Luis Valdez, un ciudadano hemisférico

Por estos días el dramaturgo californiano se reencuentra con Cuba. Es invitado de honor a la octava edición de la temporada de teatro latinoamericano y caribeño Mayo Teatral

Autor:

Kaloian Santos Cabrera

Luis Valdez (California, 1940) es autor de una auténtica revolución sociocultural en Estados Unidos: a mediados de los 60 del siglo pasado se unió al legendario líder César Chávez, en la lucha por los derechos de los obreros agrícolas chicanos. En el arte encontró un arma irrevocable. Fundó entonces el Teatro Campesino y con su obra Zoot suit llevó la voz digna de los chicanos hasta Broadway, la meca del teatro. Luego, con esa misma puesta en escena llevada al cine, y con la película La bamba, irrumpió en Hollywood, la gran industria del séptimo arte.

Por estos días el dramaturgo se reencuentra con Cuba. Es invitado de honor a la octava edición de la temporada de teatro latinoamericano y caribeño Mayo Teatral, organizada por la Casa de las Américas. En nuestro país, Luis ha experimentado emociones tan fuertes como las vividas durante la primera ocasión en que nos visitó hace 46 años, cuando él solo contaba 24. En ese viaje de 1964 se sintió libre por primera vez, y tuvo la oportunidad de abrir los ojos para ver que «no era solamente una parte de una minoría despreciada en Estados Unidos, sino que pertenecía a la gran familia latina, netamente americana, con raíces profundas en la historia de este hemisferio». Así lo confesó luego de recibir el Gallo de La Habana, premio creado en 1966 y con el cual la Casa reconoce «a grupos, personalidades, publicaciones o cualquier hecho escénico que constituya un aporte al teatro de la América Latina y el Caribe».

Vivian Martínez Tabares, crítica, investigadora teatral y directora de la revista Conjunto, de la cincuentenaria institución, destacó en las palabras de elogio la labor intelectual del también activista político: «La obra de Luis Valdez y el Teatro Campesino ha contribuido a concientizar y a despertar el compromiso entre los campesinos y obreros, y de estudiantes e intelectuales vinculados a sus luchas y esperanzas. A lo largo de 45 años de quehacer constante, su impronta ha marcado, como un referente emblemático, la acción de muchos grupos teatrales de toda Nuestra América».

Y entre esas piezas fundacionales está Zoot suit, de 1978. Es una historia enmarcada en 1942, cuando estaba en boga la moda Zoot suit (sombreros de ala ancha, sacos largos, cadenas de oro con crucifijo, pantalones bombachos y botas altas) y coexistían, para el baile y disfrute, la música jazz, el danzón y el mambo, entre otros ritmos. La obra de teatro, que llegó a estar cinco semanas en la cartelera de Broadway, y que luego, en 1981, fuera llevada al cine, gira en torno a Henry Reyna, un joven mexicano radicado con su familia en Estados Unidos y que, acusado injustamente de asesinato, tiene que afrontar junto a sus propias contradicciones, una sociedad plagada de racismo.

Zoot suit es un retrato también de los pachucos que, según los describe el mexicano Octavio Paz, premio Nobel de Literatura, en su libro El laberinto de la soledad, «son bandas de jóvenes, generalmente de origen mexicano, que viven en las ciudades del sur (de Estados Unidos) y se singularizan, tanto por su vestimenta como por la conducta y el lenguaje. Rebeldes instintivos, contra ellos se ha cebado más de una vez el racismo norteamericano. Pero los pachucos no reivindican su raza ni la nacionalidad de sus antepasados... El pachuco no quiere volver a su origen mexicano; tampoco —al menos en apariencia— desea fundirse a la vida norteamericana».

Luego de más de tres décadas de estrenarse, la célebre obra de Luis Valdez, Zoot suit, tiene hoy una fuerza y vigencia que va más allá de su integralidad dramática o excelente diseño musical. Seña de ello es la ley que criminaliza a los inmigrantes indocumentados del estado de Arizona, promulgada hace algunas semanas por Jan Brewer, gobernadora de ese estado.

Para Luis su obra refleja más que la situación de una generación, la existencia de un período que puede durar siglos. «Los pachucos fueron una semilla que se ha desparramado. Se refería a una nueva síntesis racial, una mezcla de razas que hoy es parte de la conciencia de Estados Unidos. Y lo que pasa con la Ley de Arizona es sencillamente que los reaccionarios quieren ir al pasado y restablecer aquellos privilegios de los anglosajones que discriminaban a los latinos. Yo viví eso en la ciudad y en la escuela. No entienden ese multiculturalismo que existe en Estados Unidos y que es el futuro de América».

