Bendita sea la locura

El reconocido bailaor español Antonio Ríos Fernández, considerado Estrella del Flamenco, tendrá a su cargo uno de los estrenos mundiales del venidero Festival Internacional de Ballet de La Habana. De ello y su obra habla en exclusiva con Juventud Rebelde

Autor:

Juventud Rebelde

EL afamado bailaor Antonio El Pipa solo sueña con «poder morir con las botas puestas» y únicamente admitirá el retiro «cuando ya no pueda más, cuando ya no tenga más fuerzas. Orgulloso de su sangre gitana, quien es considerado por la crítica especializada como Estrella del Flamenco, admite no soportar los tópicos que intentan encasillar a su gente como personas violentas, rateras, sucias y mal vestidas.

«Los gitanos en la baja Andalucía somos como todos, con iguales derechos y obligaciones, asegura Antonio Ríos Fernández, como lo nombraron al nacer. Un niño gitano de Jerez de la Frontera, donde nací, lo mismo juega al fútbol que baila por bulería, y lo mismo entiende un son cubano que una capoeira, porque estamos dotados de un ritmo especial que nos lo dio Dios, como los premió a ustedes con el swing y el movimiento. Sois únicos cuando os movéis. Los gitanos no somos mejores que nadie, pero inferiores nunca. Mi pueblo gitano ha aportado mucho a la sociedad española. Por tanto, fuera etiquetas: gitanos-violentos-navajas..., no, yo no me he criado en esa raza y no pertenezco a esa etnia, sino a una muy bonita de connotaciones culturales muy grandes, que respeta a sus mayores y jamás los abandonan, que tiene una claridad meridiana de cómo son y cómo quieren vivir».

Quien así piensa estrenará en el venidero 22 Festival Internacional de Ballet de La Habana (tendrá lugar del 28 de octubre al 7 de noviembre), junto a la compañía anfitriona que dirige la prima ballerina assoluta Alicia Alonso, El amor brujo, coreografía que comenzó a ver la luz «de la manera más hermosa posible: desde las emociones, desde el corazón.

«La última vez que llegué a La Habana, en septiembre pasado para dirigir unos cursos desde la Cátedra de Danza del Ballet Nacional de Cuba (BNC), Miriam Vila, su directora, se encargó de tirarme los tejos. Ella es la “culpable” de todo. Y luego, la maestra, doña Alicia Alonso, tomó la rienda de esta historia y me invitó a coreografiar y dirigir la compañía con el montaje de El amor brujo, de don Manuel de Falla, como sabes una de las obras clásicas del repertorio español».

—Tengo entendido que es flamenco, pero bailado en puntas...

—Me gustaría explicar que no voy a convertir al BNC en una compañía flamenca. Ni yo como bailaor me transformaré en un bailarín clásico. Es una obra concebida desde el respeto y la admiración a un lenguaje diferente al mío. Eso sí, El amor brujo me ha dado la posibilidad de dirigir por primera vez en puntas y zapatillas. Es decir, se trata de un ballet clásico estructurado desde la visión de un bailaor flamenco, español y gitano. No es más. Y ello ha dado lugar a que nos mezclemos, nos unamos, nos rocemos y nos respetemos cada uno en nuestras disciplinas, que en definitiva es la misma: la danza.

—¿Se vio forzado a estudiar el lenguaje del ballet clásico para poder utilizarlo en su coreografía?

—Sería imposible estudiar para ponerme acorde con la categoría y el nivel de esta compañía. Sería absurdo intentarlo en dos meses. Por esa razón le estoy tan agradecido a la valiosísima labor que han desarrollado los profesores Javier Sánchez y Consuelo Domínguez, quienes han traducido todo lo que les he pedido.

