A las personas hay que decirles: «Yo te respeto»

Crear es para el cubano Jorge Rodríguez Diez, primero que todo, un acto de honestidad. Ha compartido sus propuestas cuando ha tenido algo que expresar, ni antes ni después; y ahora siente que llegó el momento de su nueva exposición: «Ay, qué delicia, Doña»

Autor:

Alina Perera Robbio

El rostro satisfecho de la mujer sobre una nube embriaga con la sugerencia de un mundo idílico que, súbitamente, pierde su inocencia si la mirada encuentra dos palabras: Leaving Melena. La dama pertenece a la iconografía de los años 50 del siglo XX; en cambio, la frase es de ahora, y se refiere a una geografía tan cercana como la mismísima Güira de Melena, al sur de La Habana.

Esos códigos conforman un cartel realizado por Jorge Rodríguez Diez (La Habana, 1969), para la exhibición personal —«Ay, qué delicia, Doña»—, que ya se muestra en la galería de la Biblioteca Villena, ubicada en la Plaza de Armas de la capital.

Hablar con Jorge (con R10, como es conocido en su gremio) es ganar tiempo: se aprende con este hombre rigurosamente informado. Su lenguaje abraza al interlocutor con una sabiduría que no molesta porque él la desliza a discreción, hablando de todo, incluso de la fragancia del perejil cortado por su cuchillo de cocinero profesional en una tarde tomada por el deseo de degustar una «sopa china».

—¿Por qué el título «Ay, qué delicia, Doña»?

—Porque apela al lenguaje publicitario de los años 50, que era muy coloquial. Esa delicia, y esa Doña, nos remiten también a nuestra Doña Delicia, un ícono nacional del buen sabor.

—Hay recurrencia, cuando se habla de lo gráfico, de los años 50. ¿Qué magia encuentras en la época?

—Más allá de esa magia, que sería tema para otra reflexión, es su visualidad la que me resulta atractiva: en ella se manifiestan claramente los ejemplos tardíos del fenómeno del styling, la seducción formal, un modo de asumir la línea, a modo de ejemplo, desde una aerodinámica casi simbólica, pues sugería velocidades mayores a las realmente alcanzables por la tecnología de entonces; los autos, por ejemplo, se concibieron para atravesar el espacio a una velocidad que ninguno de ellos pudo ni podrá tener por el momento. Ese modo de hacer creó una elegancia y un estilo, una lujuria de la forma, que me atrae.

—Y tú la actualizas, la reconformas en un presente cubano…

—En un contexto contemporáneo, no solo cubano.

—¿Buscando qué? ¿Cuál es el hilo de la exposición?

—Mi discurso está sustentado en los «modos» publicitarios de aquellos años. Las expresiones de las modelos suponían un mundo bello y sin problemas: esas mujeres que cocinaban como si fueran a salir a un cabaret, siempre sonrientes, con peinados impecables mientras la lavadora lavaba la ropa o las cocinas eléctricas hacían la comida. Era simbólico: se emancipaban del trabajo doméstico, lo cual no significaba que se emanciparan del dominio masculino o del status quo.

«Todas ellas, según sus rostros, estaban contentas con sus destinos. Y esas expresiones de aceptación incondicional me resultan útiles hoy para confrontarlas con nuestra contemporaneidad en el sentido de preguntarnos si persiste la ilusión, si la esperanza es libre así como así, tan ingenuamente».

—¿Qué sabor quieres dejar en los espectadores?

—No estoy tan seguro. Quizá que le encuentren a sus circunstancias específicas un poco más del humor que ciertamente tienen. La propuesta busca esa sonrisa leve, descubrir nuevos «sabores» sociales a partir de la combinación de una época con otra.

—¿Cuán difícil es asumir un acto de creación desde aquí?

—Crear puede ser lo más gratificante del mundo, o lo más lacerante. Depende de la creación misma. Hay ideas que se abren paso entre tu maraña personal y salen a través de ti. A veces no hay idea alguna, solo ingredientes dispersos, y hay que trabajar con ellos casi a ciegas para ir gestando algo que tenga cierto sentido.

«Soy hijo de emigrantes: mi madre vino de España. Siempre he sentido que me toca afianzar esas raíces que se sembraron en su momento. No está en mi filosofía desandar sus pasos sino darles sentido. Por ello crear desde Cuba es importante para mí en tanto experimento un compromiso tácito con la nación, con su historia.

«Al vivir en la Isla, sin contar con la idea de emigrar, no me ha sido tan difícil buscar con fe y encontrar los hilos que permiten la creación, o las aristas diversas dentro de estas circunstancias que no son tan complejas como para no encontrar jamás “la punta”. Sencillamente, hay que tener buena voluntad y confiar en que uno puede lograr cosas con las posibilidades al alcance, con los recursos disponibles; y el hecho de no tenerlos todos, de no estar al tanto de todo lo que está pasando en el último momento, empieza a crear un idioma localista, que se nutre de sí mismo, que tiene que hundir las raíces en sí mismo. Finalmente lo muy local termina siendo universal, como siempre. Y eso es algo que a mí me deja relativamente satisfecho».

