Artistas cubanos frente al espejo

La exposición Retratos cubanos, del fotógrafo francoespañol Luis Areñas, llegó este mes al Centro capitalino Wifredo Lam, para representar con 31 obras a grandes virtuosos de la plástica criolla

Autor:

Jaisy Izquierdo

Al artista plástico, a diferencia de los actores, músicos o bailarines, se le puede reconocer más fácilmente por su obra que por su rostro. Su fisonomía queda oculta por el lienzo, donde a fuerza de pinceladas y colores podemos intuir acaso su personalidad: ¿vigorosa, melancólica, inquieta, apasionada…?

Es por ello que la exposición Retratos cubanos, del fotógrafo francoespañol Luis Areñas, llegó este mes al Centro Wifredo Lam para resarcir, con 31 instantáneas, ese extraño mecanismo mental que nos hace pensar en caracolas cuando hablamos de Fabelo, o en frutas tropicales si alguien menciona a Arturo Montoto.

Son una treintena de artistas que «al dar la cara», se nos presentan en sus entornos más queridos, el barrio, el taller o la casa, abriendo ante el espectador un resquicio de su intimidad y con ello también un trozo de su manera de ser.

Cuenta Luis Areñas que el proyecto surgió cuando visitó la Isla por primera vez hace más de cinco años. Durante su estancia le presentaron a reconocidos creadores cubanos, y de la amistad, y posteriormente la química lograda ante la lente, tomó cuerpo la idea de unir estas imágenes en una galería.

Sin embargo, para Areñas aquellas fotos carecían de un sabor especial, ese que había disfrutado en cada una de las sesiones fotográficas, y que pensó podía recuperar si sus modelos intervenían artísticamente sus propios retratos. Entonces surgió la magia.

A la mirada de Areñas, exploratoria, intuitiva, definidora, se unen los ojos de aquel que mejor se conoce y los fija en sí mismo, representándose a su antojo, dándonos claves de su ser y despistándonos a la vez, mostrándonos lo que piensa de sí o lo que aspira reconozcamos en él… Un juego exquisito de imaginación e intelecto, donde los Retratos cubanos se completan con el alma insuflada por cada artista.

Desde la introversión más escurridiza Cerenaica Moreira ni siquiera se atreve a enseñar el rostro en la foto, y su expresión artística de sí se condensa en una pieza que asemeja un papel rosado que exprimimos, titulado por la autora Melancolía súbita, y que nos deja la rara sensación de que acabamos de contemplar una flor. En el otro extremo, Pedro Pablo Oliva, se sitúa desinhibido en uno de los lugares donde pocos desearían ser vistos. Sentado no en un sillón de mimbre, sino en el inodoro, nos recuerda acaso con sorna criolla que momentos como ese son cruciales para el surgimiento de grandes ideas. Entonces la inspiración le brota a Oliva hasta convertirse en El gran líder, a la vez que coloca a sus pequeñuelos, súbditos de todos sus deseos, a mirar desde el suelo, atónitos, curiosos, criticones, a su «ocupado» creador.

Hay quien ante la disyuntiva de ocultarse o desnudarse, opta definitivamente por un cambio de identidad: Rocío García termina cubriendo completamente su rostro fotografiado de perfil, a la luz de una luna llena, demostrando que la licantropía no es un mal que pueda afectar solo a los hombres.

Con un tono más existencial, Aimée García prefiere bordar con hilo rojo la bella foto donde mira el horizonte reposada en una silla. Con pespuntes largos Aimée traza un minucioso laberinto, una metáfora del misterio que todos llevamos por dentro y que resulta tan complicado interpretar con definiciones.

Mendive, por su parte, se contenta con su imagen. Se siente presente en cuerpo y alma: vestido de blanco, apegado a la tierra y rodeado de palmas. No hace falta más, allí está él, y allí está su obra.

No son pocos los que pueden prescindir de sus inquietudes artísticas a la hora de mirarse al espejo. Por eso Eduardo Rubén García, que gusta de los signos arquitectónicos, se lanza por el pasamano de la escalera de su casa, mientras que en la pared lateral cuelga un cuadro con una escalera de caracol.

En tanto las fabulaciones azuladas de Vicente Rodríguez Bonachea se descongelan de la foto amenazando con devorar la realidad; Juan Padrón disfrazado de mambí en el jardín de su casa, explicita aun más la referencia de su atuendo, haciéndose acompañar de sus queridos personajes, esos que lo han perseguido entre historietas y dibujos animados.

Kcho no renuncia a sus instalaciones ni a los bocetos que las generan, y aparece en un Jardín colgante de raras flores de tres pétalos, hechas de hélices de barco y aspas de ventiladores. Ernesto García Peña no duda en trocar el taburete en que se sienta frente al lienzo, por las líneas de un brioso corcel que, con mujer a la grupa, sonsaca el calor de sus fantasías.

El definirse como parte de la nación, de una cultura que los arropa y lucen con orgullo, es otra de las anclas a las que los artistas cubanos se aferran para delimitar su yo. Nelson Domínguez sujeta, de rodillas, un gallo en su taller y le añade luego, para concretar su receta de cubanía coco, plátanos y una vela encendida. Nelson Rodríguez y Liudmila Velazco necesitaron incluir el esqueleto arquitectónico de la Plaza de la Revolución; a la par que Reinerio Tamayo advierte, con pintoresco surrealismo, que El mundo se va a caer y el rey lo debe saber, mientras timonea un almendrón en el Parque Central, y un colorido personaje le intenta vender un gallo, o lo que sea.

Leonardo Salgado prefiere mirarse como parte de una generación que ha tenido que sortear las desdichas del exilio, la separación y el desarraigo, y se hace fotografiar en La Puntilla, echando un bote a la mar.

Eduardo Abela se pone un sombrero de yarey, para mirar el Morro desde la ventana de su apartamento, sin renunciar en sus añadiduras pictóricas al legado familiar que por tres generaciones han empuñado el pincel, y que este Abela contemporáneo sintetiza en el Bobo que inmortalizara su abuelo un siglo atrás.

Retratos cubanos es sin dudas una expo para disfrutar, por cualquier rincón podemos encontrar ese choteo criollo, que nos impulsa a reírnos de nosotros mismos a la vez que reflexionamos sobre la vida o las vueltas que da la tierra. No en balde Fabelo sentencia que El pez muere por la boca cuando posa, con cara de susto, como presa de un pescado gigante que se lo ha de zampar en el jardín de su propia casa.

En Retratos cubanos no están, sería casi imposible, todos los buenos artistas que en la actualidad marcan pautas en el panorama visual de la Isla, no obstante es una muestra abarcadora, donde el espectador agradecerá con una sonrisa las fotografías de Areñas, los autorretratos de los artistas, y la instantánea plurifacial de nosotros los cubanos.

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