«Desde el principio mis ideas estaban muy claras. Sabía qué movimientos debía pedir. Así que aunque desconocía el vocablo exacto, sí sabía qué movimiento deseaba. Por ejemplo, para solicitarles un grand jeté —por fin lo he aprendido—, pues le decía a Javier: Quiero un salto de estos impresionantes en que los bailarines abren las piernas. Y él decía: “Muchachos, háganme un grand jeté”, ya me aprendí la lección. Por eso les agradezco tanto. Javier y Consuelo han sido mis traductores, mis pies, mis manos... Ellos han sido esenciales para poderme entender con los muchachos, lo cual sucedió desde el primer día. De igual manera les doy mil gracias a doña Alicia Alonso, a Miriam Vila, a los bailarines que protagonizarán esta historia: Jessie Domínguez, Alfredo Ibáñez, Omar Morales y, por supuesto, a Viengsay Valdés. Ahora solo me queda pedirle al público que comparta conmigo esta felicidad».

—Pero usted ha complejizado aún más su proyecto al incorporar a niños estudiantes de la Escuela Provincial de Ballet...

—Yo creo que los creadores estamos un poquito locos, pero... ¡Bendita sea la locura! Soy de las personas que se arriesga a hacer lo que siente. Como el boceto original de El amor brujo tiene tanto de dramático, de oscuro, de siniestro, quise huir de ello y pensé que la mejor manera de lograrlo era contar esta historia desde la inocencia de un niño. En definitiva, solo deseo contar un cuento, pero un cuento con final feliz. ¿Qué niño no ha jugado y a su vez no ha estado enamorado de la chica que tenía al lado? Quiero recuperar un Amor brujo en el cual lo último que recordemos sea el brujo cuando terminemos de ver la obra. Quiero que esa noche salgamos del teatro pensando en el amor.

«Ha resultado muy fácil trabajar con los pequeños, porque no he intentado cambiarles nada de su disciplina. Incluso cada vez que les solicito algo, lo hago evitando ir contra natura de su formación. Solo les he pedido jugar a bailar».

—¿Por qué insiste en un final feliz en tiempos de crisis, catástrofes y de guerras?

—Tengo la obligación de pensar con optimismo. Quiero seguir siendo positivo en la vida aun cuando solo escuchamos sobre desastres en los noticieros. Pienso que al menos la persona que compra un boleto para ir al teatro tiene el derecho de ser feliz esas dos, una o media hora que dure un ballet. Al mismo tiempo confío en que el amor mueve montañas, y quiero seguir pensando que el amor nos hace felices y nos permite olvidar los problemas cotidianos que seguramente todos tenemos».

—¿Cuánto le debe Antonio El Pipa a su familia?

—Todo. Y si no todo, lo más importante: la base de mi carrera, que se consolidó dentro de mi familia, la cual me enseñó los valores de la vida y a saber luchar por lo que se quiere. Siempre tuve muy claro desde pequeñito que quería ser bailaor. Hoy, aun cuando ya no está, sigo teniendo como referente a mi abuela, Tía Juana la del Pipa, quien fuera una bailaora genial que nos dejó cuando tenía 87 años de edad y casi se despidió bailando. Y yo tengo que continuar amando y respetando esos cánones que me marcaron.

«Mis padres me enseñaron lo que era la vida verdadera, a luchar, a sacrificarme. Provengo de una familia humilde, muy humilde, pero que siempre me enseñó que si algo quería debía buscarlo. “Lúchalo, ten tesón”, me decían. La vida no es fácil para nadie, para un artista menos. Sin embargo, cuando te empieza a sonreír ya todos los sacrificios merecen la pena. Mi carrera no fue fácil, mis comienzos fueron difíciles porque encima tenía el apellido del Pipa, y al principio la gente no quería ver a Antonio El Pipa, sino al nieto de Tía Juana. Mas pude conseguir que la gente fuera al teatro a ver a Antonio El Pipa. Es decir, que mi familia fue una motivación y al mismo tiempo una carga, pero una carga sagrada».

—Usted pasó por diferentes compañías antes de crear la suya propia. ¿Qué le aportaron esas experiencias?

