Dos películas de culto

Solo quiero caminar y El pabellón No. 6 son dos filmes para no perderse. Cine de fondo e intenso en esta edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano

Autor:

Rufo Caballero

Promediada la primera semana del Festival, me piden los amigos de la página cultural que recomiende un par de películas a los lectores. No tengo que pensarlo mucho: me han convencido dos, en particular, y por razones poco semejantes.

El thriller feminista de Agustín Díaz Yanes (recordado por un filme no muy distante en espíritu: Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto) no está nada mal, la verdad. En Solo quiero caminar —pésimo título, si nos percatamos, hacia el final, lo pedestre de su «metáfora»—, Díaz Yanes vuelve a conseguir el que clasificara como gran valor de aquella evocada película: un rosario de intensas emociones en medio de un lodazal sangriento. Aparentemente, Solo quiero caminar es un filme de acciones físicas, rocambolesco en las vueltas de tuerca del thriller, atento a la (i)lógica de las acciones; pero, por debajo, o por encima, Díaz Yanes tiene el coraje de levantar una preciosa historia de amor, actuada con desasosiego y sutileza por Ariadna Gil —quien está para lamerse los dedos, si es que hay que contentarse con ello— y un expresivo Diego Luna, soso y niñato solo para despistar.

Luego, vuelve a admirar el carácter subversivo del aliento feminista de una historia, donde la guerra de cuatro mujeres contra las portañuelas siempre dispuestas, su intento por invertir el dominio económico (apropiarse del dinero implica desautorizar al rol hegemónico) resultan sabrosas maneras de decir que está bueno ya de sometimiento y subordinaciones. No más. Ellas invierten y subvierten las prácticas sexuales tan del «gusto» masculino: No se permiten hacer del sexo un problema. Claro, justo la que más tiende a ese tipo de desplante sabroso, cuando queda atrapada en las redes del amor, es la primera lista para deponer sus armas. Apenas tienen que aparecer hombres a sus alturas, ni más faltaba. Todo esto recortado sobre un fondo de tráfico, malsanidad y negocio sucio entre México y España. Una lástima que tan buen filme no quede bien montado (vicio impertinente del cine español), pues la edición no entiende cuanto se supone debemos comprender nosotros: que lo importante no son las peripecias sino las emociones, y arranca entonces magníficas expresiones a los intérpretes, en nombre del ritmo externo.

Ahora, si de buenas películas estamos hablando, mi sombrero en el piso en favor de El pabellón No. 6, el extraordinario filme ruso de Karen Shakhnazarov y Alexander Gornovsky, inspirado en el relato de Antón Chéjov. Aquí no hay peripecias que encubran el claro talante filosófico de la película. Siendo un filme discursivo y detentando una caligrafía arriesgada —todo el tiempo rodado en subjetiva, como resultado de entrevistas e interpelaciones a protagonistas y testigos—, el espectador que agradece el cine exigente se pasa todo el metraje con los ojos desorbitados, como si disfrutara de un thriller excitante. Y es que la autenticidad y la profundidad del mundo en que nos sumergen los realizadores no tiene desperdicio. Literalmente, nos sumergen.

La película entraña una eléctrica meditación —electroshock reflexivo— sobre la crisis de la modernidad y la falta de distingos del mundo moderno, donde se han extraviado, al parecer ya para siempre, los lindes entre la locura y la lucidez, la cordura y el desvarío. Los lúcidos son encarcelados en presuntos sanatorios mentales, mientras los que pasan por tales, tendentes a la coerción, son entes asépticos, sin vida ni palabra propia. En esa dirección, la ironía para con el médico «cuerdo» resulta de una agudeza total: él es tan poco corrupto, tan políticamente intachable, tan ajeno a manías y perfiles propios, que se convierte en una caricatura amenazante contra la inteligencia y el sentido común de los demás.

Abundan en este Festival los filmes dedicados a la fragilidad de las fronteras entre la «normalidad» psíquica y el aturdimiento que pasa por esquizofrenia (digamos, la pésima película polaca El jardín de Luisa, con un infame guión, personajes esquemáticos, situaciones antojadizas y maniqueísmos de todo tipo), pero hasta ahora ninguna posee la genuina y tentadora densidad de El pabellón No. 6. A eso contribuyen las soberbias interpretaciones, contundentes y sobrias, sin los tics en que habrían declinado actores demostrativos o sobrehistrió- nicos.

Amigos míos, si están buscando cine de fondo, corran al sexto pabellón. Si buscan un cine intenso y seductor en la superficie, no se pierdan Solo quiero... En cualquier caso, el buen cine aguarda; solo que, caminando, y dándonos trastazos, hay que saber detectarlo.

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