del siglo XIX»), impidió que estuviera a punto este acercamiento a la infancia y adolescencia de José Martí. El realizador optó, según ha declarado en varias ocasiones, por una perspectiva personal, subjetiva, que se aparta de la biografía convencional, aunque respete lo histórico. Debemos destacar el hecho de que por primera vez Fernando Pérez acometió en solitario la función de guionista, y por esta vía intentó retratar la complejidad de los personajes, y alejarse de una visión reafirmadora de lo consabido, de los paradigmas asentados que suelen presentarnos un Martí cuasi sagrado, suspendido en el mármol o el bronce.

Por otra parte, la anunciada Larga distancia, debut en el largometraje de Esteban Insausti —quien ha sido catalogado entre los cineastas más prometedores del cine cubano a partir, sobre todo, de sus documentales Las manos y el ángel y Existen, y el corto Luz roja, el tercero de Tres veces dos— tropezó con fatalidades tecnológicas en su edición y tampoco pudo ser concluido a tiempo. Larga distancia relata una historia vertebrada en torno a los amigos lejanos y a la posibilidad de reinventar a los ausentes. Así que la trama también se relaciona con la soledad, uno de los temas preeminentes en Luz roja, cuyo erotismo y visualidad tanto dieran de qué hablar en su momento. Alejandro Pérez se encargó de la fotografía; de la música, X Alfonso; y a la cabeza del reparto descuellan Alexis Díaz de Villegas y Zulema Clares, los mismos intérpretes que expresaron con elocuencia la incomunicación y el desamparo en Luz roja. También actúan la infaltable Miriam Socarrás y Ania Bu, quien se reveló de modo sobresaliente en las recientes El cuerno de la abundancia, Los dioses rotos y Ciudad en rojo.

Los nuevos largometrajes de Juan Carlos Cremata (Chamaco), Fernando Pérez y Esteban Insausti deberán confrontar al público a lo largo del año próximo, un período grávido para nuestro cine si se tiene en cuenta que, durante esos 12 meses, se vislumbra también la conclusión de Casa vieja, ópera prima de Lester Hamlet (alcancé a visitar el rodaje el último día de grabación y prometo reportaje en JR próximamente); Pleiesteichon, de Ian Padrón (Fuera de liga) que se dirige a un público de niños y adultos, y presenta a jóvenes actores de La Colmenita en combinación con Luis Alberto García, Blanca Rosa Blanco, Omar Franco, Rigoberto Ferrera y Raúl Pomares. Tal vez podamos contar también con Afinidades, que codirigen Jorge Perugorría y Vladimir Cruz. Se basa en la novela Música de cámara, del cubano Reinaldo Montero, y cuenta una historia intimista, erótica, con dirección de fotografía a cargo de Luis Najmías, quien antes nos entregara importantes trabajos como Tres veces dos y La edad de la peseta. Pero de todo ello volveremos a hablar en su momento, quizá en diciembre de 2010. Ahora quisimos celebrar lo nuevo, dar avances y explicar dilaciones.

Volviendo al Festival, la representación cubana en el concurso de documentales incluye tres obras realizadas por jóvenes. Un documental performático, que registra al Ballet Nacional mediante un suceso de relieve cultural y artístico (El despertar de un sueño, de Luis Ernesto Doñas), testimonio y observación sobre un hecho polémico y contemporáneo como las congregaciones nocturnas de calle G (Close up, de Roger Herrera y Damián Saínz) y obra de sesgo poético y contemplativo sobre el aislamiento y el peso de la inercia en La marea, de Armando Capó.

Atención especial merecen también Sons of Cuba, reflexión sobre el éxito y la derrota vistos a través de varios niños que se entrenan en la Academia de Boxeo de La Habana, además de La tarea y Bajo el mismo techo, profundas inmersiones en el universo de la familia, realizadas respectivamente por la peruana Milagros Farfán y la mexicana Talía García, ambas estudiantes de documental en la Escuela de San Antonio.

En animación, llevamos a concurso dos cortos: Tic tac, de Alien Ma Alfonso; y la soberbia 20 años, donde Bárbaro Joel Ortiz se aplicó a realizar un trabajo de orfebrería en el acercamiento a temas tan inusuales en la animación como la indiferencia instalada en las relaciones de pareja, y cierta vulgaridad que pone en crisis a un matrimonio de dos décadas.

Quise asomarme también al futuro, a los proyectos que a lo mejor llegan al set dentro de uno o dos años. En la competencia por el guión inédito se anotan Sobreviviendo, de Alejandro Brugués (el autor de Personal Belongings); Aquí pasó el tiempo, escrito a dos manos entre Abel Arcos y Enrique Álvarez (La ola, Miradas); Placebo, de Carlos Lechuga, el joven realizador que cuenta con varias historias en vías de realización; y Noche azul, acercamiento retro a la bohemia nocturnal habanera que coescribieron Onaidy Gutiérrez y Jorge Luis Sánchez, a quien debemos El Benny y varios documentales de mérito.

De modo que, dicho de otra manera, el cine cubano más actual, y el de los próximos dos o tres años, dentro o fuera del Festival, dista años luz de ese marasmo de convencionalismo e inercia que insisten en describir los nostálgicos de pretéritas glorias.

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