El Callejón de la Ceiba: algo más que soñar

El proyecto tunero que coordina el crítico de arte Othoniel Morffis Valera acoge sábado tras sábado a no pocas familias del Balcón del oriente cubano

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Hay muchas ceibas en Las Tunas, pero posiblemente ninguna tan añeja, robusta y espléndida como la que respira en la calle Villalón, justo en el tramo en que es cortado por las céntricas arterias Frank País y Lucas Ortiz. Ello hizo que el crítico de arte Othoniel Morffis Valera se decidiera por nombrar El Callejón de la Ceiba al proyecto que coordina, teniendo en cuenta que el frondoso árbol también ofrece su magnífica sombra a la galería taller de escultura Rita Longa, que acoge sábado tras sábado a no pocas familias del balcón del oriente cubano.

Todo comenzó, según contó Othoniel a JR, en el verano de 2008, como una propuesta que buscaba cautivar a los vecinos de la zona durante esa temporada estival. Entonces convocó a creadores de la vanguardia plástica tunera como Dergio Ávila, Alexander Lecusay, Armando Mastrapa, Luisan Cabrera, Eddy Reyes, a quienes se fueron sumando otros de diferentes manifestaciones al estilo de Lesbia de la Fe, Norma Yabor, Zahily Sariol..., para entre todos organizar talleres de pintura, modelado en barro, diseño, fotografía, apreciación musical y de artes plásticas... y hasta de tejido, cocina, muñequería...

Desde entonces, Carlos Alberto Alonso Carballo, de ocho años, en cuanto ve que el viernes casi está muriendo, corre hacia donde está su abuelita Miriam. Casi en un susurro, el pequeño confesó a este diario que le fascina llegar a la galería para convertir el barro en perritos y gaticos que jamás se fajan, y cuando sale  corriendo a montarse en los zancos, entre jadeos dice: «Aquí me divierto cantidad y aprendo muchísimo».

Igual le sucede a Masiel Marrero Reyes, dos años mayor que él. Pero lo suyo es, sobre todo, el tejido. «Mi abuela más o menos me había enseñado, pero la profesora Mirtha me dio todos sus secretos. Ya he hecho tapetes, carteras... No es para nada aburrido; donde me aburro es en mi casa», asegura sonriente.

Miriam Muñoz Pérez, la abuela de El Callejón y, claro está, de Carlos Alberto, asegura que este es un proyecto muy significativo para niños y jóvenes, pero es maravilloso para las personas de la tercera edad, «porque, mire, sobre todo uno aprende a vivir, a ser feliz, a compenetrarse con las personas; aprendemos a tener mayor calidad de vida.

«Me acerqué porque me avisó un grupo de amigas que saben que a mí me encantan la artesanía, las manualidades. Me convertí en una de las fundadoras, lo que me llena de júbilo.

«Un sábado tenía que cuidar a mi nieto porque sus padres trabajaban, y le dije: Nos vamos para El Callejón, porque yo jamás me ausento de mis clases. Y él se quedó encantado. Y ahí lo ves a mi lado haciendo muñequitos», dice Miriam, a quien, con sus 66 años, no le apena unirse al juego de la escoba. «Yo me olvido de los años cuando entro aquí. Y creo que soy un buen ejemplo para mi nieto, porque me ve jugando, riendo, aprendiendo todavía a su edad».

La gran familia

«¿Lo que no me gusta? Que es un solo día a la semana», afirma categórica Cristina Carbonell Núñez, para quien «El Callejón es vida. Espero el sábado con ansiedad y antes adelanto en la casa todo para disfrutar libremente esa mañana».

Ama de casa, Cristina llegó a la galería taller para aprender a tejer, pero el entusiasmo que encontró no solo la hizo permanecer sino también ofrecer sus conocimientos sobre bordado. «Entre todos compartimos ideas, y lo que uno no sabe el otro lo enseña. Somos una gran familia».

Noemí Iglesias Nápoles, de profesión médica veterinaria, llegó por curiosidad, interesada en hacer suya la técnica del papier maché. «Empezamos haciendo máscaras y otras cositas, pero después de cierto tiempo se me ocurrió concebir bonsáis. Se lo propuse al profesor Luisan y él me dio luz verde».

Tanto gustaron los bonsáis de Noemí que se expusieron en la galería taller y en el Centro Provincial de Artes Plásticas. Y luego, esta activa mujer se convirtió en instructora y dedicada promotora. «Estaba en casa sin hacer nada por problemas familiares, y el proyecto me abrió un camino distinto.

