¿Qué hay de nuevo, Pedro Herrera?

En ocasión del aniversario 45 de JR, conversamos con el creador de una de sus secciones más antiguas y emblemáticas, y que hasta su reciente jubilación fuera el último fundador de este diario que trabajó junto a nosotros

Autor:

Luis Hernández Serrano

Algunos de los que han querido retratarse con él, por considerarlo, con cariño, «un simbólico Matusalén del periodismo cubano», se han marchado ya, mientras Pedro Herrera Echavarría, el artífice mayor de una de las secciones más antiguas y emblemáticas del espacio cultural de Juventud Rebelde, ¿Qué hay de nuevo?, sigue con la misma jovialidad, irreverencia y espíritu juvenil y juguetón de siempre.

Su edad no importa. Le basta reconocer que de este diario en el que se encuentra desde su acto fundacional solo le queda la rebeldía, porque ya la juventud se le fue entre las manos. Es uno de los pocos periodistas cubanos que estuvo a la vez como reportero de dos periódicos: Granma y Juventud Rebelde.

Su padre, también Pedro, vendía carne, como buen carnicero; y su madre, Fidelina, vendía prendas.

Según su certificado de nacimiento, un 24 de marzo, como «en el santoral al dorso del almanaque decía que era el día de San Gabriel Arcángel», le pusieron, además de Pedro de Jesús, el nombre agregado de «Gabriel», que ha utilizado durante más de 40 años en su paradigmática sección, como empleó en sus pininos el «Lucifer» del periódico Vanguardia, en Santa Clara.

—¿En la infancia y adolescencia conociste a algún periodista que influyera en tu vida?

—De niño mi tío Carlos, que escribía de vez en cuando para el periódico El Mundo sobre peleas de gallos. Él me entregaba su escrito y yo lo pasaba a máquina para enviarlo hasta la capital.

«De adolescente, más que nombres de aquella época, influyeron en mí los periódicos Prensa Libre, Información y Diario de la Marina, que yo solía leer con avidez cada mañana en la biblioteca José Martí, en Santa Clara, mi querida tierra natal».

—¿Tus padres supieron que te gustaba la letra de imprenta?

—Siempre conocieron mis intenciones de entrar en el periodismo. Hice algunos pininos en un periódico local y, debido a la situación económica, tuve que ponerme a trabajar en un bufete de abogados para poder pagarme la matrícula en la Escuela Severo García Pérez, de Santa Clara. Laboraba por el día e iba a la escuela de noche.

—¿Cómo empezó tu deambular por los periódicos?

—Después de 1959, y graduado ya de Periodismo, se fundó el periódico Vanguardia, de la antigua provincia de Las Villas, en el que empecé a trabajar.

—¿Cuáles fueron tus guías o ángeles de la guarda en el periodismo?

—El primero fue Roberto González, jefe de Redacción de Vanguardia, un maestro de maestros, un hombre con ojos de águila para ver los más mínimos errores en un escrito, con solo echarle un vistazo. No solo conocía los diferentes géneros, sino que era capaz de sentarse frente a un linotipo, tanto para escribir como para arreglar cualquier defecto técnico. Daba gusto verle frente a la máquina Underwood, escribir los más variados temas, con la premura y la profesionalidad del diarismo. ¡Esa fue mi primera escuela, aunque no la única!

—¿Cómo y cuándo te fuiste haciendo periodista y por qué no te hiciste comerciante, abogado o trabajador de cualquier otro oficio?

—Cuando trabajaba en el bufete del que te hablé, pensé seriamente estudiar también para abogado. Me parecía algo con puntos de contacto con el diarismo, porque realmente en mi ciudad en ese entonces, no podía uno pensar que pudiera vivir de esa profesión. Claro que mantenía mis sueños de escribir alguna vez para los periódicos. ¡Ah!, debo decirte que antes del periódico impreso, en la década de los 50, hice mis incursiones en la radio y escribía y leía comentarios para un programa dominical de la COCO que se llamaba Tribuna Social y dirigía Eloy Ribalta Arboláez.

—¿Supiste pronto que ibas a dar la talla como periodista?

—Realmente con el periodismo uno lo que tiene es lo mismo que cuando nos enamoramos de una mujer; no se piensa si ella nos acepta o no, el hecho es que se ama, y ese amor es suficiente, más allá de cualquier otro presupuesto. De modo que aún hoy no sé si esa «mujer» me ama, o sea, si di la talla; pero con solo verla, saber que existe, me hace feliz.

—¿Cómo llegaste a JR?

