El placer de una sonrisa

JR conversa con el Premio Nacional de Humorismo 2001 y Premio Nacional de Radio 2002 Alberto Luberta, quien durante 43 años fue el escritor del gustado espacio Alegrías de sobremesa, de la emisora Radio Progreso.

Autor:

Lourdes M. Benítez Cereijo

Recostaba la cabeza sobre la almohada, cerraba los ojos, pero no dormía. Cuando ya la noche había abierto sus velos y cubría con la quietud de sus silencios el sueño de la mayoría de las personas, quedaban mentes que se sacudían el letargo de las horas y comenzaban a crear.

Alberto Luberta Noy proyectaba en su cabeza, cual arquitecto de la risa, las situaciones y enredos en los que se verían envueltos, al día siguiente, los vecinos residentes en el edificio de Alegrías de sobremesa. Así lo hizo durante 43 años el escritor del gustado espacio de las 8:00 p.m. de la emisora Radio Progreso.

Con esa gracia natural que distingue a los cubanos cuando narran sus historias, Luberta contó a JR su «ritual»: «Nunca me quedaba dormido enseguida, solo cuando agarraba la idea. Por lo general, cuando me levantaba ya sabía lo que iba a escribir. Me daba una ducha y, cuando estaba fresco, me sentaba a escribir».

—¿Qué pasaba si se acostaba «en blanco»?

—¡Qué duras esas noches y qué negros los amaneceres! No dormía, pero pensaba en los personajes, en cómo son, en lo que los distingue, y eso me daba margen para idear alguna situación y así hacer un libreto que diera algo de gracia. El conocer a mis personajes me daba la posibilidad de mover sus hilos y eso me salvaba.

Para quien diariamente debía hacer dos libretos, el fantasma de la cuartilla en blanco se convertía en un verdugo. No es difícil imaginarlo con los dedos rozando las teclas de su máquina de escribir, escuchando los gritos del reloj. Entonces alzaba la vista y tomaba de encima de la cómoda un tabaco o un cigarro para caminar de un lado a otro por toda la casa.

«Cuando amanecía en blanco aquello era candela, pero siempre me impuse y cumplí con la meta de nunca pasarme de la 1:00 p.m. Sucediera lo que sucediera, esa era mi hora límite para llegar libretos en mano. Aproximadamente a las 12 del mediodía me iba para la emisora y allí los mirábamos, ensayábamos y finalmente grabábamos».

—¿Por eso Enrique Núñez Rodríguez lo bautizó como «el mártir cotidiano de la radio»?

—Supongo que sí, por la consagración y dedicación que nacía con cada jornada de trabajo. Él me conocía muy bien.

—¿Qué es lo más difícil de buscarle las cosquillas al público?

—Con el tiempo todo se facilita, pero me resultó muy complejo conformar, elaborar una situación graciosa.

Alegrías de sobremesa ha sido uno de los programas de mayor audiencia, ¿qué desafíos supuso eso para usted?

—Cuando empezamos a hacer humor todo se basaba en las picardías y maldades de un personaje hacia otro. En todos los programas siempre había un pillo que cometía sus trastadas contra otro que asumía el papel de víctima. Desde mis inicios traté de cambiar ese modo de hacer. Nadie debía hacerle daño a nadie. Me costó mucho trabajo hacerle entender eso al oyente, que ya estaba muy acostumbrado a esos códigos. Por eso mi primer reto, y uno de los más grandes, fue hacer todos mis personajes nobles, máxima que mantuve durante más de cuatro décadas de labor.

Entre anécdotas, risas, el cafecito de su esposa y la alegría de su conversación, el Premio Nacional de Humorismo 2001 y Premio Nacional de Radio 2002, «el Padrino» —como le dicen en la emisora— recordó sus inicios:

El 1ro. de julio de 1947 llegó a la CMQ, ubicada en Monte y Prado, un muchacho de 99 libras al que le faltaban dos meses y 27 días para cumplir 16 años. Allí lo recibió Iris Dávila. Empezaría como copista. Sus habilidades de mecanógrafo —avaladas por sus 98 palabras por minuto— le abrirían las puertas a un mundo que lo sedujo.

«Al empezar en la radio no tenía ninguna tradición de labor en el medio. Para mí aquello era una aventura nueva. Fue un trabajo que se me presentó y que asumí por la necesidad, pues mi familia no tenía una buena situación económica. Éramos 11 hermanos y mi papá laboraba como suplente de tranviario.

«Cuando tomé el primer libreto en mis manos, yo me pregunté “¿y esto qué cosa es?”; hasta que me fui metiendo y me agarró, porque la radio te atrapa. El primer guión que hice fue a mediados del año 1948, para un programa de corte dramático que se llamó El alma de las cosas».

—¿Cómo pasó de los programas dramáticos al humorismo?

—A la fuerza. Al principio lo mío era lo dramático porque me gustaba. Al triunfar la Revolución se marcharon muchos escritores y quedaron espacios vacíos, entre ellos uno que era estelar en CMQ y al cual después le pusimos Fiesta a las 9:00. En el medio de ese programa había un squetch que se llamaba Tota y Pepe, interpretado por Manolín Álvarez (padre) y Maritza Rosales. Posteriormente, con el restablecimiento de la programación, después de la batalla de Girón, resultó que no había libretos porque Suárez Santos, el escritor del espacio, no aparecía. Entonces me llamaron y me dijeron que debía encargarme. «Luberta, el programa es tuyo», y así fue como quedé de humorista. Al principio me costó mucho, pero llegó un momento en que le conocía el estilo a todos los escritores, por lo que cuando faltaba algún libreto yo lo hacía, fuera de quien fuera.

