Espejuelos oscuros para otro cine

El sistema 3D (tercera dimensión) es la última gran atracción tecnológica en el mundo de la pantalla grande. En Estados Unidos, donde se exhiben filmes con ese formato, acaparan la atención The transformers y Harry Potter and the Deathly Hallows

Autor:

Frank Padrón

NUEVA YORK.— El sistema 3D (tercera dimensión) es la última gran atracción tecnológica en el mundo de la pantalla grande. Aun con la depresión que sufren las taquillas debido a los altos precios de las entradas (en este caso, mucho más), el público no escatima esfuerzos para disfrutar lo que sin lugar a dudas significa una gran revolución audiovisual.

Varias salas aquí y en el resto de Estados Unidos exhiben títulos en este formato. Se trata, eso sí, de cierto tipo de cine, ese de espectaculares efectos especiales que hacen del visionaje todo un banquete que entra por los ojos, los oídos y hasta por la piel, pues el espectador no siente que está de frente, sino dentro de la trama y los espacios de la narración.

Puede ubicarse incluso en los asientos más distantes de la pantalla, que uno queda exactamente delante de los actores y los objetos, y cada explosión o estallido parece que nos salpica, sin olvidar la nitidez, la definición y la pureza del sonido y la imagen en los mínimos detalles. Eso sí, a la entrada cada asistente recibe unas gafas oscuras sin las cuales resulta imposible apreciar el espectáculo, y que deben ser depositadas en una inmensa cesta una vez finalizado aquel.

Dos filmes acapararon la atención de los cinéfilos por esos días: el primero de ellos ha desplazado en su andadura las partes anteriores. Se trata de The transformers, de Michael Bay, la tercera parte de una saga que en sus precedentes no conoció igual éxito. La respuesta está sin dudas en la magia y la irresistible seducción de la 3D.

La catastrófica contienda entre ejecutivos de una próspera empresa y unos extraterrestres con formas de gigantescas latas (ante lo cual los espectadores reciben tornillos y piezas al por mayor), que arrasan literalmente con la ciudad de Chicago, es una larguísima y fatigosa épica que acaba con la paciencia del más resistente entusiasta del género, en una producción avalada por Spielgberg, a pesar de lo cual solo es soportable por el aludido encantamiento en que nos sumerge la tercera dimensión.

Pero el segundo estreno está siendo todavía más tremebundo, como quiera que en un par de semanas ya dispara cifras y rompe récords. Hablamos de Harry Potter and the Deathly Hallows (segunda parte) —algo así como Las reliquias de la muerte— que constituye la octava y final del gran suceso que significa la franquicia del mago adolescente concebido por la escritora J. K. Rowling.

Ocurre que ya el actor que ha dado vida al protagonista desde su nacimiento, Daniel Radcliffe, ha dejado de ser un niño y no sería muy buena idea sustituirlo por otro, de modo que los productores han decidido despedirse. Entre esto y el hecho de que el filme se exhibe en todos los cines del país —y de otros— en el aludido sistema 3D, lo cierto es que en solo los tres primeros días el nuevo (y al parecer último) Harry Potter recaudó nada menos que 168,8 millones en Estados Unidos y Canadá superando ampliamente la parte anterior (…and the Dark Knight) y superéxitos como Avatar o Spider Man 3.

Aquí en «la Gran Manzana» el estreno fue nada menos que en el mítico Lincoln Center, con alfombra roja y todo, por donde desfilaron, además de Radcliffe, sus colegas Enma Watson, Rupert Grint y buena parte del equipo de realización, incluyendo, por supuesto, al eufórico director David Yates, coreados por miles de fanáticos, muchos de los cuales se quedaron fuera de la sala, por cuanto esa función fue estrictamente para invitados.

Pero pronto ellos y otros muchos se consolarían en las salas desde el siguiente día, durante 130 minutos, en plena 3D, pues disfrutarían (claro: los que pueden, pues el precio del nuevo «juguetico» no es precisamente de juego) de las nuevas aventuras del espectacular mago, sus amigos y enemigos, incluido esta vez un dragón que reparte largas llamaradas que casi queman a los encantados espectadores, esos que poco después de terminada la función deben entregar a la salida los espejuelos oscuros para que los próximos colegas de luneta disfruten de lo lindo de un espectáculo que conecta de nuevo al cine con el fenómeno de feria (esta vez, eso sí, altamente tecnificada) que en sus ya lejanos inicios fue.

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