Ha muerto «La Stupenda»

Con la reciente desaparición física de la soprano Joan Sutherland, a los 83 años de edad, el arte lírico perdió a una de sus más significativas y trascendentales intérpretes

Autor:

Ahmed Piñero Fernández

Como rodeada de un halo de misterio, de magia, la voz de Dame Joan Sutherland parecía que provenía de otro mundo. De un mundo ideal. Con su voz, de inusitada belleza, Sutherland acariciaba. Ella poseía el extraño don de lograr la emisión exacta de cada uno de los sonidos (elegantes, elegíacos, de una riqueza infinita), para obtener resultados increíbles y ofrecer la más estricta creación de cada obra.

En el canto de Joan Sutherland se hacía palpable cuánto de excepcional puede esperarse en términos de puro belcantismo: legato perfecto, fiato espectacular, trinos de la más alta escuela, hasta ahora insuperados; agilidades virtuosas y precisas, poniéndole el alma, la pasión y la inteligencia a cada caracterización, en las cuales demostraba, además, sus extraordinarias facultades para los pasajes de coloratura y el canto ornamentado.

Había nacido en Poin Piper, al este de Sydney, el 7 de noviembre de 1926. Al concluir sus primeros estudios se desempeñó como secretaria para costearse sus clases de canto, que había iniciado de niña junto a su madre, una mezzosoprano. Luego vinieron algunos concursos en los que resultó vencedora, y su participación en conciertos y oratorios a lo largo de toda su Australia natal. Con el dinero recaudado, la joven soprano pudo marchar a Londres en 1951, y allí completar su formación musical.

Durante la temporada 1952-1953, realizó su debut en la Royal Opera House, Covent Garden, de Londres, como una de las Tres damas, en La flauta mágica, de Mozart. Fue la época de pequeños pero definitorios papeles: la Sacerdotisa, en Aida, y Clotilde, en Norma, junto a María Callas. En medio del delirio que provocó la presencia de la soprano de origen griego, el nombre de Sutherland despertó, igualmente, un gran interés.

Al principio de su carrera, Joan Sutherland asumió personajes como Giorgietta (Il Tabarro, de Puccini), Agatha (El cazador furtivo o El francotirador, de Weber), La condesa (Las bodas de fígaro, de Mozart), Amelia (Un baile de máscaras, de Verdi), Eva (Los maestros cantores de Nuremberg, de Wagner), Desdémona (Otello, de Verdi), y el papel titular de Aida, de Verdi, hasta que el 17 de febrero de 1959, nuevamente en el Covent Garden, debutó en el que sería uno de sus papeles emblemáticos, quizá su papel emblemático: Lucia di Lammermoor, con lo cual se reveló ante el mundo como una de las sopranos belcantistas sin precedentes.

Ese debut fue decisivo para dar comienzo a una triunfal carrera internacional, como ha habido pocas en la historia del arte operístico. A partir de aquel día se sucedieron las presentaciones en las más importantes casas de ópera. Y entonces el mundo se convirtió en su reino: la Ópera de París, la Ópera de Viena, los festivales de Glyndebourne y Salzburgo, la Metropolitan Opera House, de Nueva York; el Teatro alla Scala, de Milán —que con el objetivo de que Sutherland realizara allí su primera actuación, repuso Beatrice di Tenda, la olvidada ópera de Bellini—; o La Fenice, de Venecia, que la acogió por vez primera como protagonista de Alcina, de Haendel, en una puesta en escena concebida especialmente para ella por Franco Zeffirelli. Al día siguiente de aquel debut, la crítica italiana, sorprendida ante un insólito virtuosismo vocal, la denominó con el apelativo con que Joan Sutherland fue conocida internacionalmente: «La Stupenda».

A lo largo de 43 años de vida profesional, con más de 1 800 funciones en más de 50 papeles, el repertorio que Sutherland asumió con gran acierto y pericia, se distinguía por el rigor que el arte de la interpretación exige. Quizá por eso sus grabaciones, especialmente las de los principales títulos del bel canto del siglo XIX, sean referencia obligada. Cuando Sutherland asumía aquellos papeles, lo hacía otorgándoles una voz más heroica, más poderosa, que la mayoría de sus colegas del pasado y del presente, con la excepción de María Callas.

Para muchos especialistas y melómanos, la venerable soprano australiana constituye uno de los más enaltecedores ejemplos de lo que suele denominarse «prima donna».

