La profesión bendita

Daniel Chavarría, Premio Nacional de Literatura 2010, dialoga con JR sobre el oficio de escritor

Autor:

Jaisy Izquierdo

Daniel Chavarría nace en Uruguay y llega a esta Isla rondando casi los 40 años de edad, sin haber realizado con la pluma mucho más que traducciones literarias en diferentes países. Nueve años después escribe Joy, y lo envía con modestas aspiraciones a un concurso de aficionados. Pero resultó una «bomba», y se convirtió en un best seller de Cuba y de varios países socialistas, arrastrando además el elogio por parte de la crítica. Desde ese momento Chavarría decide ser un escritor de novelas.

No ha parado desde aquel entonces de imaginar historias, concebir personajes, y cosechar lauros. Títulos como Allá ellos (Premio Dashiell Hammett 1992), El rojo en la pluma del loro (Premio Casa de las Américas 2000), y Viudas de sangre (Premio Alejo Carpentier 2004), son una prueba de ello. Más aún lo son las colas apabullantes en las presentaciones de sus libros, o la contundente respuesta de «agotado», que sale de la boca de la dependiente en cualquier librería cuando se indaga por ellos.

Le pregunto el porqué, cómo es que logra convertir sus libros en el objeto del deseo del lector cubano. Me amparo, como excusa para el asedio en la noticia, de que este año se le ha otorgado el Premio Nacional de Literatura 2010. Presto atención a sus respuestas.

«Una fórmula, de las que permiten obtener un compuesto químico; o una receta, como para una delicia culinaria, te juro que no la tengo. La génesis de la literatura, y del arte en general, es un proceso complejo, raro, inexplicable a veces. De ahí que no sea fácil lograr siempre buenos resultados. En ocasiones me he propuesto escribir un divertimento descafeinado, de unas 120 páginas, y me ha salido una novela ambiciosa de 400, con buena factura estilística y un mensaje claro que la dignifica. Ese es, a mi juicio, el caso de Una pica en Flandes. Y eso ocurre porque un personaje previsto en mi guión inicial para un papel muy secundario, de pronto, sobre la marcha, hace o dice algo que yo no había concebido. Surge en un momento de inspiración, como si fuera por voluntad del personaje que busca abrirse un espacio y se entromete en la acción sin pedir permiso.

«Lo mismo me ocurrió con el Mendigo de la Diosa, protagonista de El ojo de Cibeles. Al inicio estaba destinado a una única escena en que debía arbitrar una bronca callejera. Pero de pronto empieza a hablar como el bárbaro que es y me sorprende. Resulta graciosísimo. Se me crece tanto que sería un desperdicio no volver a utilizarlo; y para darle nuevas escenas le invento una subtrama en la que sigue creciendo y pidiendo más y más espacio, hasta convertirse en el gran protagonista y quizá el mejor personaje de toda mi obra novelística».

—¿Cuál fue el camino que siguió para llegar a ser escritor?

—Mi formación de escritor es también un fenómeno raro que no siguió el curso regular de mis colegas en su mayoría. No intentaré explicar lo que necesitan los poetas, dramaturgos o ensayistas; pero los narradores, en el 90 por ciento, escriben sus primeros pininos en forma de cuentos sobre los 15 años, y luego necesitan mucho valor y una fe y energía sostenida para disponerse a convivir con muchos fracasos iniciales hasta lograr los medios expresivos, cierta madurez y algo que decir.

«En mi caso fue muy diferente. Tuve el instinto de escuchar con pasión los relatos orales referidos por otros. Cuando yo pasaba mis vacaciones infantiles en el campo de mi abuelo, conocí gauchos viejos, trashumantes, de chiripá y melena, como el que describe un célebre poeta compatriota cuando dice: “Era memoria linda la memoria del viejo/ pa’contar sucedidos de quién sabe qué tiempos,/ mientras corría el cimarrón la rueda/ y se enriedaba en el ombú el pampero”. Y yo creo también que el buen narrador debe tener una memoria como la de aquel viejo, y haber recibido de las Musas el don de captar y archivar todo apunte oral o libresco de poesía, ingenio agudo, humor, fantasía; es decir, todo lo que Salamanca non prestat.

«Después de este deseo vehemente de aprender a contar historias orales, mi oficio de narrador lo adquirí en el ejercicio de las traducciones literarias; y sobre todo, a través del estudio y luego la enseñanza del latín y el griego. Es invalorable lo que las lenguas clásicas pueden aportar al oficio literario. Obligan a una profunda reflexión sobre el lenguaje. Son como una autopsia del léxico y una acrobacia sintáctica que capacita de forma excelente para escribir con claridad y limpieza».

—¿Cómo escribe Daniel Chavarría? ¿Cómo enfrenta a su edad la rutina productiva?

—Escribo sentado y en una computadora bastante destartalada ya. Y la rutina productiva es mi tabla de salvación.

