Lisanka: una comedia en trance épico

La película se resiente porque parece demasiado larga y prolija. Su trama abandona poco a poco su línea farsesca, y los incidentes del guión se acumulan generando más cansancio que diversión

Autor:

Joel del Río

Definida por su realizador como tragicomedia, con marcado interés por apuntalar el plano referencial o histórico, y personajes capaces de provocar la hilaridad por las situaciones límite que atraviesan, Lisanka, el más reciente largometraje cubano estrenado por el ICAIC, garantiza un cierto nivel de disfrute, sobre todo para los cubanos, en tanto utiliza recursos que dan por descontado el agrado de un amplio sector del público. Además, el filme está dirigido y coescrito por uno de nuestros más avezados cineastas, Daniel Díaz Torres, el creador de los desternillantes sarcasmos de Alicia en el pueblo de Maravillas, de la gracia alambicada y absurda en Kleines Tropicana, o la agudeza en la paráfrasis sociológica de Hacerse el sueco.

Sin embargo, luego de transcurrido el siglo cuando eclosionó el pastiche, la parodia, la sátira, y el diálogo agitado entre las artes, quizá sea lícito esperar mucho de una comedia de costumbres y enredos, a la cubana, como Lisanka. Porque a pesar de las risas que escuché en varios cines donde se proyectaba, la película se resiente porque parece demasiado larga y prolija, incapaz de sostener la vertiginosa sucesión de situaciones absurdas, el ingenio y el destello imprescindible para aceitar la maquinaria del humor reflexivo e intencionado. Luego de un notable arranque, propio de la mejor comedia socarrona y burlesca —cuando se establece el contraste forzoso entre los habitantes de un pequeño pueblo cubano, y los soldados soviéticos que arribaron a la Isla, en el año de la llamada Crisis de Octubre, y además se esboza raudamente toda una historia de amor cuatripartita— la trama abandona poco a poco su línea farsesca, y los incidentes del guión se acumulan generando más cansancio que diversión.

Y es una lástima que se haya malogrado parcialmente la oportunidad de realizar una gran comedia, pues Lisanka contenía, en principio, casi todos los ingredientes para entrar en la misma liga que Doctor Strangelove o La muerte de un burócrata, y sorprender a todos, y obligarnos a reflexionar sobre nuestro pasado, presente y futuro como nación, y mover el pensamiento y conmover la sensibilidad o la inteligencia del espectador… Pero la innegable comicidad de los primeros momentos se dispersa luego entre la solemnidad y la épica, dos enemigos naturales de la risa espontánea, amén de la improcedente voluntad simbólica que deriva de presentar a la protagonista en plano de heroína, o lo que es menos adecuado todavía (siempre hablando de los requisitos para la comedia) como encarnación de la mujer cubana emancipada, o de la patria toda.

Los resquicios simbolistas de la película se evidencian hasta la cacofonía en situaciones como el cambio de nombre de la muchacha, en la pertenencia de los tres enamorados a un segmento político nítido, y en ese final casi inexcusable, por lo retórico y obvio, cuando la muchacha (o más bien los guionistas que manejaron su destino) nos restriegan en la cara, en un acto de subestimación suprema de la capacidad intelectiva del espectador, que ella es dueña de su albedrío, con banderas desplegadas en lo alto de una torre, y el enamorado-desafecto-que-emigra encargándole al enamorado-revolucionario-que-se-queda, el cuidado de la tractorista, absolutamente capaz de cuidarse sola, como sabíamos desde su primera aparición. Después de eso, solo queda escuchar la voz de los cielos poniéndole punto final a una película que desde hacía mucho había perdido su apelación más terrenal.

Por supuesto que la película cuenta con momentos memorables, algunos muy logrados incluso. Entre estos se cuenta el pasaje de la llegada de los soviéticos, al principio, ante los rostros totalmente distanciados de los campesinos, mientras el coro de reclutas soviéticos canturrea implacable las Noches de Moscú; las apariciones de Jorge Molina interpretando a un cadete delirante que masculla en ruso cubanizado frases medio incoherentes; por supuesto, el dominio absoluto para enunciar el chiste y provocarlo en esos maestros del humor que son Raúl Pomares y Paula Alí (el invencible talento de Osvaldo Doimeadiós fue maltratado por un personaje nimio, accesorio por completo, pincelada de extrema caricatura que apenas aporta algo a la trama).

Más o menos por estos cauces discurren los cinco o seis buenos chistes de Lisanka, muy aguda cuando ironiza sobre la incomprensión cultural, notable cuando pone en solfa las actitudes esquemáticas y autoritarias de ciertos revolucionarios en aquella etapa de iniciales radicalismos, y también ajustada en tanto se burla de la presunción, avaricia y falta de visión histórica de los desafectos al socialismo. Pero a medida que avanza la trama, por decirlo de alguna manera, porque el argumento se enuncia casi completo al principio, se va perdiendo la risueña burla al realismo socialista, pasada por el delirio macondiano, y la película se extravía en la circunspección, la corrección política, y la épica de giro historicista.

