La navaja, la cobija y el avestruz

La exposición de la artista mexicana Rosa María Robles, insiste en el rol que juega y en el que necesariamente ha de jugar el espectador ante la sociedad. Y las navajas se afilaron insistentemente contra la impunidad, el silencio y la cobija de aquellos que mantienen escondida la cabeza en tierra

Autor:

Jaisy Izquierdo

La manta mexicana se extendía sobre los adoquines, a un costado de La Catedral de La Habana. En fila, cosida a otras marronas, azuladas o rojizas se alargaba como una alfombra hacia el interior del Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam. Los que seducidos por el folclor de los tejidos y colores seguimos la alfombra por las escaleras para descubrir la exposición Navajas hacia la cual nos empujaba, no imaginamos siquiera que quedaríamos totalmente atónitos.

Nada del México lindo y querido. Menos de su rica tradición o sus bellezas milenarias.

Frente al espectador, con un pie todavía en el último peldaño, se abría la última manta, una sábana blanca manchada con la sangre de la artista azteca Rosa María Robles, quien dejó escrito en la pared: «En virtud que no se me permite legalmente exhibir sangre de personas asesinadas en México, dejo aquí mi propia sangre para plantear una reflexión sobre la creciente violencia y el doloroso silencio con que nuestra sociedad la enfrenta día a día».

He aquí la primera navaja, la cobija.

Para los que no viven en Culiacán, amanecer encobijado puede ser sinónimo de los más dulces sueños, pero los que habitan en la capital del estado de Sinaloa, saben que ese puede ser el final de la más terrible de las pesadillas, ya que diariamente uno o dos cadáveres aparecen tapados por la manta fatal, como víctimas del narcotráfico.

La cobija, tomada por la artista como símbolo de la violencia imperante en su pueblo, fue desplegada entonces bajo las pisadas de todos aquellos que evitarían hablar de una realidad tan atroz, que mejor sería esconder debajo del tapete. Fue quizá por directa y confrontadora que Navajas y especialmente esta instalación, Alfombra roja, que da paso a la muestra, causó gran revuelo la primera vez que Rosa María presentó su proyecto en el Museo de Arte de Sinaloa, en el 2007. En aquella ocasión incluyó ocho cobijas auténticas que cubrieron a personas asesinadas, y que prontamente fueron retiradas por la Procuraduría General de Justicia, alegando contra la autora posesión ilegal de pruebas.

Resuelta a hablar a través del arte, Rosa María sustituyó las piezas con otras telas que, en vez de la cinta adhesiva y las manchas dejadas por las víctimas, estaban teñidas con su propia sangre. La cobija se torna entonces en un signo vital de esta muestra que violentamente estruja la conciencia. Actúa como un símbolo que a la vez que denuncia sin ambages, pide tocar la cuerda más sensible de nuestro corazón. Sabe exigir y suplicar a la vez, en las hábiles manos de Rosa María.

Para esta presentación habanera la artista incluyó dos piezas más. En el Ángel de la independencia se autorretrata con una cobija auténtica, empuñando en una mano un revólver y en la otra un paquete de droga. Mientras, La piedad trueca el rostro de la Virgen por el suyo propio, y sus manos sostienen, como al Hijo, una colcha ensangrentada; a la par en el suelo se proyectan 365 imágenes de los crímenes, como testimonio de lo que acontece todos los días del año.

Ambas pinturas nos remiten a su cuadro predecesor Renacimiento II (2007), donde la mexicana, desnuda como la griega Venus, no emerge de una concha marina sino de un inodoro. La cobija le pesa en los hombros y sus párpados el dolor los ha cerrado, pero sus manos se abren con los ojos reales de uno de los muertos.

Navajas, como su plural lo indica, no se restringe a un solo tipo de violencia. A la narcoviolencia, se une la violencia de género, la infantil, o la cometida contra los indigentes de la calle. Un abanico de amplio espectro, que nosotros, los «humanos», hemos logrado desplegar por los cuatro vientos.

Y así se abren paso las piezas, obras todas que con el uso de pocos elementos logran expresar. Eso sí, con un lenguaje duro, seco y hasta sórdido, a tono con las realidades a las que se acerca. De esta manera encontramos, por ejemplo, Niños intervenidos, con falos erectos rompiendo sus pantalones, mientras el WC —o taza de baño— está listo para descargar un feto humano, que flota como un desecho en sus aguas sanitarias.

Con la instalación de igual nombre que la muestra, Rosa María hace pender sobre la blanca cuna de la infancia una hoja de guillotina, que como espada de Damocles nos conmina a pensar si estamos signados por nuestra raza a perecer de una manera brutal, acaso como cumplimiento de la vieja sentencia de que el que a hierro mata a hierro muere.

Pero Navajas resultó ser más que el nombre de una instalación o de una expo, mucho más que el filo con el que Rosa María hizo verter su propia sangre; fue la certera estocada con que la artista nos desarma, nos desnuda, nos anonada, y con el alma en vilo, convertidos en victimarios atrapados por una vengadora de las causas perdidas, nos pasea para que veamos el daño que hemos sido capaces de generarnos a nosotros mismos.

La exposición no solo confronta; te hace sentir parte del descalabro, por no poderlo evitar, por mantener la inercia de los que prefieren callar.

¿Seremos acaso como los avestruces que pulularon de una manera u otra —huevos, alas, patas, cabezas— por entre las salas, entre una u otra pieza? Aves asustadizas que en Toilet apremiaban a una purificación, sacando sus cabezas de los lavamanos en lugar de las llaves de agua, para que no nos limpiemos las manos como Poncio Pilatos ante el crimen.

Durante el pasado mes persistió esta muestra, de principio a fin, en el rol que juega y en el que necesariamente ha de jugar el espectador ante la sociedad. Y las navajas se afilaron insistentemente contra la impunidad, el silencio y la cobija de aquellos que mantienen escondida la cabeza en tierra.

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