«Cuando uno todavía ama la vida a los 77 años, lo mejor que puede hacer es desear que el tiempo le pase sin dolores físicos, ni pesares, ni malos recuerdos. Y si escribir novelas es una bendición, si no implica severos padecimientos físicos, que no es mi caso, y te brinda la posibilidad de zambullirte todos los días en tu fantasía, y de convivir a diario con los éxitos y fracasos de tus personajes; yo la considero entonces una profesión bendita, una panacea. Porque esas emociones en sordina y los pequeños esfuerzos diarios que me demandan, me ayudan a olvidar mi edad, mis molestias, impedimentos, la vida sin sal, y me mantienen la mente fértil y el ánimo optimista.

«Muchos coetáneos míos cogen un tabaquito y se sientan en el portal a ver pasar las muchachas y hacen mandados o cuidan de los nietos. Yo en cambio, desde las diez de la mañana, me zambullo en las aguas de mis fantasías y eso me levanta el espíritu y las ganas de vivir. Y me enorgullezco de poder ser todavía el principal sostén de mi familia. Y cuando regreso al mundo real y espero la Mesa Redonda, el Noticiero, o un juego de pelota, nunca me acosan las penas viejas ni los malos recuerdos. Puedo decir que soy un hombre feliz».

—En más de una ocasión ha declarado que considera desestimable la mayor parte de la literatura policiaca mundial. ¿Qué libros prefiere leer?

—Mis libros preferidos son un tema que interesa a todos los periodistas; y en general me crea conflictos. Si esperas una respuesta definida y simple, tampoco la tengo. Y a veces la tengo pero no me gusta divulgarla porque temo no me la crean.

«Hay veces en que solo me interesa matar el tiempo y entretenerme; y siempre tengo a mano una novela policiaca, casi siempre de un escritor norteamericano. En este género se encuentra mucha basura. Y cada día más, con los asesinos en serie, las persecuciones de carros concebidas para cine, los serial killers, los perfiladores de Quantico y otras tonterías que detesto. Pero todos los años, sobre todo en Estados Unidos, aparece una media de 20 títulos de excelente literatura. Salvo los libros de Grisham, que son además de los más publicados en el mundo, ninguno de los autores que me deslumbran pertenece a los grandes best sellers. Mis preferidos, como Donald Westlake, Joseph Waumbaugh y otros, producen una literatura de altísima calidad, a mi juicio muy superior a la media de la main stream. Ese tipo de policiales los leo en inglés y con gran contentura.

«En ocasiones releo obras magistrales de cualquier época dentro de las cuales figuran Amistades peligrosas, El país de las sombras largas, las obras de Mark Twain, Shakespeare, Cervantes, Zola, Simenon y muchos más. Otras veces cedo a mi vieja vocación clásica y releo a Jenofonte, Platón y otros prosistas áticos; pero aquí no busco un disfrute literario, ni siquiera estético. Trato de distraerme al desentrañar dificultades lingüísticas, un poco al modo de los aficionados a los crucigramas. Y esto lo digo a sabiendas de que muchos puedan suponerme mentiroso o dado a las poses tupidoras de muchos artistas. Por eso no me gusta esta preguntita; pero ya ves, te la he respondido.

«Y olvidaba decirte que a veces leo un ensayo. Ahora mismo acabo de terminar uno de Ziegler titulado El odio a Occidente. Y con menos frecuencia leo a mis poetas favoritos: Catullo, Walt Whitman, Rimbaud, Mirtha Aguirre, José Martí, Benedetti, las canciones de Pablo, Silvio y muchos otros grandes poetas, entre ellos algunos amigos personales».

—¿Qué lecciones piensa les serían imprescindibles a un joven escritor?

—No me siento capaz de dar consejos a ningún literato; y mucho menos a los futuros poetas y ensayistas. A los jóvenes narradores solo podría revelarles qué recursos me han sido muy valiosos, pero no sé si imprescindibles.

«Quizá el consejo más provechoso y fácil de seguir, es no iniciarse con sus propias vivencias como asunto central de lo que escriban. Eso es preferible dejarlo para épocas de madurez; y durante toda una primera etapa juvenil, aconsejo proponerse objetivos modestos, tramas que nada tengan que ver con las emociones personales del autor. Como comienzo, no estaría mal ejercitarse en tramas de aventuras, policiacas incluso, que pueden contribuir a desarrollar ese mecanismo de relojería y exactitud, siempre necesario en la novelística.

«Y sobre todo, no imitar jamás a nadie. Por último, algo que nadie me va a aceptar, pero por honestidad no puedo callarme: aprender varias lenguas modernas y de ser posible, latín. Sobre todo, conocer muy bien la obra de los prosistas clásicos».

—¿Cuál piensa ha sido su papel como escritor?

—No creo mucho en el rol, el compromiso, destino y todo el vocabulario grandilocuente con que se engalanan algunos  escritores. Yo jamás uso el verbo «crear». Me da vergüenza ser creador. Me suena pretencioso.

«Y en cuanto a mi rol, quizá sea el de escribir para que la gente disfrute conmigo y me quiera, como ocurre en Cuba. Pero eso no es un rol. Es el instinto de convivir en paz, armonía y colaboración con mis semejantes. Es más bien un instinto de conservación, una estrategia para la vida».

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