William Hernández, las máscaras del tiempo

La maestría y creatividad del laureado pintor cubano siguen en el tiempo un proceso de desarrollo que ha alcanzado la cima en su más reciente exposición Verdades múltiples, abierta aún en la galería Collage Habana

Autor:

Toni Piñera

Al quehacer plástico del artista cubano William Hernández podrían añadírsele muchos calificativos. Su maestría y creatividad siguen en el tiempo un proceso de desarrollo que ha alcanzado la cima en su más reciente exposición Verdades múltiples, abierta aún en la galería Collage Habana.

En ella, el laureado artista parte de sus anhelos pictóricos, gráficos y ahora hasta escultóricos, para viajar a través del enjambre interno humano y entregárnoslo hecho arte, del bueno. Si tan cierto es que todos y cada uno de nosotros somos nuestra biografía porque cada experiencia se decanta hacia nuestro ser, no menos cierto es que William Hernández ha pasado con furor por la vida y ha extraído de ella una riqueza que se traslada —con una sencillez de gran peso— a sus obras.

Sobre esa base, el creador —graduado de la Escuela Nacional de Artes Plásticas en 1990— arma un trabajo que contiene muchos impactos rotundos, y hasta puntos de fascinación. La mejor valía de esas obras (dibujos, pinturas, grabados y objetos escultóricos) surge de la conjugación de vectores matizadamente distintos; la suntuosa intuición plástica que permite al artista resolver sus apuestas con una secreta riqueza y elegancia de efectos, así como la habilidad, su vertiente más bronca.

Todo cuanto se mueve en el quehacer de William, no es más que lo que la mirada pone en relación: signos, atisbos, señales que llegan desde el tiempo y desde su experiencia terrenal. Fauna del subconsciente, teatro mental, y también del teatro completo de la vida contado con el estilo de la epopeya, a la manera de un misterio medieval o de un cuento de Voltaire.

Obra de intimidad e intemperie, la creación del artista se nos ofrece aquí, con mayor veracidad, como testimonio de lo posible y de lo increíble a ras de mundo, como inventario de un universo que es preciso redescubrir con tanta ingenuidad como exactitud.

Su más reciente trabajo refleja el mundo interior, que nos lo va entregando, poco a poco, en cada obra, traducida en diversos materiales que permean originalidad: tinta, vidrio tallado y pegado, metales soldados, remachados y policromados, pulpa de papel, fibras naturales, carbón, cera, hojas secas, roca esculpida, láminas de bronce repujadas, cerámica esmaltada...

Ante cada pieza, el espectador queda atrapado por una creatividad sin límites y un universo iconográfico que se desliza entre lo representado reconocible en el mundo material y lo representado que evoca la fuerza de un espíritu artístico que trasciende la realidad inmediata. Las fascinaciones heterogéneas de las que William Hernández nutre su propia reflexión, se sedimentan en su labor de forma muy explícita, en una síntesis sin enmascaramientos.

El creador se mueve zigzagueante —ya de una obra a otra, ya dentro de un mismo trabajo— entre campos de invención tan diversos con una extraordinaria e inteligente soltura. Los objetos escultóricos (máscaras, torsos, figuras..., unas veces terminadas y otras no) deambulan por la muestra con un hálito particular, llevando en sí la herencia de lo clásico, pero matizadas con un elemento renovador y contemporáneo que habla acerca de la personalidad e individualidad humana, sobre la que él quiere enfocar este trabajo introspectivo.

En Verdades múltiples se escapa el espíritu artístico de un creador. Bien sabemos que vida y sueño son tantas veces irreconciliables. No puede entonces aspirar la creación plástica a mayor privilegio que a plasmar con maestría esa verdad y su otredad. Es lo que hace William Hernández en sus creaciones. La carnalidad de sus personajes y sus diversas imágenes son la regia traducción de la existencia. La vida como es. Pura imaginación, siempre espléndida.

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