Las dos miradas de una poetisa

La joven poetisa Isaily Pérez González conversa con Juventud Rebelde sobre sus inicios en el género y sus experiencias como editora

Autor:

Nelson García Santos

SANTA CLARA, Villa Clara.— Allí estaba frente a mí: con su cuerpo menudo e inquieto, emanando un brío sugestivo.

Cruzamos las primeras palabras cuando le solicité la entrevista. Ella prefería un cuestionario de antemano, con el derecho que le asiste a quien se va a someter a un interrogatorio.

Pero estuvo de acuerdo cuando le sugerí evitar esa frialdad de preguntas que se responden en la soledad sin la posibilidad de que el entrevistador pueda pulsar en el semblante, en el tono de voz o en los gestos, como trascienden más allá de las palabras, los sentimientos.

A la poetisa Isaily Pérez González le brotaron durante el diálogo sus grandes amores, traslúcidos en el rostro, y en la manera enfática con que habló de ellos.

—¿Cómo fueron los inicios?

—Desde pequeña leía mucho, diariamente. Uno de mis primeros recuerdos fue ir en un cochecito —tendría poco más de tres años— hojeando un libro de cuentos. Era imposible no leer en aquella época de ediciones deslumbrantes, venidas casi siempre del campo socialista, que me sedujeron para toda la vida. Empecé a escribir mucho después, siendo adolescente. Leer fue entender a los otros y al mundo; escribir era entenderme, explicarme ante mí.

—¿Cómo te diste a conocer?

—Cursando mi último año en la Universidad, en 1999 publiqué por vez primera. Letras Cubanas preparó la muestra Cuerpo sobre cuerpo que considero fundamental, pues sacó a la luz a excelentes poetas de mi promoción. Encontrarme allí fue una sorpresa para la comunidad literaria santaclareña —comunidad muy ilustrada y siempre alerta—, porque los pasos primeros suelen darse en los talleres literarios. Salté esa etapa que me parece importante porque soy un poco tímida y los talleres son espacios de relación.

—¿Qué significan para ti los premios?

—Algunos de mis poemas están publicados en dos libros: Una tela sobre el bosque (2008) y La vida en otra parte (2009); en casi todas las antologías que reúnen lo que pudiéramos llamar, para más comodidad «joven poesía cubana»; y en otras preparadas en el extranjero. Pudiera citarte mis premios, pero aunque los respeto, no me impresionan mucho. Me impresiona la obra.

—¿Alguna contradicción en ser editora y escritora?

—Soy licenciada de Letras y máster en Edición de Textos. No lo menciono porque crea imprescindible la formación académica para escribir aunque, por supuesto, la formación ayuda. Pero en mi caso, sobre la página pesan dos miradas que no puedo separar: la de escritora y la de editora, y no siempre estas dos son amigas. Desecho mucho y muchas veces lo que a otros parecería perfectamente publicable. La escritora trabaja en caliente; y la editora en frío, y tiene la última palabra. Aunque la formación me ayuda, también me ha vuelto hipercrítica conmigo.

—¿Más fácil la poseía que la prosa?

—Creo que una obra buena es difícil de escribir sea cual sea su género. Esto puede constatarse en los diarios de Virginia Wolf, a quien considero la mejor novelista de todos los tiempos. Pero así y todo no se atrevía con la poesía, y sus diarios prueban que le hubiera gustado hacerlo. Sospecho que esto vale como respuesta, pero seguramente un novelista suscribe otra opinión.

—¿Estás satisfecha con tu obra?

—Los poemas mejores también pueden ser los peores. Me hacen sentir rebasada, convencida de que no podré escribir nada mejor. No cambiaría en ellos ni una coma. Hay otros que se acercan a lo que he querido decir, pero son criaturas imperfectas. Así y todo me complacen porque los sentimientos, las sensaciones, son esencialmente inexpresables y la sola aproximación resulta reveladora.

—¿La limita su trabajo de editora para escribir?

—Dirijo la editorial Sed de Belleza y actualmente presido la Asociación Hermanos Saíz en Villa Clara. Por supuesto que el trabajo le roba tiempo a la escritura, pero la escritura no es el centro de mi vida. El centro de mi vida ha sabido desplazarse hacia lo que me ha parecido provechoso en cada momento. No veo en el trabajo una carga sino experiencia de primera calidad. Le aposté a la Asociación este tiempo mío tan valioso —tiempo de madurez— porque la considero un espacio fundamental de intercambio y desarrollo artístico. La Asociación detenta una mirada que enriquece y completa la política cultural de nuestro país.

—¿Qué le quitarías a la AHS?

—No le quitaría nada. Ni siquiera sus errores, de los que aprendemos todo el tiempo. Como el mayordomo de la parábola bíblica, ha sido fiel en el tiempo de la prueba. En medio de tensiones profundas, de carestías, de cambios de paradigmas, la organización ha cumplido con los jóvenes. ¿Qué le daría? Lo tangible. El montaje de las salas de navegación en nuestras sedes es una vieja demanda a punto de concretarse. El acceso a Internet vale como ejemplo de lo que ya no puede esperar. Algunos pensarán que lo tangible no merece ser mencionado, pero el hecho artístico no puede realizarse sin soporte material. Lo intangible, el arte obrando en la dignificación del ser humano, está sucediendo. Veinticinco años son suficiente testimonio.

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