Poeta, siempre poeta

El destacado bardo César López, Premio Nacional de Literatura 1999, conversa en exclusiva con JR sobre sus impresiones del autor de Paradiso, su amigo personal

Autores:

José Luis Estrada Betancourt
Yunet López Ricardo

«¿Cómo hablar de conocimiento de un poeta? ¿De un gran poeta? A José Lezama Lima lo descubrí, establecí el conocimiento a su persona por su poesía. Impresión deslumbrante en las primeras lecturas. Lejanía tentadora. Comprensión y desconcierto ante lo que ya estaba ocurriendo. Y muchos, yo entre ellos, no nos estábamos enterando. Impresión impresionante que me obligó a la insistencia a la vez humilde y soberbia. Discreta y vergonzosa».

Tan sacudido quedó el notable poeta César López, Premio Nacional de Literatura 1999, con su hallazgo del gran José Lezama Lima (1910-1976), cuyo centenario se recuerda en este 2010, que así se expresó sobre el autor de Paradiso, Muerte de Narciso y Antología de la poesía cubana, cuando Juventud Rebelde se le acercó para que desempolvara sus recuerdos relacionados con el gestor y director de la revista Orígenes, y uno de los más trascendentales escritores que ha dado Iberoamérica.

—¿Puede considerar como profundos los vínculos que mantuvo con ese importante escritor cubano?

—Nunca fue, para mí, suficiente. La distancia era, es, grande, pues José Lezama Lima representa lo magnífico en la creación poética. La cubanía intensa y a la vez trascendida. Es imposible establecer una comparación en cuanto a profundidad si recordamos sus vínculos con Ángel Gaztelu, Gastón Baquero, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Eliseo Diego, Octavio Smith y Lorenzo García Vega. Los pintores Víctor Manuel, Portocarrero, Mariano, Arístides Fernández, Arche. El compositor Julián Orbón y la intensa e imprescindible María Zambrano, entre otros. Sin olvidar jamás la oscilante amistad, marcada por la aventura cultural compartida con José Rodríguez Feo, y la también intensa y en algunas ocasiones tormentosa, con Virgilio Piñera. No obstante, fue una fiesta haberlo conocido. La nombro aquella fiesta perpetua, y no la olvido.

—Juan Ramón Jiménez escribió: «Con usted, amigo Lezama, tan despierto, tan ávido, tan lleno, se puede seguir hablando de poesía por siempre, sin agotamiento ni cansancio, aunque no entendamos a veces su abundante noción, ni su expresión borbotante». ¿Considera usted que la poesía de Lezama era demasiado barroca? ¿Conversaban con frecuencia sobre sus respectivas obras?

—La gran Poesía nunca es «demasiado nada»; y mucho menos en cuanto a lo barroco. La poesía de José Lezama Lima todo lo abarca, lo asimila, lo supera de manera pancreadora. Al lezámico modo. En cuanto a conversar, la plática de José Lezama Lima alcanzaba ámbitos enormes en el espacio y en el tiempo. Esa era parte de su obra y por sus palabras y acento conversacional alentaba a quienes lo escuchábamos además de leerlo.

—Su novela Paradiso, considerada por muchos críticos como una de las obras maestras de la narrativa del siglo XX, fue calificada como pornográfica. ¿Qué piensa de esta valoración que se le atribuyó dos años después de ser publicada?

—Habría que deslindar quiénes fueron los que la calificaron de pornográfica. Ese nombre o categorización no era el más idóneo para semejante monumento literario. Y con las limitaciones, las miserias, buenas y malas intenciones, torpezas... surgió el disparate, lindando casi con el crimen cultural, que se prolongó demasiado tiempo.

«Por otra parte habría que indagar de otra manera sobre el concepto y sentido de lo pornográfico. Y especialmente en ese libro tan deliciosamente humano, intelectual, cubano, universal, simpático, irreverente, serio y humorístico; todo a la vez. En fin, va llegando el instante del disfrute pleno e inteligente de la Ópera magna del etrusco de la calle Trocadero. Y, desde luego, no limitarse a Paradiso».

—Lezama participó el 30 de septiembre de 1930 en la histórica manifestación estudiantil que dio inicio a la lucha contra Machado. ¿Conoció usted cuáles fueron sus motivaciones?