—Fue muy importante formar parte de esas compañías, y si empezara nuevamente pasaría otra vez por los mismos sitios. Siempre intenté aprender; me considero un bailaor esponja, capaz de absorber lo que los grandes maestros podían darme de modo consciente o inconsciente.

«Recuerdo que entre obra y obra me vestía y me maquillaba rápido para ver el número solista, por ejemplo, de Cristina Hoyos. Yo quería aprender cómo esa señora se colocaba en el escenario, cómo respiraba. Si trabajaba con La Tati, me quedaba con la fuerza, con la energía, con el temperamento de esa mujer; si lo hacía con Ricardo Franco me llevaba cómo se deslizaba en la escena, cómo abría sus brazos. Lo mismo si compartía con doña Lola Flores, buscaba impregnar cada parte de mi ser con el arte de esa gran artista.

«Te puedo garantizar que hoy sigo aprendiendo y te aseguro que me voy con las alforjas bien llenas con lo que me están enseñando estos muchachos (tantos los profesionales como los chicos) con quienes ahora trabajo en El amor...».

—¿Cuándo decidió que ya era hora de tomar su propio camino?

—Todo lleva su cauce y tiene su momento. Primero debía formarme, buscar la técnica, profesionalizarme. Para eso tenía que pasar por estudios, por escuelas y por compañías. Tuve la suerte de entrar en contacto con Manuel Morao, uno de los grandes guitarristas de mi país, para hacer temporadas en Broadway, en París, en Madrid..., y todo eso era un aprendizaje. Y como ya te dije, me acompañó la dicha de compartir la escena con Cristina Hoyos, la Tati, Ricardo Franco, Antonio Vargas... Sin embargo, luego llega un momento en que tus inquietudes van despertando y ya necesitas decir algo. Esa posibilidad apareció el 16 de febrero de 1997, cuando el teatro Lope de Vega de Sevilla me ofreció la oportunidad de presentarme como una compañía privada. No me lo pensé y lo hice, pero no sabía si el 17, después del estreno, iba a despedir a la compañía. Afortunadamente no sucedió, pero el inicio fue un impulso, una inquietud que necesitaba saciar. Por supuesto que con 39 años no soy el mismo artista que cuando me inicié con 18 o cuando quería ser bailaor con 15, pero creo que cada día, cada mes, cada año le ha aportado algo significativo a mi carrera. Todo me enseñó.

—La crítica especializada lo sitúa como un sucesor de Antonio Gades, de Mario Maya, de El Güito...

—Lo tomo como un halago, pero me da miedo, porque son nombres muy importantes en mi país y en el mundo. No quisiera decepcionar a quienes piensan eso, mas te aseguro que no pretendo ser el sucesor de nadie, prefiero seguir mi camino y la estela que marcaron mis mayores, y mis paradigmas, entre quienes estaban Gades, Mario Maya, El Güito, pero también Farruco, Matilde Coral, Fernando Belmonte, Paco del Río, Manolete.... Quiero ser yo mismo, mas si los expertos lo consideran así se lo agradezco. Espero merecerlo.

—De todas formas, los críticos insisten en nombrarle Estrella del Flamenco. ¿Es que están enamorados de usted?

—(Sonríe) Bueno espero que estén enamorados de mi baile. Me considero alguien que ama su profesión, que es muy honesto con ella, eso sí. Creo que soy un privilegiao, un afortunao en hacer lo que hago. Eso se manifiesta en la sinceridad de mi obra, en que trabajo con una fuerza de gran verdad. Quizá sea por esa razón que los críticos me dan su beneplácito. No puedo decir que no me preocupen sus opiniones porque te estaría mintiendo. Es más: me encanta, pero lo que más me interesa es que el público vaya a ver a Antonio El Pipa cuando se presenta en el teatro y que se emocione con su baile. Lo que más me preocupa en esta vida es decepcionar a quienes se sientan en un teatro para verme.

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