Como manuales de autoayuda

El Festival de Cine Francés, al menos el comienzo, muestra exceso de azúcar en la sangre fílmica y la tendencia a inducir y simplificar las emociones

Autor:

Rufo Caballero

El Festival de Cine Francés decidió irrumpir esta vez con El primer día del resto de tu vida, donde, a lo largo de la primera hora, su director, Rémi Bezançon, tiene en un puño a los personajes, a la exposición coral de las situaciones, y a los espectadores. Pero..., ¿y en el resto de la película?

Si sobrecoge la pericia del joven realizador para presentar su universo tragicómico, el humor que emplea en las falsas pistas, la belleza sumergida en todos los personajes, con razones poderosas, da pena comprobar el naufragio del filme a merced de las concesiones sentimentales (¡esa patética e innecesaria secuencia en que la familia espolvorea las cenizas del padre a la orilla del mar!), el exceso de música afectada y melindrosa, y los errores de un guión que, además de ganar, inexplicablemente, el premio Étoile d’Or, no sabe, a derechas, cómo introducir la vida de los personajes más allá de cuanto confiesan en la mesa: digamos, el oficio de cirujano estético aparece en el hijo mayor cuando la madre y el guión necesitan que la primera se haga una cirugía de ese tipo; o el recuento del padre en el taxi emerge a pocos minutos de que se desencadene su estado terminal. Son imperdonables torpezas de guión —que hubieran agradecido un buen taller de dramaturgia luego del primer corte—, acaso aliviadas por las soberbias interpretaciones de casi todo el mundo: el actor que interpreta al abuelo, el hermano menor, la propia chica; todos están de campeonato, muy bien dirigidos además, e intentan levantar unos personajes que, sin estos intérpretes potentes, serían vagas y vanas siluetas.

Aunque si de extraordinarias interpretaciones hablamos, hay que remitirse a Josiane Balasko como la portera de El erizo, una actuación sabia, intensa y comedida, inolvidable. Es esta otra película de personajes, concentrada más que todo en tres de ellos. También le sobra música melosa (Dios, ¿qué sucede con la melomanía gala?) y afectación filosófica y seudopoética (el simbolito del pez que viaja de un apartamento al otro, como pueril metáfora de la transferencia de la vida, o la propia lección final de moral y cívica), pero resulta un poco más austera, más sobria, y Mona Achache, en la dirección, defiende la dignidad de sus personajes con altura. El erizo pudo ser una gran película; es una lástima que el trascendentalismo y la ambición conceptual no sabiamente encarnada en la historia, la hagan clasificar finalmente como una película interesante.

En tono de astracán, de humor grueso y de equívocos perennes, Bienvenidos al Norte, filme de Dany Boon, ofrece algunas dudas en relación con la política de las diferencias: resulta tranquilizante que el aparente gay no sea tal; bueno, y si era gay, ¿qué? O el hecho, dudoso, de que otra vez se tomen las diferencias culturales como resortes para chistes según los cuales los Otros (los habitantes de Bergues, pequeña ciudad al norte de Francia) son brutos, no tienen calidad de vida, son torpes, pero, caramba, al final, son buenos, son simpáticos; así que perdonémosles la vida. Conceptualmente, se trata de una película en llamas, de nuevo en algo recuperada por las actuaciones, hasta donde permite apreciar el histrionismo una copia desdichadamente doblada al español. Un filme para anestesiar el pensamiento durante dos horas y reírse un poco, si uno se muestra generoso con la vida —vamos, como se recomienda.

Es pronto para balances. De hecho, nos detendremos en el posiblemente gran título del Festival: El escritor, eléctrico y valiente thriller político de Roman Polanski... Pero al menos el comienzo padece el síndrome metabólico, la prediabetes, por exceso de azúcar en la sangre fílmica y la tendencia a inducir y simplificar las emociones, como si las películas fueran manuales de autoayuda.

Desde ya, hay que agradecer el esfuerzo de la Embajada de Francia, la Alianza, la Cinemateca de Cuba; pero, también, valdría interiorizar que si a nivel de los resultados no consiguen un número de películas realmente significativas, por cuestiones de derechos o impedimentos relacionados con la circulación internacional, no habría que tapar el Sol con un sapo.

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