Nuestra obra nos trascenderá

Debemos dejar que sean nuestros versos los que hablen por nosotros, asegura el joven holguinero Luis Yuseff, reconocido poeta y editor principal de Ediciones La Luz

Autor:

Rubén Ricardo Infante

Casi todos los días un grupo de jóvenes pasamos aunque sea un momento por la sede de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) en Holguín. Más allá del propio trabajo o las reuniones del Consejo, allí siempre encontramos un clima propicio para la creación. No es casual que en ese espacio esté ubicada Ediciones La Luz y el equipo que lidera Luis Yuseff.

El «cuarto editorial» está casi encima de la ruidosa calle Maceo. El sol se cuela por las ventanas y molesta al poeta que labora en la edición de una antología de cien bardos cubanos nacidos después de 1970. El trabajo es mucho y el tiempo es poco, pero Yuseff me recibe con un abrazo.

—Además de tu labor como poeta, eres editor principal de Ediciones La Luz. ¿Qué alegrías te ha dado compartir durante años la voluntad de crear estos libros?

—Mi labor con Ediciones La Luz comenzó en el 2005, desde entonces no he dejado de desvelarme por ese proyecto que está próximo a cumplir 15 años. Dolores de cabeza aparte, prefiero destacar las luces. Ediciones La Luz significa haber trabajado con poetas que admiro como Delfín Prats, Lina de Feria, César López, Roberto Manzano y otros bien jóvenes: Moisés Mayán, Yanier H. Palao, Eliecer Almaguer, Lisandra Navas...

«La nómina podría extenderse porque el catálogo supera los 50 títulos y seguimos conformando antologías y selecciones que incluyen la obra de cientos de escritores de todas las provincias. Solemos acompañar nuestras ediciones con unas palabras de José Martí: “en la luz hay virtud”. Recuerdo que eso levantó algunos comentarios agudos, pero ahora puedo decir, con toda seguridad, que si alguna virtud tiene nuestro sello editorial es el de acoger con amabilidad a sus escritores».

—Has estado muy vinculado al trabajo de la AHS en la última década. Recientemente recibiste la distinción Beby Urbino, del Centro Provincial del Libro en Holguín, como reconocimiento a tu labor como promotor de literatura. ¿Trabajar con jóvenes puede ser una acción alentadora o desastrosa?

—Cuando se me ocurre algún proyecto que incluye la obra de escritores y artistas con quienes suelo compartir gustos y disgustos, me entrego casi a tiempo completo a este. Eso lo tengo como un defecto, claro, pues no se me olvida que el escritor debe poner por delante los proyectos personales con su obra; no obstante mi espíritu altruista no se deja aturdir y persiste en su idea. Por eso en el 2005 publiqué la antología Memoria de los otros, una compilación de narradores holguineros egresados del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, y después le siguió El sol eterno, en coautoría con Irela Casañas.

«¿Qué me desestimula de este trabajo? Pues el descreimiento de una buena parte de mis contemporáneos. ¿Qué me motiva a seguir haciéndolo? Pues la felicidad que encuentro en esos mismos rostros una vez que tienen en las manos su obra publicada. Y todavía, algo que sé más importante: la obra de cualquiera de nosotros, si es válida finalmente, trascenderá por obligación las grandezas o las miserias personales.

—Has obtenido importantes premios (La Gaceta de Cuba, Oriente, Milanés) que, más allá de su carácter polémico, han validado tu obra...

—Sobre lo polémico de los premios no creo que valga la pena detenerse demasiado. Casi siempre son los perdedores quienes ponen en tela de juicio el éxito de los otros, y yo también he sido un no-ganador. Lo que sí te puedo asegurar, respecto al hecho de concursar, es que si tuviera la posibilidad de publicar mis libros con la frecuencia que demandan mis necesidades de expresión y en términos editoriales favorables para mí, no concursaría jamás. Me fastidia mucho someter mis poemas, esos que he escrito en la más absoluta intimidad, al escrutinio de un ojo avezado. Tampoco me siento cómodo evaluando la obra de los otros. Y claro que para mí es importante la opinión de Antón Arrufat o Lina de Feria, como también la del desconocido que te detiene en la calle para mostrarte unos versos tuyos anotados en una agenda. Pero si el criterio de unos u otros fuera desfavorable, no dejaría de ningún modo de escribir y ser poeta. Debemos dejar que sean nuestros versos los que hablen por nosotros en vez de estar adjudicándole funciones espurias a la poesía.

—Refiriéndose a tu libro Salón de última espera, Antón Arrufat dijo: «sus poemas traen a la poesía cubana una elegancia sentenciosa y a la vez displicente», lo cual implica una carga de compromiso. ¿Cómo asumes el reto cinco años después?

—Con ese libro gané el premio Calendario, posiblemente el más reseñado de mis cuadernos. En esas mismas palabras de contracubierta mi admirado Antón advierte que «retomo el uso de la máscara», una observación que despertó opiniones encontradas en algunos críticos que tuvieron la amabilidad de detenerse en mi poesía. De todas formas, que lo haya dicho Antón Arrufat ya es importante. Uno no debe de escribir ni publicar sujeto al criterio que sea, pues puede estar condicionado por las razones a veces más insospechadas. Tampoco me he detenido nunca a evaluar el entorno para encontrar mi lugar en el paisaje. Eso me resulta empobrecedor como poeta y como ser humano, lo cual no niega que tenga un criterio sobre lo que está ocurriendo en materia de poesía en nuestro país. Pero si algún compromiso tengo es con la poesía. Y esa la encuentro por igual en un haikú de Yanarys Valdivia que en un soneto de Nelson Simón, en Roberto Juarroz o en uno de esos frondosos poemas de Saint-John Perse.

«Ha pasado algún tiempo desde que publiqué mi primer libro, sin embargo, el criterio que tengo sobre el hecho de ser poeta —elegante o displicente, enmascarado o no— entrando en la segunda década del siglo XXI, no es muy diferente al que tenía cuando era un muchacho que escribía poemas de amor, allá por los años 90 en la Universidad de Oriente, en el escaso tiempo que iba quedando entre un laboratorio de Química inorgánica y una conferencia sobre estructura de la sustancia».

—¿Consideras a la AHS como organización y a sus afiliados como parte de la continuidad del destino artístico de la nación?

—Creo que lo más importante es que esos mismos jóvenes que están llegando, llenos de ideas, no se queden cruzados de brazos y sean ellos quienes se encarguen de hacer que su Asociación se parezca más a sus aspiraciones. Ese es el mejor modo para cambiar o dar continuidad a la verdadera cultura cubana.

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