Por eso Valdez se define con orgullo como «un ciudadano hemisférico». Su sueño —nos cuenta— se basa «en un mito maya donde se habla de que, para llegar al ombligo del mundo, tienes que pasar cuatro caminos: el negro, el blanco, el rojo y el amarillo. Entonces, para ser completo tienes que mezclarte en todos esos caminos y razas. Eso es ser americano».

—¿Cuánto ha cambiado la mirada de Hollywood hacia los latinos?

—En Hollywood existe un fenómeno de ignorancia que todavía no se deshace. Creo que ellos no entienden el valor cultural latino. Eso tiene que ver con que son muy comerciales y siempre apuntan en términos de la taquilla. Ahora, no en términos de la taquilla latina. Salen los latinos como drogadictos o prostitutas, y piensan que nuestro público está siempre deseoso de ver en la pantalla esos personajes negativos. De ahí que el otro público que no es latino, entonces va al cine y verifica esos estereotipos sobre nosotros que le han impuesto».

Ya con obras contratadas, Luis no ha vacilado en abandonar proyectos en Hollywood porque los productores han querido cambiar a actores o algo del material.

«No es fácil para mí ser dramaturgo y cineasta en Hollywood. No me gusta el comercio de almas de Hollywood. La gente me pregunta: “¿Por qué no haces más películas?”. Y es porque realmente no es fácil. Vas y te compran el alma. Así que el cine y el teatro independientes siguen siendo las cosas más viables para nuestra expresión».

«No me vendo», enfatiza orgulloso. Y, pese a la ceguera de la gran industria, su película La Bamba (1986), fue un fenómeno comercial.

—¿Sabe que en Cuba también causó furor y todavía la pasan?

—No lo sabía. Me alegra mucho. Y son precisamente las lecciones de La Bamba o Zoot suit las que en Hollywood no han entendido todavía. Aunque creo que está cambiando poco a poco. En esas películas están nuestras historias contadas con respeto, dignidad y fueron muy taquilleras. La Bamba, por ejemplo, la historia de Ritchie Valens, un latino famoso que influyó en los inicios del rock and roll y que también es la historia de una familia latina, recaudó más de cien millones de dólares en el mundo».

Cuando Luis Valdez vino a Cuba en 1964, lo hizo como parte de un grupo de 84 estudiantes que estuvieron aquí para conocer nuestra realidad y protestar contra el bloqueo.

«El hecho de haber estado en Cuba en los 60, me convirtió en enemigo de Estados Unidos. Me persiguieron la CIA y el FBI, me golpearon y encarcelaron porque me dijeron que había sido entrenado en Cuba.

No he podido traer el Teatro Campesino en todos estos años porque se nos hubiera hecho imposible trabajar luego en las zonas rurales de Estados Unidos. Ha sido una lucha con mucho corazón, amor y cariño».

En ese viaje conoció al Che y confiesa que nunca más olvidó la penetrante mirada del Guerrillero Heroico:

«Él nos hablaba de muchas cosas. Muchos jóvenes entonces decían: “¿Cómo podemos darnos de voluntarios en esta lucha de la América Latina?”. Nos brindó un consejo: “Ustedes son de Estados Unidos. El destino de ustedes es el de trabajar en ese país, para cambiar la sociedad desde adentro”. Y yo tomé en cuenta ese mensaje en mi corazón. Me dije: tiene razón el Che».

Y así emprendió su camino este maestro que, desde la lucha junto a los campesinos, supo ver en el arte un arma capaz de enfrentar la represión porque, apunta con sabia experiencia, «las artes les dan coraje y valor a las personas. Levantan el espíritu y la dignidad. Lo he experimentado por muchos años enfrentando la violencia de otros.

«Y ustedes tienen un corazón vibrante e increíblemente artístico. Por eso es tremendo el cariño que existe para Cuba en el mundo. Hay muchas personas en Estados Unidos, sobre todo los jóvenes, que están deseosos de conocer la cultura cubana. Por eso espero que se caiga ese «pinche» bloqueo que no es más que ignorancia».

Entonces, con entusiasmo, Luis piensa en lo que han significado estos días de Mayo Teatral: un delirio donde se puede palpar al público en las obras, y los teatristas de América se miran unos a otros.

«Es muy importante esta temporada porque no existen muchos contactos así. Le estoy eternamente agradecido a la Casa de las Américas por ser espíritu de nuestra humanidad, y por seguir siendo una trinchera de la cultura».

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