De vuelta a casa

Con Casa Vieja, primer largometraje de Lester Hamlet, el cine nacional vuelve a los dramas filiales de profundidad subtextual, eminencia trágica y coherencia narrativa

Autor:

Joel del Río

Desde Video de familia, Suite Habana y Barrio Cuba apenas surgían en el cine cubano dramas filiales con la profundidad subtextual, la eminencia trágica y la coherencia narrativa del más reciente estreno nacional, Casa vieja, primer largometraje de Lester Hamlet, a quien se deben algunos muy notables videos musicales, amén del moderado y cantable segundo cuento (Lila) de la recordada Tres veces dos. Vistos en conjunto, los dos empeños se acercan a la intimidad de los protagonistas, a los prejuicios e incapacidades que los sofocan y los ahogan en sus propios errores, en su confusión y soledad. Al parecer, a Lester le interesan los personajes predestinados al aislamiento, atrincherados en sus minúsculos islotes de insatisfacción y abatimiento.

La nueva producción del ICAIC cuenta entre sus méritos la capacidad para pulsar una clave temática que a casi todos los cubanos nos concierne y afecta (alcanzó el premio de la popularidad en la última edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, y se ha convertido en un éxito de taquilla) mientras demuestra, otra vez, la capacidad de los creadores cubanos para realizar obras de alta calidad —apoyados sobre todo en las virtudes alusivas y conmovedoras de una historia eficaz, y de un grupo de actores absolutamente poseídos por sus personajes— con muy modestos recursos, y mínimo despliegue en cuanto a extras, locaciones y otros requerimientos encarecedores.

Enterados de que la envergadura humana y artística de un proyecto jamás se relaciona de forma directa con el capital empeñado en la realización del mismo, los implicados en esta película decidieron apelar a la sinceridad y al rigor del realismo en clave melodramática, en el anhelo fructífero por rescatar y adaptar a las circunstancias actuales el clásico teatral La casa vieja, de Abelardo Estorino. Precisamente en la resistencia a la «modernización» que ofrece el texto original estriba tal vez una de las principales inconformidades que puede suscitar la película.

Estorino apuntaba con el índice la improcedencia de una ética enmohecida y caduca, que retrocedía ante el avance de una manera más franca y dúctil de vivir y convivir con los menoscabos y las neurosis del prójimo. Para cargar dramáticamente su obra teatral, Estorino se valía de la incompatibilidad acusada de Esteban, a pesar de «su problema», con el conformismo y la hipocresía. El guión de Lester Hamlet y Mijaíl Rodríguez desplaza al conflicto hacia la falta de ilusiones y la cerrada intolerancia de una familia atrapada entre los secretos de un pasado traumático, la proximidad de un ciclón, la circunstancia del agua por todas partes y el arribo de un hijo interesado en hablar por última vez con el padre agonizante. Pero si bien la película toca con decisión y maestría las claves del melodrama filial, el Esteban de Lester y Mijail carece de la imprescindible entidad dramática para oponerse, acusar, redimir y liberar. Es un hombre que huye, que se desmarca y se desentiende, en abierta contradicción con lo que está defendiendo en la mayor, y mejor, parte de la película.

Porque el melodrama, en cualesquiera de sus variantes, y Casa vieja clasifica sin discusión en la tradición distintiva del género, precisa de héroes redentores dominados por obsesiones e imposibilidades. El imperativo de traer a Esteban a la contemporaneidad derivó en que se desfigura la naturaleza de su conflicto con la familia, y mientras el joven asegura que está de parte de todo lo que está vivo y cambia, o compulsa a la hermana a que asuma con valor su compromiso, o se enfrenta abiertamente a la sordera y el esquematismo del hermano, termina alejándose del paradigma del audaz deshacedor de entuertos ilustrado por Estorino, para convertirse en un tipo contradictoriamente cobarde y huidizo, que regresa a su casa 14 años después que se evadió, para decirle a todo el mundo cómo deben hacer, vivir y pensar.

Estas inconsecuencias del protagonista, tal vez provenientes del afán de los guionistas por conferirle paradójica complejidad al personaje —más allá del paradigma dramatúrgico que suele regir los melodramas filiales (en los cuales se dilucida la diferencia entre los valores de diversas generaciones)— permite que este Esteban diste del protagonismo iluminado y redentor característico de su antecedente teatral, y así la película, en algunos tramos, se coloca en una especie de vacío de identificación, provocado por la falta de asideros justificativos del personaje central. Mucho ayudan a la comprensión, como en todo buen melodrama, las dos bellas canciones que apoyan la fatalidad: Cada país, de Buena Fe; y De vuelta a casa, de Carlos Varela.

