Estación de recreo estival

En Habanastation, Ian Padrón y su coguionista Felipe Espinet urdieron una historia muy apoyada en el cine de aventuras, algo de comedia y un matiz de melodrama

 

Autor:

Joel del Río

Están las colas interminables en las principales salas, los cines inundados de chiquillería vociferante y entusiasta, el rumor que recorre el país entero: Habanastation es un éxito de público como pocas veces se ha visto últimamente. El largometraje cubano de ficción, producido a muchas manos entre el ICAIC, el ICRT y La Colmenita, concebido esencialmente para niños y jóvenes —más bien para toda la familia—, nos devuelve a los cubanos el placer de disfrutar con una película nacional, espejo de algunos de nuestros problemas, pero, sobre todo, un producto cultural capaz de comunicarle algo a cualquier espectador, porque el filme es de esos raros productos que consigue emocionar, educar, exaltar valores éticos, y más que todo, por encima de todo, entretener, divertir, conseguir la identificación.

Para ganar el aluvión de público risueño, Ian Padrón y su coguionista Felipe Espinet urdieron una historia —al parecer enriquecida en el rodaje, con la contribución de los actores, y la influencia de la locación— muy apoyada en el cine de aventuras, algo de comedia y un matiz de melodrama: dos caracteres contrastantes (uno con casi todos los problemas resueltos, y el otro huérfano, con el padre preso y situación económica precaria) se ven obligados a compartir una meta común, en un plazo prefijado de tiempo, y en el recorrido deben resolver una serie de pruebas que consolidan su alianza y portan algún tipo de enseñanza. La anécdota es sencilla, lineal, causal, y para continuar precisando el tipo de película que nos ocupa, sépase que además abundan las peripecias, el suspenso y los conflictos de intereses, todo ello protagonizado por los dos muy jóvenes héroes, ambos abocados a un crecimiento moral que no explico para no estropear el disfrute del final a quienes quedan por verla.

Y cuando una fábula quiere ser consecuente a toda costa con el ineludible formulismo que entraña el cine de género (sobre todo la aventura, la comedia y el melodrama, como es el caso) aparecen tres riesgos mayúsculos que Habanastation logra sortear a medias: lo predecible de ciertas situaciones dramáticas (fui testigo de cómo el público adivina lo que viene, y hasta lo comenta antes de que ocurra), el esquematismo vinculado de manera indisoluble a los contrastes que requiere la comedia costumbrista, y el cierto didactismo o moralina que se desprende de toda la anécdota. Hay que compartir lo que tenemos, hay que renunciar a la violencia, hay que aceptar a la gente por lo que es y no por lo que parece, hay que aprender a distinguir entre el pobre y el delincuente, hay que recordar Romance de la niña mala... y así pudiéramos redactar el decálogo de mandamientos que propone la película. Valga la certeza de que todo ello se sugiere con la suficiente agilidad, gracia y conocimiento del lenguaje del cine como para que sea aceptado sin reservas, pues la didáctica amonestación a los prejuicios sería bastante engorrosa si no permaneciera disimulada por la cortina de humo de la frescura y la simpatía.

En su fehaciente y legítimo deseo de conquistar el favor del público, el director y sus colaboradores (sobre todo los actores, el editor José Lemuel, el músico René Baños y el director de fotografía Alejandro Pérez) potenciaron las virtudes del polo «positivo» de su película, y así procedieron a la manera de ciertos filmes del neorrealismo festivo, estilo Pan, amor y fantasía o Dos centavos de esperanza, donde los pobres están de lo más contentos con su miseria. Porque los hacedores del filme decidieron reconstruir y maquillar La Tinta cual utopía de inmarcesibles virtudes, y aunque el rodaje tuviera lugar en el barrio de Zamora, vale como símbolo de la desvalida vecindad, y da igual que se localicen en el Vedado o Marianao.

En esta suerte de paraíso humilde que presenta Habanastation cualquiera te presta la bicicleta; otro está dispuesto a darte la mitad de su almuerzo de macarrones con huevo (el mismo socio que conoces solo de vista vende su paloma preferida para resolverte un problema); hay una muchacha buena y preciosa que te enamora de solo mirarte; el mecánico te garantiza todo tipo de caballerosidades y buen precio; los apagones se resuelven bañándose en el portentoso aguacero; ocurre un fabuloso bembé al cual te invitan sin conocerte siquiera, y el único problema (alguno tiene que haber) es la pandilla de los Tiznaos, simbólico apelativo de la caterva de ladronzuelos y predelincuentes que al final resultan controlados por las autoridades, o por la mano justiciera de nuestro pequeño héroe redentor.