—El azar concurrente lo hizo participar en lo que él mismo consideraba alto honor. Y quizá ello preparó la comprensión futura de su destino poético e histórico. Ser y permanecer. Soporte de una peculiar teleología insular. Como cubano libre. Apasionado y veraz. Objetivo y subjetivo al mismo tiempo. Fiel disfrutador de la observación tanto del cielo como del averno. Paradiso o Inferno.

—«¿Lo que más admiro de un escritor? Que maneje fuerzas que lo arrebaten, que parezca que van a destruirlo. Que se apodere de ese reto y disuelva la resistencia...», señaló Lezama alguna vez. ¿Piensa usted que esta frase lo define?

—Cualquier definición para Lezama sería siempre parcial. Un fragmento orientado a su imán. Irradiante. Vencedor del enemigo rumor. Maneja a su estilo, porque más allá de las disquisiciones que hizo al respecto, tiene siempre un estilo propio, la cercanía y la lejanía, a veces supuestas; como en el caso de la guayaba y la granada; continuación de la cita a la que usted hace referencia. Pero, como Reiner María Rilke, Lezama siempre sale airoso. Y eso es todo.

—¿Existen rasgos comunes que todavía lo unen a Lezama?

—Quisiera poder compartir su afán creativo en lo que Eduardo Torres Cuevas, en conferencia sobre Nicolás Guillén, hablaba de conciencia y voluntad al acercarse a lo cubano... y así, al menos, participar en esa permanencia. La cubanía más allá de aquella superficial cubanidad propagandística y politiquera de ciertos momentos nuestros cargados de falsedades, que trataban de borrar y confundir valores permanentes, aunque variables y cambiantes, de nuestra Patria. Buscar y encontrar «cotos de mayor grandeza».

—¿Algún encuentro inolvidable que haya tenido con el autor de ensayos como La cantidad hechizada y Tiempo negado, que quisiera contarle a los lectores?

—Múltiples. Entre esos encuentros, uno, cuando a mi regreso de España, ya graduado de médico y cargado de pedantería juvenil y supuestamente ilustrada, el maestro me deparó una larga tarde, él y yo en la sala de su casa, al ritmo de su balance. Describiéndome minuciosamente espacios que se suponía yo conocía muy bien por largas experiencias, visitas y clases, al Museo del Prado, Palacio de Oriente... et al. Sitios que él nunca había frecuentado personalmente. Entonces aquel torrente de conocimientos y vivencias me obligaba a preguntarme, deslumbrado, si era verdad que aquel poeta cubano y trascendente nunca había estado por allí. ¡Cómo podía surgir semejante «súbito»!

«De la misma forma en que mantenía la ilación de la insuperable aventura, llegó a describir a Catalina la Grande de Rusia pasando revista a sus tropas ante la habilidosa escenografía del príncipe Potemkim. Orientando la monárquica y lúbrica mirada de la zarina hacia las abultadas entrepiernas de sus soldados. Carcajadas en medio del ritmo asmático tan característico del creador. Y apuntes irónicos dirigidos a las supuestas covachas universitarias del saber que, según él, me habían marcado definitivamente como consecuencia de mi estancia europea. Fue capaz aquella misma tarde, inquisitivo, de preguntar si alguien era griego... y cuando, el nuevamente sorprendido interlocutor se dispuso a una larga y retórica disquisición sobre idioma, apellidos, radicales y desinencias en la Gran Cataluña, incluida Valencia, irrumpió entrecerrando los ojos para aclarar que solo quería saber si el personaje del cual hablaba estaba afectado de la costumbre griega, es decir, si era m... o no...».

—Entre el Lezama poeta, ensayista, narrador..., ¿cuál usted prefiere? ¿Por qué?

—Poeta, siempre poeta, en todo lo que tocaba, tocó y toca todavía y siempre en su obra que continúa poéticamente in crescendo.

—¿Qué satisfacciones le produjo editar un libro como Oppiano Licario, o escribir el prólogo y realizar la edición corregida y aumentada de José Lezama Lima, Poesía completa?

—Un honor y otra vez una fiesta. Suerte que ha tenido el ambicioso llegado de Santiago de Cuba quien, como decía el maestro en muchas dedicatorias de sus libros, venía cargado de elementos tales como gatos, música y afán de conocerlo también todo. De allí, donde el carnaval puede ser un aquelarre. Oportunidad que quisiera seguir aprovechando en esta primera secularidad de José Lezama Lima.

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