Gibara acoge octava edición del Festival Internacional de Cine Pobre

Resalta la calidad y diversidad de las cerca de 300 obras audiovisuales que se exhibirán dentro de las secciones en concurso, paralela e informativa, en los diferentes espacios

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Ocho años después de que el gran cineasta Humberto Solás fundara el Festival Internacional del Cine Pobre, el prestigioso evento cinematográfico que comenzó este lunes y tiene lugar en la ciudad de Gibara, cada vez más se afianza como enérgico y rico canto a la vida, a la esperanza.

Cual profeta, el director de Lucía, Cecilia, Barrio Cuba y Miel para Oshún, supo que el Festival contribuiría al renacer del cine de autor en estos tiempos de democratización casi «absoluta» de las nuevas tecnologías. Solás anticipó las circunstancias en que, al fin, los talentosos cineastas diseminados por todo el mundo, aquellos que periódicamente han sido marginados por la industria y los circuitos de la distribución, tendrían la libertad de crear y de hacer un cine auténtico, rico desde lo ético, lo humanístico y lo estético, donde latiera la dura pero hermosa existencia de un ser humano que, no obstante oscuridades, saldrá siempre en busca de la luz.

La octava edición del Festival Internacional del Cine Pobre Humberto Solás, la cual concluirá el próximo día 24, ha llegado para demostrarnos que al Premio Nacional de Cine 2005 le asistía la razón. Lo evidencia, a pesar de los bajos presupuestos con que fueron producidas, la calidad, la diversidad, la altura de las cerca de 300 obras audiovisuales —sin mencionar las muestras institucionales— que se exhibirán dentro de las secciones en concurso, paralela e informativa, en los diferentes espacios de la Villa Blanca de los Cangrejos.

Posiblemente existan a lo largo y ancho de la Isla muchos otros sitios donde pudiera desarrollarse una cita como esta que acaba de empezar, pero ninguno sería tan cinematográfico, tan culturalmente apropiado como Gibara. Tanto, que una vez más sus calles y su gente posarán ante la cámara de Enrique Álvarez, cuando este inicie el rodaje de su filme Marina, uno de los cinco proyectos ganadores en el taller de creación y desarrollo de guiones que convoca la 2da. Muestra Temática del Cine Pobre de Cienfuegos.

Y es que Gibara se ilumina siempre que acoge nuevas proyecciones, y se convierte en cálido anfitrión de merecidos homenajes (como el que se le rendirá al maestro Nelson Rodríguez); de profundos y necesarios encuentros teóricos; de exposiciones de artes plásticas que envidiarían importantes galerías del planeta; de teatro, danza, de conciertos que esperan el alba,... Y esta vez, hasta de talleres de creación audiovisual con niños y niñas que, sin dudas, no solo se convertirán en sensibles espectadores y por ende en mejores personas, sino también en los cineastas del mañana.

Una artista «global»

Todavía su voz limpia, sensual, brillante y profunda no se ha adueñado de El Colonial —el espacio de descargas nocturnas que despierta definitivamente a quienes errados piensan que la jornada que acaban de vivir está llegando al final—, y ya la cantante, compositora y actriz española Esmeralda Grao es conocida por doquier. No podía ser de otro modo cuando al llegar se acercó lentamente al desvencijado piano de la Casa de la Cultura, y su energía desbordante puso música increíble a las teclas enmudecidas hasta ahora por el trabajo lento de insaciables polillas.

Como si no pudiera contener toda la melodía que lleva por dentro, los dedos de Esmeralda empezaron a recorrer con delicadeza las blancas y negras del piano, mientras de su afinada garganta salían las emociones que le despertó su encuentro con esta tierra, con esta ciudad, con esta Isla. Unas letras, un piano, teclas rotas y un por qué/ y la magia de unas manos que me ofrecen un papel/ para escribir de pobres, de cine, acá en Holguín/ en una villa blanca, en Gibara/ me quedo aquí, me quedo aquí..., cantaba sin dejar que su inspiración se cortara por el arribo de más y más curiosos.

Aún resuenan unos versos/ con voz quebrada de Miguel (Hernández)/ mi paisano, mi esperanza,/ en este pueblo que le quiere bien/ y escribir de pobres, de cine, acá en Holguín/ porque esta Villa Blanca, Gibara/ me inspira a mí/ te inspira a ti..., continúa esta expresiva mujer, que se considera una «artista global» y quien, según cuenta, a los ocho años empezó a estudiar guitarra y a componer. Y lo ha hecho tan formidablemente que no solo tiene a su haber cuatro discos: Tan dentro, Exactamente igual que tú, Tiempo y Sotto voce, sino que intérpretes muy populares como David Bisbal, Malú, Ana Torroja (Mecano) y Pastora Soler, por mencionar algunos, persiguen sus canciones.

En el centro de mi España,/ en un bar que hay en Madrid, el Yemayá/ hay un ángel, una hermana, una madre que me trajo aquí/ para sentir lo pobre en el cine, que hay en Holguín/ en esta Villa Blanca, en Gibara, quiero vivir/ en Gibara quiero morir..., concluye la Grao escoltada por aplausos que resuenan a los cuatro vientos.

Sencilla y hermosa, ella me cuenta que, además de instruirse en el conservatorio de música, estudió arte dramático porque no quiere dejar escapar nada que la conecte con la gente, que la asista en el arte de comunicar, de decir, de expresar. Por eso acude con respeto al flamenco, a la música soul, al folclor, a sus raíces..., «a todo lo que esté a mi alcance, porque soy una compositora y una intérprete muy ecléctica, a quien no le gusta poner fronteras a la inspiración».

Esta noche lo comprobará aquel que tras la actuación de M Alfonso en la Plaza Da Silva, y de Diego Gutiérrez en El Colonial, se disponga a escucharla en ese mismo lugar, donde presentará sus temas y algunos de los textos sentidos de Miguel Hernández, a los cuales le puso música, y que integran su quinto disco en preparación: Su pueblo y el mío. No podía dejar de hacerlo, asegura, porque Hernández es «el poeta, el ser humano irrepetible, el ideólogo lleno de luz y esperanza, a quien he admirado de siempre. Releerlo me lo ha devuelto más vivo que nunca».

Mañana todos dirán, lo aseguro, que valió la pena que no hiciera caso a su madre cuando siendo Esmeralda una niña expuso resuelta: «Seré cantante». «Vas a pasar hambre», trató de hacerla entrar en razón su progenitora, pero la chica lo tenía claro desde siempre: «No sé si en un teatro o debajo de un puente, pero cantaré». Por suerte, fue válida su corazonada, y quienes estén en Gibara por estos días serán testigo de ello.

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