Desolada humanidad de ciertas películas francesas

Algunos filmes del Festival de Cine Francés en Cuba, que durante este mes inundará las principales salas de exhibición de todo el país, esbozan muy serios cuestionamientos al concepto del cine como entretenimiento fútil y eventual

Autor:

Joel del Río

Por lo menos un cuarteto de filmes entre los que propone el Festival de Cine Francés en Cuba, que a lo largo de este mes inundará las principales salas de exhibición de todo el país, esbozan muy serios cuestionamientos al concepto del cine como entretenimiento fútil y eventual. Requieren un espectador dispuesto a comprender que la pantalla también puede iluminarse para recrear lo peor de la condición humana. Reclaman el derecho de los filmes y los autores a delinear los contornos menos amables de la realidad contemporánea o pretérita, con el fin de manifestar, irritar, agobiar y, en primera instancia, provocar una reacción tan visceral en el espectador que le resulte imposible quitar su inteligencia de los magnos temas elegidos. Son obras que uno ni sabe qué responder cuando te preguntan si te gustó o no. Porque la respuesta del espectador, como la película misma, será necesariamente compleja, matizada, reflexiva.

Primero, vale hacer referencia a tres títulos de la excelente retrospectiva consagrada a una de las actrices francesas más convincentes, enigmáticas y comprometidas con el verismo absoluto: Sandrine Bonnaire. Asegurar que ha trabajado con los mejores directores de su país, y que ha ganado los principales premios de actuación dentro y fuera de Francia, significa rendir culto al anecdotario promocional preciso para correr a ver sus películas, casi todas devenidas experiencias remarcables para el espectador, gracias, en parte, a su protagonismo iluminado, a esa suerte de incandescente contención, que la singulariza en medio de una cinematografía poblada por grandes actrices. En la misma división de supernovas que Isabelle Huppert, Nathalie Baye, Fanny Ardant o Isabelle Adjani (por solo mencionar sus contemporáneas), la Bonnaire deslumbró desde su debut, con A nuestros amores, en 1983, hasta su reciente incursión como realizadora, guionista y fotógrafa del documental Ella se llama Sabine, de 2007.

La sexta película del muy sincero y provocativo Maurice Pialat, titulada A nuestros amores, tuvo que posponer su realización en tanto el director declaraba no encontrar la actriz juvenil adecuada para el papel protagónico. Solo comenzó la filmación cuando apareció Sandrine Bonnaire para interpretar el papel de la adolescente desamparada y promiscua, incapaz de conjugar la sensualidad a flor de piel con la permanencia de afectos y sentimientos más duraderos que el placer fortuito. La muchacha se mueve entre una familia disfuncional (Pialat se reservó el papel del padre) y una fila de amantes cuyas escaramuzas sexuales la dejan indiferente. Nueva consagración de un cineasta amante de la veracidad reconcentrada, ajena al didactismo, afincada en sólidas bases morales y aspiraciones espirituales, A nuestros amores provoca, quiéralo o no su director, una profunda compasión del espectador ante el páramo de emociones, el vacío anímico, la insatisfacción casi patológica y la desconcertante ligereza de esta muchacha en fuga, tal vez representante de toda una generación y de un modo bastante extendido de asumir las relaciones y el sexo.

También decide huir hacia ninguna parte, con la brújula fija en un espacio de imposible y absoluta libertad, la muchacha vagabunda de Sin techo ni ley (1985), una película que consigue provocar un malestar no solo intelectual sino físico. Ajena al miserabilismo y al melodrama, la directora Agnès Varda decidió prescindir de explicaciones, condenas sumarias o justificaciones prescindibles para filmar este oscuro elogio a ciertas mujeres capaces de desprenderse de todas las ataduras y facilidades en busca de un destino proceloso e inarticulado. El imperativo de regirse únicamente por su libre y tornadizo albedrío nos permite admirar, y al mismo tiempo objetar a este personaje. Cual espejo fiel, el filme nos revela nuestras infinitas cobardías, ataduras y prejuicios, en tanto defiende la pasión admirable y desoladora que impulsa a esta joven en el itinerario desde la plenitud del desnudo en la playa, hasta el entumecimiento en la bolsa de nailon y la hipotermia.

