François Dunoyer: Solás, el príncipe del cine

Dunoyer, el Víctor Hugues de El siglo de las luces, participa como jurado del 8vo. Festival Internacional del Cine Pobre y se reencuentra con el legado de quien lo dirigiera en la adaptación de la novela de Alejo Carpentier

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

«Mi primer contacto con Humberto fue en París, en 1969, a través de su película Lucía. Verla fue un shock. Quedé deslumbrado con esa obra impresionante. Años después, mientras rodaba una serie para la televisión francesa se me acercó un productor y me preguntó: ¿Te gustaría hacer un trabajo con Humberto Solás? «¿Humberto Solás?», le respondí incrédulo. «¿Humberto Solás el de Lucía?» Sí, me confirmó. «¿Humberto Solás el de Lucía?», volví a repetir como un loco. Sí, repitió nuevamente. «¿Para hacer qué?», indagué. Bueno, para filmar El siglo de las luces de Alejo Carpentier, me explicó. «¿El siglo de las luces? ¿Con Humberto? ¡Claro que sí!”».

Después de 15 años sin pisar esta tierra, François Dunoyer, el Víctor Hugues de El siglo de las luces, regresó a Cuba para participar como jurado del 8vo. Festival Internacional del Cine Pobre —concluye este sábado—, en la categoría de Proyectos en Maquetas y Guiones Inéditos para Largometrajes de Ficción, invitación que no dejó escapar pues se trataba de reencontrarse con el legado de quien lo dirigiera en la adaptación de la novela del autor de La consagración de la primavera, El acoso, El reino de este mundo y Los pasos perdidos.

Con tantas obras en concurso que analizar y posibilitando un encuentro junto al afamado compositor argentino Osvaldo Montes (El lado oscuro del corazón, Plata quemada, Tango feroz, De poeta y de loco...) sobre el cine, la música y la banda sonora, parecía imposible que la apretada agenda de Dunoyer, reconocido además por su destacada labor en el teatro, le permitiera dialogar con Juventud Rebelde. Pero accedió inmediatamente a la propuesta con una sonrisa franca en sus labios.

—Dunoyer, pero el contacto físico con el cineasta ¿cuándo tuvo lugar?

—Me encontré con Humberto en París, a finales de la década del 80. No recuerdo exactamente el año, pero no olvido que mientras conversaba con él no dejaba de mencionarle a Lucía. Solo tenía palabras para referirme a Lucía y a Lucía. «Bueno, me detuvo amablemente, pero tenemos que hablar de El siglo de las luces». Sí, asentí, pero resulta que Lucía..., sonríe con gusto y sus expresivos ojos claros adquieren un tono más oscuro como si de repente se convirtieran en pequeña pantalla donde transcurre una de las películas más trascendentes de su existencia.

«Fue una experiencia fantástica», expresa como retornando a la realidad. «Entre nosotros surgió una amistad muy fuerte e hicimos El siglo de las luces, que implicó una aventura tremenda. Rodamos en Yalta, París, La Habana… Con esa película él me ofreció un regalo invaluable.

«El rodaje fue difícil y estimulante, pues no solo hicimos la película sino también que se produjo una serie con el inconveniente de que debía satisfacer a la televisión francesa, a la española, a la cubana, y eso la complejizaba. Sin embargo, Humberto tenía siempre un karma, una determinación… Era un príncipe del cine. Para mí fue un ejemplo increíble de inteligencia, de sensibilidad, de entrega, de pasión, de fuerza inquebrantable. Era simplemente un genio. Cada día, sin excepción, aprendía algo nuevo a su lado y sin dejar de tocarme el corazón».

—¿Algún episodio que recuerde de la filmación de una manera especial?

—Es que no hubo uno solo, sino muchos. ¿Te imaginas lo que significaba rodar en tantos lugares? Cierro los ojos y veo enseguida la llegada de Víctor Hugues con la guillotina a Haití… Esta era una película muy complicada que pudo salir adelante, además de por el talento de Solás, por la complicidad de todos: los actores, el equipo de realización, los extras… Enseguida entendí que El siglo de las luces era una película importante no solo para Cuba, sino para el mundo entero. Es una obra magnífica.

«No se puede perder de vista que se concibió en pleno período especial, en medio de apagones que parecían interminables, sin gasolina ni transporte para trasladarnos… Pero ni siquiera eso amedrentó a Humberto, quien no disminuyó en lo absoluto su exigencia, su preciosismo, su empeño para que cada día obrara un “milagro” y poder continuar. Siempre me admiró su fe en que todo saldría adelante. Y el resultado está ahí: ¡Qué trabajo! ¡Qué obra magnífica!».

—En aquel entonces, cuando usted conversaba tanto con Humberto, ¿llegó a esbozar sus ideas sobre el cine pobre?

—Empezó a hablar del cine pobre después, a mediados de los 90. Esa fue la etapa en que comenzó a rondar en su cabeza la idea de hacer películas de otra manera, con bajos presupuestos, en las cuales la idea, la creatividad, el talento, el conocimiento del medio, suplieran la falta de recursos financieros. Porque no se trataba de filmar por filmar, sino de elaborar una obra de arte, cargada de humanismo, donde no se hicieran concesiones estéticas ni éticas. Por eso me siento tan feliz por estar en Gibara, en su Festival.

—¿Se conoce el Festival en Francia?

—No mucho, pero estamos trabajando para difundir más sus principios y su quehacer. Integro una organización importantísima de actores y artistas de Francia que puede transformarse en un espacio magnífico para comenzar a motivar, para sumar voluntades.

—¿Cree que un concepto como cine pobre sea válido para una nación desarrollada como Francia?

—Por supuesto, ese es un concepto universal. Hay una realidad: el cine comercial se sigue produciendo —todavía estrenamos 400 películas al año. Pero la realidad es que no hay dinero. Por tanto no nos queda otra alternativa que trabajar con la televisión, que es un tirano. Eso significa que debemos perseguir otros caminos.

«Por suerte, hay mucha gente intentando hacer sus películas con el digital o regresando al súper 8, independiente de la industria, del sistema comercial, que de cualquier manera está muy mal. Y hay que buscar ideas nuevas. A veces olvidamos que Georges Méliès fue el primero en entregarnos un cine hecho con nada y nos dejó películas realmente relevantes. ¿Entonces por qué hoy no podemos probar hacer un cine con casi nada? Y eso es aplicable también para mi país».

—¿En qué anda ahora el recordado intérprete del ladrón Arsène Lupin?

—Ahora estoy involucrado en un serial de arte, realizado sin perspectivas comerciales. Se titula Les invincibles. Es una comedia muy simpática, adaptación de una serie que conoció un éxito muy grande. Al mismo tiempo soy director artístico de doblaje y postsincronización de este tipo de material y de largometrajes. De hecho llevo diez años conduciendo la versión gala de la «supernorteamericana» CSI en la escena del crimen. Es un trabajo de locos que, por supuesto, me permite vivir, pero es interesante porque lo enfrento utilizando las sutilezas de mi lengua, por ejemplo. Claro, con esta labor no me queda mucho tiempo para la actuación, pero está bien.

—¿No le gustaría repetir con el cine cubano?

—Por el momento no hay ningún proyecto en concreto pero me encantaría mucho estar a la orden de un cineasta cubano, porque parte de mi corazón se quedó en esta Isla.

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