En la segunda mitad, los momentos cómicos aparecen con menor frecuencia y se limitan al chiste eventual de este o aquel intérprete, lejos del círculo delirante y absurdo conseguido en los primeros pasajes. Al final, gana la contienda la alegoría histórica y sociológica: Lisanka sola y libre, como la Isla, como la palma de Guillén, Cuba sola y soberana, pero a esas alturas ya se habían disipado hasta casi desaparecer los recursos de la comedia, maltratada además por una voz en off que todo el tiempo se esfuerza en conseguir el distanciamiento burlón, pero solo resulta repetitiva, pomposa y didáctica.

Por otra parte, el guión de Daniel Díaz Torres, Eduardo del Llano y Francisco García —autor del breve cuento titulado En el kilómetro 36, que dio origen a la versión mucho más abundosa de la película—, nos entrega demasiado rápido los conflictos de la época que le interesa tratar, y las características dominantes de los principales personajes, de modo que dejan muy poco para los momentos climáticos, y la trama entonces avanza sin rumbo fijo, rebotando entre la épica y la farsa, en peripecias a veces representadas en un tono grandilocuente, e incluso trágico, que pudiera descolocar al espectador, porque uno no sabe muy bien a qué atenerse cuando entrechocan, en el mismo escenario y momento, situaciones absurdas, hilarantes, con otras de matices heroicos o trascendentales como la escena donde se anuncia la desaparición del mundo luego de una guerra nuclear. Y conste que no se trata de humor negro.

Tan grave es la derivada hacia la solemnidad y la alusión histórica y trascendental, que hacia el final la puesta abandona incluso la introspección del personaje titular, se soslaya su carácter de protagonista, y en ningún momento se comprende a cuál de los tres muchachos va a preferir la joven tractorista y por qué. Es como si al realizador y a los guionistas les dejara de interesar el personaje, en tanto reflejo de la gente común, de carne y hueso, con sus enredos sentimentales y sus virtudes y miserias. Vemos lo que hacen, pero apenas se colige por qué lo hacen, puesto que casi todos los principales fueron convertidos en entelequias, casi abstracciones, o símbolos de una clase social, y de las tendencias en conflicto. A ese nivel, es natural que la película pierda la gracia medio chocarrera, pero funcional, que había conquistado en su primer acto.

Como estreno de verano —película ligera a la que quizá le estamos reclamando rigores y artisticidad lejanos de los propósitos de sus creadores— Lisanka cumple su misión. Ajustados quedaron los desempeños de la mayoría de los oficios implicados en la realización (en particular el cuadro de actores, la fotografía, y la dirección de arte), y nadie puede negar la eficacia de numerosas situaciones articuladamente cómicas (no solo las mencionadas arriba se cuentan entre los buenos momentos). Al espectador le queda decidir si le importan más estos fragmentos aislados de cubanísimo jolgorio que valorar la derivada hacia la solemnidad aplomada, que agota por completo el arsenal paródico.

Válida en tanto manual de iniciación cognoscitiva para los más jóvenes, respecto a una época sobre la cual nuestro cine deberá volver una y otra vez, la película garantiza también un rato de entretenimiento a los amantes de la más tradicional comedia cubana de costumbres (que suele ser de ambiente urbano y contemporáneo, si bien Díaz Torres se aventuró a enfrentar la ruralidad y el pretérito), ofrece un plano de reflexión histórica que propone examen realista y bien intencionado, y además, intenta naturalizar en nuestros predios, con alguna suerte, los parámetros de la comedia sentimental o melodrama ligero, puesto que cuenta la historia de una muchacha que se decide entre un trío de pretendientes.

Es decir, que el esquema típico de la comedia sentimental, de chico encuentra chica, se ha versionado en esta ocasión por la dinámica de chicos encuentran chica. Uno de los muchachos resulta contrario al régimen, el otro es un recluta soviético, y finalmente está el chico más tenaz en su deseo (el revolucionario). Así, la muchacha pasa de un romance al otro, o más bien de un apareamiento al siguiente, sin que el espectador pueda comprender su pasión, y por tanto identificarse con sus decisiones. Y debe decirse que la inconsecuencia del personaje jamás es responsabilidad de Mirielys Cejas, quien deberá alcanzar pronta resonancia en el cine cubano del futuro inmediato. Entre los jóvenes galanes, el único actor que ofrece cabalmente el tono guasón que se le requería, fue el ruso Kirill Zolygin, quien consiguió adornar a su Volodia con la simpatía que aportan el candor y la simplicidad.

Aunque estemos ante una farsa incapaz por momentos de provocar la risa, o tal vez ante una tragicomedia demasiado ligera como para ser tomada en serio, hay que ver Lisanka, para estar de acuerdo, o disentir, con quienes opinan que es más de lo mismo, o para considerarla un empeño respetable del cine cubano, en el siempre arduo camino que conlleva reconsiderar el pasado de la nación. Que decidan los espectadores. Para ellos, para nosotros todos, se concibió y llegó a la pantalla.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.