—Debo hacerte una pequeña historia. Del periódico Vanguardia vine para la capital de la mano de dos buenos colegas: Mario Ferrer, fotógrafo, y Aldo Isidrón del Valle, periodista, ambos reporteros. Comencé a trabajar en el periódico Revolución en el año 1963, y laboré también en el diario La Tarde. Cuando Revolución y el periódico Hoy se fusionaron, y se fundó Granma, pasé a ese diario y lo mismo sucedió cuando se unieron La Tarde y la revista Mella, cuando se fundó Juventud Rebelde. Durante unos meses trabajé en los dos órganos de prensa, Granma y Juventud Rebelde, y al final, a partir de un acuerdo entre ambas direcciones, me quedé solo en este diario.

—¿Siempre escribiste sobre la cultura y el arte?

—No; realmente al principio hice la labor de reportero. Cubría disímiles actividades, desde reuniones, actos conmemorativos, hasta reportajes sobre fábricas y entrevistas a obreros destacados.

—Háblame de ese título de ¿Qué hay de nuevo? y del pseudónimo de «Gabriel».

—La historia es muy simple. En los primeros meses de Juventud Rebelde me llamaron para encargarme de la sección cultural denominada ¿Qué hay de nuevo en Cultura?, que hacía la colega Angelita Soto. El espacio se ocupaba solo del movimiento de aficionados, y ella estaba muy ocupada en otros trabajos, reportajes, crónicas, etcétera.

«Acepté el encargo, pues antes había hecho una sección cultural en Vanguardia que firmaba “Lucifer” y después en Revolución hice algunas entrevistas, en trabajo extra, por insistencia de Raúl Miranda, ya fallecido, que era el jefe de la página cultural. A la sección le quité lo de en Cultura para hacer más sencillo el título y le incluí temas de la radio, cine, televisión y otros.

«Primero la sección salía alternativamente. Después fue alzando vuelo, y en la medida que la hacía introduje nuevos elementos, como letras de canciones e informaciones de lo que pasaba en el mundo, fundamentalmente en la música. No sé si me equivoco, pero una de las fuentes sobre la presencia en Cuba de Los Beatles en aquellos tiempos, está allí en el ¿Qué hay…?

«Hoy algunas personas jóvenes en aquellos tiempos, entonces estudiantes de secundaria, de pre y de la universidad, la recuerdan con mucho cariño».

—¿Crees que hiciste o has hecho todo lo que querías?

—He hecho muchas de las cosas que quería, como ejercer el periodismo. Pero ahora, mirando desde la distancia de los años, te diré que tengo muchas insatisfacciones, pues pude haberlo hecho todo mejor.

—¿Qué colegas del diario JR recuerda con más cariño?

—Son varios. Espero que la memoria no me falle. Si es así, pido perdón por los que no mencione. Primero, cuatro nombres de la retaguardia: Cano, Orestes Cabrera, Acevedo y Núñez Lemus, quienes “desasnaban” (¡de asno!) nuestros escritos. No puedo olvidar al viejo Guillermo Lagarde, siempre amigo, siempre periodista. Ni tampoco a Ricardo Sáenz, jefe de información y colaborador eficaz de nuestra página de cultura, ya sea con ideas o recortando fotos de artistas extranjeros de revistas y periódicos, en madrugadas sin sueño.

«Y pongo en esa lista a Guillermo Cabrera; a algunos fotógrafos como Cala, Baldrich; a dos que aún andan por estos mundos: Pepe Expósito —cuya gráfica forma parte de mucho de los primeros años del ¿Qué hay…?— y Peroga, excelente fotógrafo, hoy convertido en un teórico del tema.

«Por último, desde mi flaca memoria, está perenne Alejandro G. Alonso (AGA), quien fuera jefe de la página de Cultura, un hombre de sólida formación que hacía críticas de ballet, cine y artes plásticas y combinaba la profundidad de su saber con la sencillez de sus escritos, de manera que pudiera ser entendido por unos y otros dentro del margen escaso que ofrece el periódico. Siempre me sorprendía, durante su jefatura, cómo estaba al tanto de los más pequeños detalles de sus subordinados. Lo admiraba, y admiro, por su perenne honestidad».

—¿Algún detalle más íntimo aún?

—Sí. Una confesión última. Durante mucho tiempo, quizá por el sector que cubría, algunos me tacharon de «farandulero», ¡como si ello fuera una mala palabra!, sin saber que me honraban. ¡Aún hoy me honro con esa calificación!

«Por cierto, entre los lectores de este “impenitente farandulero”, estaba el poeta Nicolás Guillén. Una vez, cuando nuestro país estaba completamente aislado, hubo el rumor, allá afuera, de que el autor de Sóngoro cosongo había muerto. Un grupo musical hizo un disco de larga duración con las letras de sus poemas, como un homenaje póstumo.

«Nicolás me llamó por teléfono. Lo entrevisté. Y al final me dedicó uno de los tomos de Prosa de prisa, con esta dedicatoria: “Enero 12-76, Para Gabriel, genuino periodista, ¡ay! como van quedando pocos… Su amigo y admirador, Guillén”».

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.