Está bien: hablemos de actuaciones

Más allá de las divisiones entre estudiosos y críticos, el arte del histrión es cada día más valorado por los teóricos

Autor:

Rufo Caballero

Quiero empezar el año sin deudas con mis lectores de JR, quienes han escrito, a lo largo de 2009, preguntándome por actrices y actores. Alguno de ellos llegó a la sagacidad de advertir que minimizo los juicios sobre las interpretaciones (generalmente resueltos entre paréntesis), y me dedico más, bastante más, a la dramaturgia o la dirección. Ese lector tiene razón: Tal vez las excepciones hayan sido los comentarios La ganadora se lo lleva todo, donde le di lo suyo a Meryl Streep, y Un actor de otro mundo, en el que me refería a los dones histriónicos de Philip Seymour Hoffman.

¿Por qué no? Hablemos un poco hoy sobre actuaciones en el cine.

A propósito de la Streep y su eterna contrincante, Glenn Close, recuerdo una cena que compartimos un director de teatro argentino, una célebre actriz cubana y yo. Cuando la gente no se conoce (soy amigo de la actriz, pero no así del director), suele hablar de cuatro cosas: del tiempo, de todo para lo que sirve el maíz, de por fin qué vamos a hacer con el reguetón, y de si se prefiere a Glenn Close o a Meryl Streep. La última tontera (¿no pueden ser las dos?) funciona al menos para romper el hielo.

Yo, que meto el cuerpo, que me comprometo en todo, en este caso me lavé las manos como Poncio Pilatos. La disyuntiva me parecía tremenda, y suelo ser muy malo en eso del mejor o la peor; soy fatal para las quinielas. La actriz no vaciló en confesar que Meryl Streep. Y recuerdo entonces el genial latiguillo que soltó el director de teatro: «Meryl Streep es, ciertamente, la mejor actriz del mundo. Solo que Glenn Close no es una actriz; es un animal». No me atreví a decir lo que pensé inmediatamente, mientras jugaba, en mi mente, a invertir las posibilidades: «Glenn Close es la mejor actriz del mundo; solo que Meryl Streep es una criatura que no pertenece a este mundo».

Más allá de las jerarquizaciones accesorias, el análisis acerca de estas intérpretes, que suele dividir a estudiosos y críticos, nos permite comprender algunas cuestiones que se hallan en la base del arte del histrión, cada día más considerado por los teóricos, a pesar del desdén de realizadores como Peter Greenaway, quien llegara al desplante de manifestar que los actores eran como percheros donde él colgaba su «suculenta» ropa.

Fuera de la desleal comparación alrededor de la coincidencia de ambas en La casa de los espíritus, filme donde la Close sacó una amplia ventaja histriónica en relación con la Streep (entre otras cosas, porque la segunda estaba «fuera de cast»), las dos grandes divas de la interpretación cinematográfica —la tercera probablemente sea la francesa Isabelle Huppert— están en las antípodas de los métodos y criterios de actuación. Siendo ambas excepcionales, ¿por qué Glenn Close tiene, en el mundo del cine (en el teatro o la televisión sucede de otro modo) muchísimo menos reconocimiento? Meryl Streep no cohíbe nunca la emoción, la despliega siempre, a riesgo incluso de repetirse, de incurrir en tics y hasta en cierto manierismo: Hace un rictus muy especial con la boca, se la tapa, se toca el pelo, o el cuello, parece siempre nerviosa, como ansiosa; maneras todas estas de transmitir, de compartir la emoción. La Streep prefiere correr el peligro de la reiteración o de la falta de limpieza, con tal de comunicar. Es una actriz donde la emoción «se ve», se siente siempre. En cambio, Glenn Close estima que el quid de la actuación está en la contención, en el máximo de expresividad facial (control de la mímica, de los músculos del rostro), para transmitir y condensar la energía, la intensidad interior, el Mood del personaje, sin necesidad de «alardes» gestuales, que considera vulgares o de poca clase. Riesgo que corre entonces (nadie es perfecto): La comunicación. Glenn Close se comunica de maravillas, y satisface, a espectadores muy inteligentes, muy exigentes, capaces de apreciar la sutileza. Meryl Streep, sin carecer —a su modo— de sutilezas, «conecta» con mucha más gente, apoyada en la extensión de la emoción.

El éxito aplastante de una (la Streep, la actriz más nominada de la Historia del Cine), contra las cinco escuetas nominaciones de la otra, y si no se olvida que los Oscars son «lo mejor del espectáculo», acaba de ratificar que en Hollywood deciden las grandes audiencias, conformadas mayormente por jóvenes y adolescentes, que no reparan demasiado en las construcciones de filigrana de Glenn Close. No ya ellos; tampoco los «académicos». Un ejemplo clarísimo: la Close, actriz minimalista donde las hubo (recordar Con solo mirarla, de Rodrigo García) giró abruptamente a la sobreactuación intencional, al expresionismo, a la caricatura de comic, en Los 101 dálmatas, y la Academia no se dio por enterada. Unos años después, Meryl Streep asumió, con un criterio muy similar, el papel de aquella célebre y diabólica diseñadora, en El diablo se viste de Prada, y rápido saltó la nominación.