Por su voz, de rara y emotiva belleza, gran potencia, afinación perfecta, homogeneidad en todos los registros, perfecta entonación, una inusual amplitud de extensión y un registro agudo fuera de lo común; por sus brillantes y espectaculares coloraturas, de un virtuosismo extraordinario; por su capacidad interpretativa, que le permitió representar los más diversos personajes, estilos y géneros líricos, en fin… por la grandeza de su arte, el nombre de Joan Sutherland se inscribe, por derecho propio, en las páginas más gloriosas del arte lírico de todos los tiempos.

Ella es heroica protagonista de una de las épocas más generosas y añoradas del mundo de la lírica. Para entender este elogio en su total magnitud, valga recordar los nombres de algunas de las voces femeninas de ese período: María Callas, Renata Tebaldi, Victoria de los Ángeles, Elisabeth Schwarzkopf, Birgit Nilsson, Leontyne Price, Giulietta Simionato, Fedora Barbieri o Marilyn Horne, por citar solo a algunos de los más prominentes.

A sus excepcionalidades como artista (y ella lo era en grado sumo) se unían sus cualidades como ser humano. No hay uno solo de sus colegas al que se le haya preguntado por la cantante australiana, que no responda, con una amable sonrisa: «Ella fue una buena persona». Y es justo hacer resaltar esta hermosísima cualidad de la gran artista: su sinceridad, su infinita bondad, sus deseos de ayudar al prójimo, virtudes que, lamentablemente, no siempre van unidas al talento, y que Sutherland poseyó de la manera más contundente.

El éxito de Sutherland se debió igualmente, y justo es reconocerlo, a Richard Bonynge, su esposo desde 1954. Un pianista y condiscípulo en Londres. Afamado director de orquesta, con un dominio ilimitado de la música de la primera mitad del siglo XIX, fue Bonynge el que ayudó a Sutherland a encontrar «su camino» en ese repertorio ideal, y triunfar de la manera en que lo hizo.

El 2 de octubre de 1990, con una representación de Los Hugonotes, de Meyerbeer, en la Ópera de Sydney, Dame Joan Sutherland se despidió de la escena, aunque su verdadero retiro tuvo lugar el 31 de diciembre de ese mismo año, como una de las invitadas a la fiesta del Príncipe Orlovsky, en el segundo acto de la opereta El murciélago, de Strauss, como parte de una función de gala en su honor, que tuvo lugar en la Royal Opera House, Covent Garden de Londres.

En aquella oportunidad, Sutherland cantó selecciones de Semiramide y La Traviata, junto a Marilyn Horne y Luciano Pavarotti, respectivamente, dos de sus colegas más queridos y con los que compartió la escena en un sinnúmero de ocasiones. Su intervención última fue una hermosa metáfora, allí precisamente en el mismo escenario de sus primeros éxitos: Home Sweet Home, de Henry Bishop. La orquesta, como solía suceder en cada una de sus actuaciones, la dirigía su inseparable Richard Bonynge.

Al terminar la canción, el público, que captó el mensaje, le tributó una ovación interminable. Sutherland inclinó su cabeza para agradecer. Al levantarla, sus ojos brillaban con una rara intensidad. Tenía 64 años de edad.

A partir de entonces, Joan Sutherland vivía retirada en su residencia de la campiña suiza, no ajena a cuanto sucedía en el mundo de la ópera, impartiendo esporádicas clases magistrales y con alguna participación como jurado en concursos de canto, e incluso se le vio incursionar como actriz en el cine, hasta que sufrió una caída en el jardín de su casa, con la que se inició una larga convalecencia con altibajos, que se prolongó hasta su muerte.

Aún me cuesta escribirlo y, sobre todo, aceptarlo. Joan Sutherland, que con su voz y su arte, tanta felicidad, tanto placer y tanta emoción brindó, y aún brinda por medio de sus grabaciones, ha muerto. La noticia, como era de esperar, ha provocado gran consternación en todos los amantes del arte lírico.

Morir… suena demasiado categórico para una artista de su trascendencia. Siempre que la ópera exista, siempre que se escuchen los acentos lastimeros de Lucia o de Norma, la gracia de Marie, la hija del Regimiento; la nobleza de Violetta o Gilda, o las endiabladas coloraturas de Alcina, Rodelinda, Elvira, Amina, Lakmé, Semiramide, Lucrecia, Ofelia, y de tantos otros personajes que la Sutherland hizo suyos, allí estará por siempre en el recuerdo el talento de la que fue uno de los nombres imprescindibles del arte lírico y, para muchos, la cima absoluta del bel canto del siglo XX.

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