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Rostros jóvenes en el teatro cubano

En los espectáculos Ignacio y María (Julio César Ramírez-Teatro D’Dos) y La otra orilla (Alexis Díaz de Villegas-El Público) los más noveles asumen roles de importancia con espontaneidad y desenfado

Autor:

Osvaldo Cano

Complace ver rostros jóvenes sobre las tablas, en especial si asumen roles de importancia con espontaneidad y desenfado. Esa reconfortante sensación me invadió ante espectáculos como Ignacio y María (Julio César Ramírez-Teatro D’Dos) y La otra orilla (Alexis Díaz de Villegas-El Público). Los textos de Nara Mansur y Gao Xingjan, sirvieron de punto de partida a los mismos, contribuyendo desde la flamante Sala Estudio del Complejo Cultural Bertold Brecht y el Trianón, respectivamente, a dotar al ocaso del 2009 de un aura esperanzadora.

Nara Mansur se apropia de esloganes, consignas, iconos, canciones infantiles, baladas, versos reconocibles y otros no tanto y juega con ellos a partir de un sistema de diálogos donde alternan lo coloquial y lo poético, el descentramiento y la desjerarquización propios de la posmodernidad o el desgarramiento que suele acompañar a una historia de amores contrariados. Ternura, humor, frustraciones acarreadas por las adversidades cotidianas, monólogos yuxtapuestos e ilusiones truncas, matizan el intenso intercambio que se verifica entre dos amantes quienes, con una extraña mezcla de esperanza y desesperación, se afanan por no sucumbir ante las pequeñeces cotidianas.

Entre lo que más atrae del montaje concebido por Ramírez se ubica el peculiar espacio de alrededor de 30 metros cuadrados, ahora acondicionado para la representación. Sitio cómplice y diáfano que exige al actor sinceridad de la más fina estirpe, donde los subterfugios y afeites sobran. Recinto que propicia un clima acorde a la naturaleza de la obra de Mansur y que demanda tanto un tono como un lenguaje interpretativo que se adecue al vínculo estrecho y cercano que se establece entre comediantes y público e incluso que hace pensar en un repertorio que se ajuste a sus especificidades.

Emmanuel Correa y Linette Cremata aprovechan el protagonismo que les brinda el montaje para mostrar sus dotes interpretativas. Inteligentemente guiados por Ramírez, quien supo exigirles contención y pasión, según las demandas de la trama y las particularidades del espacio, alcanzan un buen resultado final. Frescura, naturalidad, compenetración con las criaturas de la ficción, resultan algunos de sus más sólidos argumentos.

Con La otra orilla, el relevante actor Alexis Díaz de Villegas incursiona en el terreno de la dirección. Noto en esta propuesta de uno de los miembros fundadores de Teatro del Obstáculo un claro interés por regresar a sus orígenes, retornando a un modelo de teatralidad que pugna por apartarse de los caminos más habituales. La concepción dinámica del espacio escénico, la interrelación estrecha entre los actores y el público, o la propia selección del texto apuntan en este sentido.

Díaz de Villegas renuncia a la escenografía, prefiere —tal y como lo había hecho en Shakuntala—la música en vivo y se hace acompañar de un elenco muy joven que incluye a varios estudiantes de la Facultad de Arte Teatral del ISA. La faena corporal, los constantes desplazamientos del sitio de la representación, el diseño de iluminación o la atinada utilización del desnudo se cuentan entre los aspectos distintivos de la puesta. No obstante, es su concepción escénica, la búsqueda de un diálogo e incluso un encuentro cuerpo a cuerpo con el auditorio, lo que realmente la singulariza.

Como apunté al inicio —y aún cuando no se trata exactamente de esa índole de espectáculos descollantes, capaces de acarrearse la aceptación de muchos— tanto Ignacio y María como La otra orilla pertenecen a esa estirpe de montajes que inquietan, nos llevan a disentir por momentos y a regocijarnos en otros, apuestan por el riesgo, cosa esta que los dota de un valor agregado realmente inestimable.

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