Liuván Herrera Carpio: Todavía debo andar un poco más

Un joven poeta y editor convive con los dioses del Siglo de Oro de las letras españolas

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

CIEGO DE ÁVILA.— Nunca creyó que viviría en Ciego de Ávila. En su pensamiento, quizá la imagen suya como docente, en una clase de Literatura Española de la Universidad Central de Las Villas, era inamovible. Hasta que ocurrió el cambio. Liuván Herrera Carpio , poeta y editor, encoge los hombros desde la silla, abre los brazos y elude la explicación con una frase: «Así es la vida, compadre».

Se acomoda, cruza las piernas y confiesa: «La vida de una persona puede estar marcada por cambios que nunca imaginó. Yo puedo ser un caso. Cuando digo que estudié Letras, las personas piensan que devoré libros desde chiquito. Es la norma, pero no la mía.

«Empecé a leer pasados los diez años. ¿Se asombra?; exactamente, creo que a los 14. Si no es por los policiacos, en especial por Agatha Christie, nunca hubiera adquirido la fiebre por la lectura. Después vinieron las novelas de misterio y terror, y por último todo ese listado de libros que uno debe leer. Lo hice, se puede decir, con cierta furia. Para recuperar, no el tiempo perdido, sino el desconocido».

Cumplió el Servicio Militar en el Ejército Juvenil del Trabajo, en las lomas de Cumanayagua en la provincia de Cienfuegos. Dice Liuván que, a pesar de los reconocimientos, allí se ganó cierta fama de distraído, precisamente por andar con varios libros encima y ensimismado en la lectura.

«La otra realidad me chocó al entrar en la Universidad —dice. Descubrí que muchos compañeros habían leído más que yo, pese a que todos necesitábamos leer mucho más. Me di cuenta de que debía trabajar el doble y el triple. Lo hice en medio de muchas necesidades —como las que tienen muchos universitarios—, pero fue muy a gusto. Al final fui el mejor estudiante de mi graduación, aunque eso no es lo más trascendente. Lo importante es que el esfuerzo valió la pena».

El libro del buen amor

Su vida como docente en la Universidad Central de Las Villas la recuerda con una mezcla de placer y sudores. Admite que le agradó impartir docencia e intercambiar con jóvenes casi de su misma edad, aunque ya desde la posición de un profesor. Los trabajos, sin embargo, llegaron con los clásicos españoles.

Cuenta: «Como era profesor de Literatura Española debí leerme y estudiar a los grandes autores en el español antiguo, en el que se hablaba en el siglo XII. Al principio me pareció que era una tortura. El orden de las oraciones y de las palabras estaba trastocado por completo, para no hablar de los vocablos de entonces que ya no se hablan o cambiaron.

«Sin embargo, empecé a descubrir un mundo fascinante y muy apegado a la existencia del hombre. Uno de mis textos favoritos es El libro del buen amor, del Arcipreste de Hita. Es una locura leerlo en español antiguo, pero vale la pena. Sus páginas son pura pornografía, aunque con una ausencia total de grosería. Ellos eran unos verdaderos maestros en el doble significado, en la sugerencia.

«Al adentrarme en sus vidas —en la de Góngora, Quevedo, el mismo Cervantes— conocí a hombres que vivieron su tiempo con entera plenitud. No eran ellos esos artistas encerrados en su torre de marfil. Lo mundano y hasta las escenas de crueldad no les eran ajenos. Podían manejar la espada con un desenfado terrible y después escribir esas páginas que nos dejaron y que hacen sentir a uno disminuido. No por gusto protagonizaron el Siglo de Oro español.

«Al leer esta prosa me doy cuenta de que todavía no llego. Me mantengo en la poesía. Ella me brota con naturalidad, escribir versos está en mí. En cambio pensar en el cuento, en una novela, es una tarea mayúscula. Para llegar ahí primero debo recorrer un camino. Encima de mí tengo a todos esos buenos monstruos de la lengua, con una prosa que no admite improvisaciones y banalidades. El referente está ahí. Por eso pienso que debo andar un poco más».

El motivo del cambio

Liuván es el jefe de la sección de Literatura de la Asociación Hermanos Saíz en Ciego de Ávila. Entre los premios recibidos se encuentra el América Bobia 2008 y el Premio Nacional de Reseña Literaria Alma Ilustrada (Ciego de Ávila, 2008).

También tiene publicados los libros de poesía Entre dos cristos (Ediciones Luminaria, 2005) y Animales difuntos (Ediciones Sed de Belleza, 2006). Parte de su obra ha sido recogida en las antologías Rayo de esperanza y Regalos del alma, editadas por el CENTROPOETICO, España, en el 2004 y 2005, respectivamente.

«La reseña literaria es un género de síntesis

—apunta—. No tengo un método para hacerla, salvo la recomendación constante de bañarte primero en la obra. Sí tengo una advertencia: no entrar en esos cuentos de “me encontré con fulano, autor de este libro, y una tarde de café en su casa, mientras hablábamos de Verlaine...”, y toda esa bobería fuera de texto, que está muy de moda por estos días».

—¿Sigues escribiendo poesía? ¿Cuándo aparecerá un nuevo libro tuyo?

—Demorará. Ahora estoy enfrascado en mi tesis de maestría, un estudio sobre la poesía de Fina García Marruz. Más que una investigación es un descubrimiento y una interpretación, muy personal de mi parte, de lo que me ha revelado su obra. Fina embruja en el mejor y más bello sentido de la palabra. Una mujer tan grande y que ha persistido en mantenerse en el mundo de la humildad. Uno aprende mucho de ella.

—¿Por fin, por qué viniste para Ciego de Ávila?

—(Ríe) Porque me enamoré. Sí, no te rías, me enamoré de mi esposa. Nos casamos y para acá vine sin pensarlo dos veces. Estoy en Ciego porque perdí la cabeza por una avileña.

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