—¿Cuán importante será para Cuba que el diseño ocupe un lugar primordial en la sociedad?

—Un país bien diseñado crea ilusión, alimenta el espíritu. La gente necesita saber que el producto que está consumiendo está hecho con amor. A las personas hay que enamorarlas, decirles: «Yo te respeto». Un pan bien hecho, más allá de su utilidad, debe decir: «Esto está hecho de la mejor manera posible para ti». Y así debe ser con todo. Uno debiera ofrecer la mejor versión de sí mismo, y eso incluye dar el mejor producto que sea capaz de hacer.

—Hay un precepto de ese gran poeta y creador nuestro, José Lezama Lima: lo bello es lo justo. ¿Cómo se entronca eso con el país soñado por Jorge?

—Es la utopía, y hay que empezar por el principio. Esa es una frase profunda y muy válida. Que una sola persona decida hacer lo que hace de manera bella, en principio por respeto a sí misma —y por respeto a lo que hace—, resulta alentador. Y pienso que no hay que esperar a que todo el mundo, al unísono, tire del carro de la belleza.

«Posiblemente la mitad de las personas suban al carro sin tirar. Pero el propósito final es ver ese carro moviéndose. En la medida en que cada vez más y más objetos estén bien diseñados, las personas irán sumando ese espíritu a su naturaleza, pues lo feo se hará demasiado obvio.

«Una manera de diseñar, por ejemplo, pudiera tener que ver con los modales: personas que hablen en un tono bajo de voz, como para sí o hacia su interlocutor, o que no escuchen música estridente. Es decir, plantearnos un buen diseño de ciudadano».

—¿A tu modo de ver cuáles son los mayores desafíos que tienen por delante quienes se gradúen como diseñadores?

—El mayor desafío, desde mi punto de vista, es cultural. Un diseñador que no esté muy informado no solo de lo que es, sino de lo que fue, carecerá siempre de recursos para poder generar ideas realmente innovadoras. A la larga empezará a repetir plácidamente clichés, a producir soluciones obvias, primarias, de poca profundidad. Aprecio una «ansiedad» formal en los más jóvenes; los veo obsesionados con el gesto, con el trazo, con lucir desenfadados, y detrás de eso no veo sustento conceptual alguno. A veces una idea, por muy mal vestida que se presente, es mucho más interesante y vital que un panfleto de cuello y corbata.

—¿No temes agotarte, volverte repetitivo?

—Mi trabajo parte a menudo de la recombinación de símbolos, íconos e ideas de la visualidad culta o popular. No resulta especialmente arduo que a la par de que esos signos se renueven, aparezcan espontáneamente nuevas maneras de recombinarlos. El método puede ser similar en muchos casos; pero el resultado puede ser siempre novedoso.

«Comencé mis proyectos personales en el campo del arte con casi 40 años de edad, pues antes no sentí la necesidad de compartir determinada visión de las circunstancias que nos rodean y construyen. Pero si dejo de tener algo interesante que decir, me detendré como mismo di el primer paso, de manera natural, y seguiré haciendo cualquier otra cosa, ya sea diseño, ya sea escribir…, incluso cocinar, si vale la pena».

—Siempre con honestidad…

—Desde luego. Tratando de no engañar a nadie, de no presentar un producto que yo sepa que es mediocre y venderlo como la gran cosa. Eso me dejaría un sabor demasiado amargo de mí mismo.

Sobre la historia creativa de Jorge

Graduado como ilustrador y realizador informacional en el Instituto Politécnico de Diseño Industrial (IPDI), y después como diseñador gráfico en el Instituto Superior de Diseño (ISDI), ha realizado más de 50 trabajos de identidad corporativa o institucional, y asumido el desarrollo e implementación —o continuidad— de numerosas publicaciones seriadas, en su mayoría del campo cultural. Paralelamente ha centrado su trabajo, en los últimos años, en la promoción de las artes visuales. En tal sentido laboró desde el año 2007 y hasta el 2009 con el sello Ediciones Artecubano del Consejo Nacional de las Artes Plásticas, donde estuvo al frente del trabajo de imagen de la Décima Bienal de La Habana e ICOGRADA 2007 y desarrolló el perfil editorial de la revista ArteSur. Actualmente colabora con Galería Habana, Subasta Habana y otras instituciones afines. Es director de Arte de la revista Arte por Excelencias.

Brinda regularmente servicios de asesoría y diseño a instituciones culturales del archipiélago y de otras latitudes. Se desempeñó como profesor en el Instituto Superior de Diseño en las especialidades de Tipografía, Diseño editorial, Semiótica y Práctica preprofesional. Actualmente es invitado con regularidad a ofrecer conferencias y compartir experiencias en el campo del diseño y más específicamente del cartel, tanto en el mismo instituto como en otros espacios.

Ha participado en una veintena de exposiciones en Cuba, Estados Unidos, Alemania, España, Polonia, Corea del Sur, Portugal, Ecuador, entre otros. Su obra gráfica se encuentra en colecciones de estos y otros países como Brasil, México y Noruega. Ha sido merecedor de varios premios como diseñador y artista gráfico.

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