Haga lo que haga la Close, ya no interesa a la Academia. Apenas trabaja en cine últimamente. Al rigor adusto de su estilo, se adiciona un rostro angulado y duro —de una belleza salvaje y refinadísima—, el que, junto a la falta de riesgo de los casting, la ha ido encasillando en un tipo de personaje relativamente estable: la mujer de nivel profesional, perversa, manipuladora, sardónica. Con los años, en lo que se incrementa la versatilidad de la otra en cuanto a identidad de los roles —también con muchas más oportunidades de demostrarla—, la Close se ha convertido en una actriz de personajes extraordinarios (los interpreta como nadie). A la inversa, Meryl Streep tiene la virtud de tornar extraordinarios a personajes comunes, de dotar de vida emocional propia a aquellas mujeres que parecieran grises o demasiado intrascendentes, demasiado frecuentes. Es esa otra de las diferencias entre las dos «monstruas». La Streep se repite en el estilo; la Close, en el perfil de los personajes.

En los meses anteriores, no se sabía a quién otorgar el rol de la Norma Desmond de Sunset Boulevard: Por casting, es un personaje mucho más cercano a la dureza frágil de Glenn Close, quien además lo interpretara con todo éxito en Broadway; pero, si de audiencias de cine se trata, se verá y aplaudirá más a Meryl Streep, y la Academia le concederá la nominación número 20. Seguro. Y ya conocemos que las majors apuestan al seguro.

Claro, a la fecha, Glenn Close debe estar curada de espanto, y los premios, esos tiros de dados, esos juegos de azar y suerte, deben importarle nada. También cuentan, por otra parte, a más del talento, las agallas: Meryl Streep ha sabido desafiar con agudeza la terrible misoginia de Hollywood, según la cual las actrices envejecen irremisiblemente a los 40 años. Con 20 más, la Streep ha logrado ser la tercera intérprete más codiciada por la industria. Unos años atrás, un buen actor de reparto confesaba que trabajar con ella es «como hacer música». Otro, el mismo Hoffman, dijo que era una actriz sencillamente «intimidante». Los entiendo, y escucho la melodía afinadísima.

Lo cierto es que la Close y la Streep, junto a Jessica Lange, Anjelica Huston, Jodie Foster, Sigourney Weaver, y todavía algunas otras buenas actrices, protagonizaron, en los años 80, un esplendor de la interpretación cinematográfica femenina que no se apreciaba hacía medio siglo, y que hoy intentan reproducir, tímidamente, Kate Winslet, Naomi Watts o Nicole Kidman; no muchas más.

En particular, el tema de las caracterizaciones, el casting, los arquetipos y estereotipos, resulta muy caro a este tipo de análisis. En el caso de los cubanos, llama la atención un polémico y buen actor como Jorge Perugorría. Si nos detenemos con cuidado en su filmografía, advertimos que Jorge está bien cuando hay recias caracterizaciones por medio: perfecto en Fresa y chocolate; ideal en el Avelino, el CVP macarrónico de Frutas en el café; en el ciego de Lista de espera... Perugorría es un actor de caracterizaciones peculiares más que de «personajes comunes». En tal sentido, queda más cerca de Glenn Close que de Meryl Streep. Conminen a Perugorría a que construya dramáticamente otro ser, a que caracterice a alguien distante, y es muy probable que obtengan una gran interpretación. Jorge es un muy notable actor, solo que de personajes extraordinarios.

Otro es el caso de ese buen cubano y consistente actor: Mario Limonta. La carrera de Mario nos expone a otro tipo de problemática. Al propio Limonta le gusta agradecer el tremendo aire que dio a su carrera el maestro Humberto Solás, quien no se conformó con la organicidad y la frescura externa de Mario (Limonta es de esos actores tan orgánicos que se paran ante la cámara y pareciera que la cámara hace todo lo demás), sino que sacó toda la profundidad de su mundo interior, hurgó en sus emociones. En Barrio Cuba aflora, pleno, un Mario Limonta total: No deja de estar la gracia (cuando se vira a Ángel Toraño y le reclama: «Oye, ¡forma! ¡Forma!»), pero está también la fuerza y la violencia enormes del amor perdido que siente por la sensual Magali de Luisa María Jiménez. En Mario, la relevancia de la construcción dramática se ha expresado en la dirección de viajar del afuera al adentro, de la extroversión a la introspección, de la destreza fisonómica de la actuación a la densidad del mundo de emociones y vivencias del actor. Al final, ahí está un Limonta entero, dúctil; muy sabedor, además, de la historia y la teoría del arte del histrión. Mario es una de esas memorias vivas sobre el devenir del actor cubano y sus relaciones, amables o difíciles, con la escena y la sociedad.

Exactamente lo contrario ha ocurrido con Laura de la Uz: de la muchachita sentimental, de preocupaciones existenciales y continuos repliegues hacia sus emociones y su imaginación, rol asumido en el cine de Fernando Pérez, Laura ha viajado a la posibilidad de evidenciar que puede ser muchas mujeres: la cubana cachonda, de a pie, simpaticona, a ratos incluso medio chusmilla. Para eso, ha diversificado la gestualidad y los tonos vocales (de aquellos melifluos y «sensibles» a toda costa, a estos otros graves y agresivos). Su trabajo ha crecido en matices, en opciones de expresión.

Sirvan estas consideraciones como pequeño tributo, entre nosotros, al arte del histrión, esa profesión noble, difícil y placentera, tantas veces simplificada bajo los mitos de la farandulilla y la superficialidad, pero que supone tanto tesón y tanta inteligencia, a la hora de emular la complejidad psicológica y hasta fisiológica de esos seres «normales», «corrientes», que de comunes no tienen nada; que suelen ser, por el contrario, una mina de complejidades, de contradicciones. De riqueza humana, y de retos al arte de la interpretación.

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