Es que el recorrido por las dos Habanas que anuncian algunas inexactas sinopsis, se circunscribe a la descripción y sublimación de La Tinta, supuesto emblema de la virtud, el esfuerzo y la esperanza. Y cuando un filme de aventuras opta por el tratamiento ennoblecedor de cierto tipo de personajes, suele existir otro bloque de personajes definidos por su negatividad. En esta polarización de bondades y maldad es que aparecen ciertos ribetes de populismo en Habanastation, aparte del diseño rígido y esquemático de los personajes. Enseguida me explico.

El bando opuesto a los simpáticos habitantes de La Tinta está constituido por la familia de un músico, un jazzista, cuyo talento excepcional le ganó la posibilidad de tener casa, dinero, carro, mujer rubia y Playstation 3. Él es un padre ausente y consentidor, ella una madre sobreprotectora e histérica (que cuando expone sus razones y justificantes ni siquiera le vemos el rostro, de modo que a los realizadores parece no importarles) ambos mantienen a su hijo en estado de aislamiento, ella evidentemente desprecia casi todo y a todos los que se salgan de su estatus, y él parece más simpático, pero se mantiene indiferente, absorto en su trabajo. Así presenta la película a «los malos», «los ricos», «los egoístas», «pancistas» y «trepadores».

Conste que el encuentro entre estos dos mundos se vuelve forzoso para que la trama se desarrolle, pero además aparece muy empujado por el guión (un niño habanero, de 12 años, que se pierde en los alrededores de la Plaza, es algo bastante fuerte) con tal de que cada uno de los dos muchachos pase en limpio ciertas anotaciones sobre evolución espiritual y mejoramiento de la capacidad para habitar su realidad y aprehenderla.

Puede ser que en este análisis estemos sacando los personajes de su contexto fílmico, fantasioso y aventurero, y entonces se extravía la apostura indiscutible que ostentan en cuanto uno compara la ficción cinematográfica con la «verdad verdadera» que resulta mucho menos divertida (ver Suite Habana o Barrio Cuba), y entonces uno sale del cine, comprende que ha visto una idealización genérica de la realidad y asume que la holgura de recursos, en Miramar, el Vedado o Siboney, es menos reprochable en sí misma cuando es resultado del talento, del esfuerzo personal o del trabajo. Así que, para no estropear la bonita fiesta, más vale dejar Habanastation en el plano de la ficción muy, muy, muy ilusoria, al igual que el mayor por ciento de las películas concebidas para entretener, y celebrar el jonrón nada virtual, sino de pura cepa industrialista, y con las bases llenas, que se anotó el equipo conducido por Ian Padrón, realizador de documentales con tan eficaz prestancia como el musical Luis Carbonell: después de tanto tiempo y ese clásico del cine deportivo en Cuba que es Fuera de liga.

Este cuento fantasioso que habla de diferencias de clase, marginalidad más o menos aparente, egoísmo y materialismo, y, por supuesto, sus pares contrarios, generosidad, idealismo, valores auténticos y desinterés, adquiere entidad gracias a los personajes de Mayito y Carlos, los dos niños que comparten aula y escuela, pero viven separados por las diferencias de estatus. A pesar de que la parábola elemental que le sirve de origen a la película pueda parecer a ratos demasiado simple, la espléndida frescura de los dos protagonistas, Andy Fornaris y Ernesto Escalona, los desempeños siempre profesionales de Blanca Rosa Blanco y Luis Alberto García (ambos afectados por muy desfavorecedores e injustificados peinados y tintes) junto a luminosas apariciones de Miriam Socarrás, Omar Franco o Raúl Pomares, las imágenes liberadoras y sugestivas de Alejandro Pérez (sobre todo el aguacero, el desfile, y el coronel que se empina al cielo), la música a veces demasiado tenaz pero siempre sugerente de René Baños, agrandaron la innegable fascinación que esta película ejerce.

Epifanía colorística y sonora, divertimento útil, amenidad concebida para dislocar escépticos, Habanastation contiene numerosas secuencias henchidas de musicalidad, inmediatez, ritmo y significado, secuencias dignas de un creador como Ian Padrón, entrenado en el documental y el video musical. Una vez demostrada, con esta ópera prima, su capacidad para seducir, y sus credenciales de cineasta dispuesto a apropiarse de todo aquello que haga su obra más amena, dichosamente popular, nítida y cubanísima, tal vez sus próximas obras incursionen en aventuras estéticas y reflexiones de mayor hondura, sin renunciar, por supuesto, a la gracia y la simpatía que tiene de sobra.

 

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