«El Callejón ha calado tan profundamente en mí, que aquí están mis hermanas; prácticamente toda mi familia. Incluso hasta los que viven en Holguín han ido aprendiendo la técnica. Othoniel nos da mucho amor y apoyo, y junto al papier maché nos hemos adentrado en el mundo del diseño, la comunicación... Este proyecto ha sido una puerta abierta al saber, de modo que cuando no ausentamos por cualquier causa sentimos que nos falta algo».

El papier maché también atrajo a Mirtha Zayas Montero, quien supo de esta experiencia por su hijo, quien pertenece a la AACA. Sin embargo, le dijo a Othoniel que sabía tejer, y este le pidió que le trajera sus labores. Al poco tiempo, esta señora de 62 años ya estaba dando clases. «Tengo alrededor de diez muchachas muy interesadas en aprender. Llegaron sin  conocer cómo coger la agujeta, pero han avanzado un mundo».

Como Mirtha es tan ingeniosa, y «el hilo se ha puesto muy difícil de conseguir, me dio por tejer los nylon, las jabitas de la shopping, los sacos..., y con esos materiales hago una inmensidad de cosas lindas. No me cuesta venir porque aquí me siento más joven y útil. Vivo lejos, pero no me importa esperar una guagua, no me pesa.

«Mi mayor alegría es ver cómo mis alumnas se desarrollan rápido y van  reavivando una tradición que casi se había perdido», dice, al tiempo que muestra orgullosa sus búcaros, cestas, paisajes..., elaborados a base de pegamento artesanal y papeles reciclados.

Su tocaya, Mirtha Milián Peña, esperó a jubilarse para especializarse en la técnica de hacer muñecas, arte en que ya había dado no pocos pasos. Cuando trabajaba en el banco, pasaba frente a la galería mirando con atención todo lo que sucedía adentro. «En cuanto me retiré salí corriendo para acá y me satisface haberlo hecho. Poco a poco me fui sintiendo mejor, sobre todo espiritualmente», confiesa Mirtha, quien generalmente viene acompañada por su hijo escultor.

CON TODOS Y PARA TODOS

Cada sesión que sostiene Eddy Reyes con sus alumnos es como si lo cargara de energético combustible para continuar. «El resultado te motiva mucho, más cuando tus alumnos logran cada vez nuevas cosas; son talentos que están ahí escondidos».

Eddy comenzó con niños el modelado de barro, y luego se fueron añadiendo jóvenes y adultos. Para este joven graduado de la Academia Provincial de Artes Plásticas, no es  un sacrificio emplear parte de su tiempo como creador en función de otros, «porque así lo hicieron conmigo mis padres, mis profesores. Esa cadena no podemos dejar que se quiebre».

Luisan Cabrera Almaguer, el profesor de papier maché, se formó en el mismo plantel donde estudió Eddy, y desde el 2003 conduce un taller de artes plásticas en la Escuela de Instructores de Arte Rita Longa. Él es otro de los fundadores de El Callejón de la Ceiba, que obtuviera un premio en el X Concurso para proyectos novedosos, convocado por el Centro de Intercambio y Referencias de la Experiencia Comunitaria (CIERIC), y representará a Cuba en el Taller Latinoamericano y Caribeño SIDACULT.

«Recuerdo que Othoniel me invitó a que impartiera ese taller. En realidad nunca había trabajado con la comunidad ni con otras personas que no fueran estudiantes, pero desde el primer momento quedé atrapado. Al encuentro inicial solo vinieron tres jóvenes, pero ya en el segundo uno de ellos arrastró a su familia. Y lo más significativo es que quienes han pasado por aquí ya desean y sienten la necesidad de crear».

Othoniel, por su parte, está convencido de que este proyecto, que resultó ahora finalista del XI Concurso de CIERIC, ha sido posible también por la participación de diversas instituciones como el mismo CIERIC, la UNEAC, la AHS, Salud Pública..., «Entre todos nos hemos propuesto brindar alternativas para utilizar el tiempo libre de una manera atractiva y enaltecedora, así como fomentar valores, defender nuestras tradiciones y cultura, con lo cual todos seremos personas más plenas.

«En lo personal, El Callejón es uno de mis sueños más hermosos. Y cuando siento que estoy muy agotado, porque es una labor muy fuerte, llega un niño, me da un abrazo, me dice tío Othoniel, y enseguida el cansancio se desvanece».

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