Vivir duele, pero es una bendición

Fabián Suárez Ávila presentó en la 19 Feria Internacional del Libro dos nuevos textos: Caballos, de Ediciones Holguín y Cementerio de elefantes, de la Casa Editora Abril

Autor:

Kaloian Santos Cabrera

A dondequiera que vaya Fabián Suárez Ávila (Holguín, 1981) lo delata su espíritu de constante viajero por los vericuetos de las palabras. Estudiante de la especialidad de Guión en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, cuando solo le faltaba escribir la tesis para recibirse de periodista, torció camino y echó andar, de cero, por la carrera de Dramaturgia en el Instituto Superior de Arte, donde se graduó hace un año.

Premio de la Ciudad 2007, con el poemario Mis días en la tierra (Ediciones Holguín), y ese mismo año Premio Calendario, que otorga la Asociación Hermanos Saíz, también de poesía por Heroica de la bestia (Casa Editora Abril), Fabián presenta en esta 19 Feria Internacional del Libro par de novedades salidas de esos certámenes literarios, solo que en el apartado de teatro. Se trata de Caballos (Ediciones Holguín), una obra ambientada en torno a la figura del fotógrafo norteamericano Robert M. Mapplethorpe; y Cementerio de elefantes (Casa Editora Abril), pieza con la que Suárez obtuvo en 2008 el importante reconocimiento de la AHS.

—¿Ese camino recorrido en tu formación es una escala de tus inquietudes creativas o azar de la vida?

—Uno es siempre la consecuencia de algo. Quiero pensar que la reunión de tus muchos azares. Nada haces con la inquietud, si no eres consecuente contigo, como ser humano. Yo creo en la palabra, por eso soy y quiero ser escritor. No importa ya las herramientas o el medio que elijas para escribirlas. La palabra es lo que ha reinventado al hombre, lo que somos se lo debemos a la palabra: toda la cultura; la única propiedad cierta que no terminará. Yo soy un enamorado de las palabras; y, a consecuencia, de mi idioma, del lenguaje, de los metalenguajes —que están más vivos que nunca—. Dices: Quiero inventar una «cosa» que sea así, de tal manera, con esta forma. Entonces, solo después de creada se le nombra; pero la palabra que designa la «cosa» fue lo primero, estuvo latiendo (invisible) desde su esencia. No es menos cierto que la palabra es principio y también fin.

—¿Cómo derribas las fronteras, de existir, entre el poeta y el dramaturgo?

—Haciendo el amor y no la guerra.

—¿Pueden entrar ambas en contradicción?

—Nunca. Esa no es la idea de la escritura. ¿Has visto como se teje una red? Con la misma amabilidad han de tejerse las palabras.

—¿Por qué, tanto en tus obras teatrales como en tus poemas, dibujas zonas personales e infinitas del dolor en una etapa como la juventud?

—Porque el mundo no es alegre. Y vivir duele. Y sin embargo, ambas cosas son una bendición. Tampoco me propongo ilustrar el sufrimiento; mucho menos el mío, pues no soy una rata de laboratorio. Escribir es la necesidad de decir algo que a nadie más le interesa. El arte verdadero nace de la necesidad igual de verdadera. Yo no apuesto temáticamente por nada, no me interesan las realidades verificables. Aparecen las inquietudes y uno las vuelve temas para comunicar. Pero créeme que lo último que quisiera es parecer un sufridor. Yo también prefiero el goce, gozar. Es más divertido mercadear con los sentimientos, aunque parezca algo frívolo. Hay que protegerse, sin dejar de entregarnos a cada minuto.

—¿Qué crees sobre el espacio que tienen hoy los jóvenes dramaturgos en el panorama cultural e institucional cubano?

—Hace unos años, dos o tres, era un espacio inexistente. Pero hay gente joven en Cuba escribiendo teatro. Aun cuando muchos no lo quieran ver y aceptar, aun cuando la escena cubana se haya quedado dormida 20 años. Habrá que sonar campanas en su oído; campanas no, petardos. Y eso estamos haciendo los jóvenes, «dinamitando» al teatro.