—¿Cómo es Alberto Luberta humorista?

—Un amante del costumbrismo. Aplaudo cualquier forma de hacer humor, pero considero que el que resulta, el que le gusta al cubano, es el costumbrismo. Una de mis premisas es intentar que la gente se vea reflejada en lo que sale al aire. Cuando eso sucede te ganas al público, lo tienes de tu lado.

—¿En qué se basa para diseñar un personaje?

—Para diseñar un personaje lo primero es pensarlo en profundidad. Y debe responder siempre a los mismos intereses, de lo contrario se afecta. Una vez se pueden cambiar los códigos, tal vez, en un intento de sorprender a la audiencia; pero no es factible.

«En mi caso, pienso en el actor que va a interpretar ese papel. El personaje lo moldeo a esa persona, a su línea de trabajo, a sus posibilidades y limitaciones. Es importante que un escritor sepa acomodar sus personajes a lo que pueden dar los actores que les van a dar vida, porque puede ser que se te queden a niveles diferentes. Hay que tener muy presente, además, que el personaje constituye una construcción que va más allá de los bocadillos, es también la forma de reaccionar ante determinada situación y de experimentar los sentimientos».

—El escritor piensa las situaciones de una forma, ¿qué le sucede a usted cuando un programa no sale al aire como se lo imaginó?

—Nunca sale al aire como uno lo piensa.

—¿Eso le provoca frustración?

—No, pero me molesta. Por eso no me gustó nunca dirigir. Me provoca malestar que yo conciba las cosas de una manera y que no me las den así. Soy muy exigente. Me molesta decir algo y que no se me entienda. Es que también soy en parte actor pues, a veces, para explicar algo, interpreto a los personajes. Mi trabajo no termina con la entrega del libreto. Para muchos es muy fácil escribir y soltarlo. Siempre me preocupé por todo lo que pasaba después, iba a todos los ensayos. Mi filosofía no fue jamás trabajar por dinero, sino por satisfacción personal.

—¿Tiene usted mal carácter?

—Me dicen «el látigo». Me llevo muy bien con mis compañeros, pero soy un hombre de radio, me crié y crecí en ese medio, por eso no puedo permitirle a nadie cuestiones que se salgan de esos términos. Soy muy estricto, no soporto las indisciplinas.

«En una ocasión me pidieron que dirigiera el programa por un tiempo, y cuando entré la gente dijo: “Se puso malo esto”. El mismo día que llegué había en el estudio una muchachita vendiendo chocolatines, y cuando la vi dije: “Esa niña, por favor, que se marche inmediatamente”, y salió corriendo y llorando de allí. Luego, cada vez que me veía se mandaba a correr. Me dio lástima, pero, ¿cómo se le ocurre a alguien ir a vender chocolatines en plena grabación? Creo que actualmente se ha perdido un poco el sentido de la disciplina».

—¿Le gustaría volver a su rutina creativa como escritor de Alegrías de sobremesa?

—No. Tengo el concepto de que hay que dar chance a los jóvenes. Sin embargo, no todos piensan igual, pues persiste la idea de mantener a personas que desgraciadamente ya no dan más. Es hora de abrir paso a la juventud.

«Además, llegó un momento en que eso me empezó a aburrir. A veces sentía la necesidad de hacer algo diferente, cualquier cosa, pero distinta a lo de todos los días. Siempre he considerado que es mejor salirse a tiempo. Mucha gente me decía: “¿Por qué te retiras si estás entero?”; sí, ¿hasta cuándo?, ¿me voy a ir cuando me empiecen los achaques? Es mejor antes, y, por suerte, hasta ahora he tenido la dicha de no padecer de nada».

—En ocasiones ha dicho que Ahmed Otero, quien actualmente se desempeña como escritor del programa, ha logrado captar su estilo de hacer los libretos...

—Él tuvo algo que me llamó la atención desde el inicio. Al leer sus primeros libretos pude distinguir en ellos mi forma de hacer, pero con un toque distinto, o sea, con una vuelta diferente y particular de él.

—¿Cuáles son las mayores deficiencias que presentan los humorísticos de radio?

—El humor va más allá del chiste, que se olvida rápido. Eso no sucede con la situación humorística, que sí tiene la posibilidad de perdurar por la compleja construcción dramática y psicológica que la sustenta. En mi opinión, todo se resume al hecho de que en radio ya no quedan casi programas de humor. Son muy pocos. Al menos Radio Progreso siempre tuvo una fuerte programación de ese corte.

—Usted es considerado una leyenda del medio radiofónico...

—No creo que sea para tanto. Lo que pasa es que a mí me conoce todo el mundo, mientras mucha gente se retira a los 60 años cumplidos, yo llevo más de 60 también, pero de vida artística en el mismo medio.

—¿Pensó llegar tan lejos con Alegrías de sobremesa?

—Los programas comenzaban y se terminaban, y yo empezaba con ellos, empecé y empecé, mira hasta qué punto... Llegué al programa en 1965 y nunca me imaginé que iba a recorrer tanto camino.

—Si tuviera que elegir, ¿cuál sería el momento más duro que ha experimentado en su carrera como escritor de ese espacio?

—La pérdida de Idalberto Delgado en 1988. Él era yo. Su personaje, Paco, era yo: quisquilloso y con sus resabios.

—¿Continúa creyendo que la profesión de humorista es la más linda del mundo?

—Sacarle una sonrisa a alguien es un placer que no tiene comparación.

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