También angustiosa, pero en cuanto a la brutal entronización del rencor, la violencia absurda y el horror homicida —en una escena crucial hacia la cual confluyen todos los hilos dramatúrgicos de una película pausada y macabra— La ceremonia (1995) adapta a la campiña francesa una novela de Ruth Rendell, sobre dos mujeres marcadas por el infortunio, la ignorancia y la subestimación. Aparte del contenido criminal y de suspenso de una película dirigida por Claude Chabrol, confeso admirador y seguidor de los géneros y el estilo cultivados por Alfred Hitchcock, el filme alcanza notable sutileza en cuanto al detallismo de la observación social y psicológica, y sus mejores momentos derivan de la habilidad para la caracterización, así como de la sólida evocación de las desatinos e impudicias de estas dos mujeres, funesta combinación de rudeza y malignidad, admirablemente interpretadas por esas dos excepcionales actrices que han sido Isabelle Huppert y, por supuesto, Sandrine Bonnaire.

Si los personajes protagonistas antes mencionadas apenas promueven la identificación del espectador, tampoco implora la condena o la simpatía fáciles el personaje titular de La Venus negra (2010), el drama histórico biográfico que retrocede al siglo XIX para recrear la verdadera historia de Saartjie Baartman, una mujer africana, de la tribu khoikhoi, oriunda de África del Sur, exhibida cual fenómeno de feria en Londres y en París gracias al tamaño descomunal de su trasero y sus genitales. El consagrado cineasta de origen tunecino Abdellatif Kechiche, quien inició su carrera como actor teatral y televisivo, en Túnez y en Francia, y tiene entre sus películas por lo menos dos títulos tan notables como La Faute à Voltaire y El grano de cuscús, cuenta a su favor el estilo filodocumental de la cámara escrutadora y la crudeza testimonial e iterativa de las decadentes exhibiciones, recreadas en detalle con el propósito de provocar una irritación casi furiosa en el auditorio en contra de tanto racismo, segregación y barbarie sexista. Queda a discusión si la denuncia de Kechiche sería más o menos intensa si el director le hubiera aportado a su demoledora película el erotismo pudoroso y conveniente, la edición comedida, y el buen gusto típico de tantos filmes de época que muchos fueron buscando y jamás encontraron en esta cinta.

En el límite de lo soportable se expone la infinita humillación a que fue sometida esta mujer, mientras la cámara registra los rostros lascivos, curiosos, sorprendidos y mórbidos de un público compulsado por la indignidad de su presunta preponderancia racial, social y sexual. El personaje tampoco provoca la inmediata lástima ni la simpatía constante. Si se impulsara la identificación irrestricta con la protagonista, la película quedaría a pocos centímetros de transformarse en otro melodrama histórico, un tanto más prolijo y naturalista que los habituales, sobre la mujer negra vejada, victimizada, martirizada por el poder ario y falócrata. Sin embargo, La Venus negra aspira a llegar mucho más lejos.

Desde su primera secuencia en el anfiteatro universitario, hasta la última, ambientada en el mismo lugar, se martiriza al espectador con la casi insufrible exhibición de sadismo racista ejecutada incluso por el iluminado naturalista Georges Cuvier, quien le aplica el más obsceno vocabulario zoológico a los restos mortales de Saartjie Baartman, cuyo infeliz itinerario seguirá la película, hasta el epílogo devastador, cuando nos enteramos que tales restos fueron exhibidos en el Musée de l’homme, en París, hasta 1974, y luego fueron repatriados a Sudáfrica, donde volvió a celebrarse el aquelarre exhibicionista que intentaba el imposible gesto de reintegrarle la dignidad a la infortunada joven. Por supuesto que la película es irritante, cacofónica y molesta, tanto como lo es el racismo terrible que denuncia. La cuestión a dilucidar por el espectador consistiría en determinar si tal denuncia sería tan efectiva una vez que se aminore la intensidad en los subrayados temáticos y conceptuales.

Yahima Torres emprende con bravura y entrega absoluta uno de los papeles más arriesgados y difíciles que pueda interpretar una actriz de cualquier país y época. Guiada por la mano firme de Kechiche (quien ya demostró muchas veces que es un prodigioso director de actores), nuestra compatriota es capaz de hacernos vibrar de indignación y clemencia con cada una de las múltiples laceraciones que resiste el personaje. Merece no solo los muchos premios que ya le han dado, sino el aplauso orgulloso de todos los paisanos de que una artista cubana haya participado, de manera definitoria, en la realización de esta película insurrecta, provocativa, eminente y humanísima.

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