«Me parece muy interesante lo que está sucediendo con el fenómeno de la escritura teatral, que está proponiendo espacios alternativos y modos disímiles de pensar el otro teatro, el que queremos los que sentimos diferente. No todo el mundo tiene por qué pensar igual, la misma cosa, el mismo folletín. Pero el hombre es apasionado y no cede. Y mejor que no ceda, porque eso lo hace crecer.

«Se han suscitado polémicas, debates, publicaciones, a raíz de lo que se ha dado en llamar la novísima; que en verdad no es tan nueva, pero es otra cosa, con otra calidez. Está el libro de Tablas-Alarcos (Teatro cubano actual. Novísimos dramaturgos cubanos) y todo el polvo que ha levantado, están las Semanas de Lectura, los café-teatro, los premios —hace unos días, dos novísimos ganaron el premio de Dramaturgia más importante del país, el Virgilio Piñera— y, por supuesto, están los montajes que todavía son insuficientes para desmentir esa falacia de que nuestros textos son irrepresentables, incompletos, inconclusos. La escena cubana, también padece de una solemnidad crónica. ¿Habrá que ensayar sobre ese tema?».

—¿Cuáles crees entonces que sean las principales problemáticas?

—La forma. Muchos somos defensores del trabajo con el lenguaje; solo entonces los temas se vuelven interesantes. Son muchos: la violencia, familia, emigración, incertidumbre, el vacío. Pero los temas por sí solos no dicen nada; o mejor, no lo dicen todo. Y ahí es donde comienza a desempeñar un rol importante la manera particular en que esos temas son comunicados, teatralizados. Nuestro tema más caro son las materias del lenguaje.

—A tus 28 años tienes ya cuatro libros publicados. Creo que en nuestros contextos literarios eres una especie de rara avis…

—La escritura es ingrata, ya se sabe. Lo que escribes no le sirve a nadie para respirar, para calmar el hambre, la sed. Ni siquiera a uno mismo. Al escritor le llena el momento en que se sienta a escribir, a purgar su necesidad: ese instante que, por lo demás, es efímero. Una vez escrito el poema, la obra, el guión… ¿qué puede hacer uno con eso sino abandonarlo, olvidarlo, regalarlo? Pienso que el momento del acto es el instante de la consumación. O mejor, de la iluminación. Es ahí cuando me creo una rara avis. A estas alturas de la civilización escribir parece algo ridículo, ¿no? Pero como dice la Szymborska «prefiero la ridiculez de escribir poemas, a la ridiculez de no escribirlos».

«Tener cuatro libros publicados no me sirve de nada; apenas alguien me conoce, alguien cercano, mis amigos. No hago “vida cultural”; de la farándula me interesan las poses de los diletantes para luego convertirlos en personajes. Todo el mundo escribe, al menos eso dice todo el mundo. Pronto habrá que patentizar la literatura conceptual, reivindicar los versos transparentes de una página en blanco. (Recuerda, ya te dije, que lo más importante es la esencia de la palabra.)

«He tenido suerte, mucha suerte. He ganado los premios y esos premios me dan derecho a la publicación. Pero si me hubiera tirado sobre los colchones editoriales, todavía estuviera durmiendo el sueño de los justos. La diferencia entre un libro malo publicado y un libro bueno publicado, es que los lectores se dan cuenta. No se puede aspirar a que tu primer libro sea un best seller, premio de la crítica. No. También publicar en Cuba es algo solemne. Atención ensayistas. Y el acto de la escritura, como todo proceso humano, es acaso un acto de crecimiento, de negación, de arrepentimiento. Yo quisiera arrepentirme siempre de todos los libros que escriba. ¿De qué estrellas habrá que alimentarse para creer en algo? ¿Cómo? Escribimos palabras en la arena que el mar se traga».

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