Sin embargo, tales insatisfacciones y ambigüedades, o el tempo a veces inadecuadamente veloz de las acciones (este tipo de conflicto suele exponerse a fuego lento, mientras van in crescendo las presiones y los rencores acumulados), o algunas líneas de texto en exceso literarias y enfáticas, de ningún modo consiguen oscurecer la habilidad de director y guionistas para empujarnos al vórtice emotivo de este regreso sin gloria, al interior de una casa cuyas paredes, a medias entre el desastre y la tenacidad, protegen a sus personajes de todo cambio que sobresalte sus certezas y temores ancestrales. Es hermosa, e inmensamente triste, esta parábola inversa del hijo pródigo. Porque el joven radicado en el extranjero regresa para ver morir a su padre y comprobar la inmutabilidad de las miserias, ofuscaciones y rigideces que lo hicieron partir.

Verbosa en ocasiones, y además perjudicada por un doblaje que algunos actores fueron incapaces de encaminar con fortuna, Casa vieja dice y muestra, si se mira y escucha con atención, mucho más de lo que enuncia el nivel aparencial de la historia. La naturalidad y sencillez de la historia, esa implacable sugestión que ejerce sobre casi todos los espectadores este grupo de intérpretes excepcionales, haciendo de personajes ordinarios, egoístas, insinceros, manada cobarde y de pequeñitas aspiraciones, gente como uno, le confieren a la película una altura similar a la de otras convincentes metáforas del cine cubano a propósito de la insularidad del pensamiento y de quienes se abroquelan en la negación de «lo otro».

Tampoco hacía falta colocar tantas banderas cubanas, por delante y por detrás de los personajes, para que se comprenda a plenitud la poderosa alegoría implícita en la apuesta de Lester Hamlet y sus colaboradores de trascender lo genérico y sensiblero para abordar el presente y el futuro de la nación. Todo ello sin discursos altisonantes ni palabrería de politólogos, sino a partir de interrogar los cimientos del patriarcado intransigente, e interrogarnos acerca del encierro y la esterilidad que deriva toda negación irreflexiva a cambios medulares, cambio de esencias y de pensamiento.

Lo apuntaba antes y lo reitero ahora. Si Casa vieja consigue invadir la inteligencia y el corazón de mucha gente, incluido este cronista, es gracias, sobre todo, a la manera en que está contada su historia y se concibieron y representaron sus personajes. Esa madre sufrida, conformista y tal vez demasiado recta de Adria Santana; la mujer que barre las calles, con su voz cavernosa y su pasado infortunado (Isabel Santos se adueña de la película cada vez que aparece); el hermano mayor, víctima de sí mismo, de su reticencia a la flexibilidad, y siempre presto a etiquetar y discriminar a los demás (interpretado con descomunal naturalidad por Alberto Pujol), junto con las cabales actuaciones de Daisy Quintana, Susana Tejera y Manuel Porto, arropan y propulsan el desempeño de Yadier Fernández.

Esteban-Yadier aparece perjudicado por ciertas ambigüedades en la concepción del personaje, por un aire demasiado ausente a veces, o por la excesiva atención a la naturalización de ciertos mínimos que nos permitan adivinar su inclinación sexual, en detrimento de la espontaneidad y el realismo a que aspira la puesta en escena. Se agradece, no obstante, el aspecto comedido y corriente que le atribuyeron a su personaje, y también que aparezca en escena, por lo menos una vez, un personaje homosexual libre de los dos tópicos impuestos en nuestra escena y panorama audiovisual: la víctima patética incapaz de alcanzar la realización, o la máscara carnavalesca, la divertida «loca de carroza», como le llamaría el Diego de Fresa y chocolate.

Casa vieja seguirá provocando conmociones que se explican, creo yo, a partir de que el espectador se identifica, en muchos momentos, con este hombre que regresó a pedir perdón a su padre, y apenas alcanza a reconciliarse consigo mismo y con su hermano, y sale corriendo despavorido, con la jaula como llavero y amuleto de una vida sellada en la encerrona. La secuencia «de montaje» entre la muerte del padre y la música de fondo de reguetón, o la cuñada superficial empeñada en atender a la familia adolorida, es puntual expresión de la tragicomedia representativa de estos tiempos. La película nos empuja a contemplar las miserias humanas de todos los días, de toda la vida, sin dejar de subrayar el imperativo por batallar contra los inmovilismos propios y los caprichos ajenos.

«Los recuerdos se gastan», dice un personaje, la hermana martirizada por una vida de sacrificio, cobardía y entrega a los padres. La película relata con elocuencia la erosión de los recuerdos, el encontronazo entre opuestas maneras de entender y asumir el crecimiento personal. Se narra la pelea con las sombras obstinadas, y la escapada en busca de luces que jamás te alumbrarán lo suficiente.

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