Llevar la pintura en la sangre

Escultor de profesión y pintor por vocación, Chimendry intenta dar forma y color a los enigmas de la psicología humana y a sus efectos

Autor:

Juventud Rebelde

NUEVA GERONA, Isla de la Juventud.— Tras varios días intentando el encuentro, JR descubre a Lisandro Iván Celles Mayo preparándose para trabajar en su nuevo puesto de técnico de impresión en el taller de grabados El Pinero, con sede en el corazón de la ciudad de Nueva Gerona.

Se aparta de la actividad que ocupaba su atención y se acomoda en la silla frente a una de las mesas, presto al diálogo. Chimendry, como lo conocen en la Isla de la Juventud, es un joven de 28 años, delgado, de pelo alborotado y «chivo» a medio salir; mira con intermitencia y mueve las manos constantemente mientras habla de sí mismo.

«Me gradué hace dos años de la Academia de Artes Wifredo Lam, en la especialidad de Escultura, porque no existía el perfil de Pintura, pero llevo en la sangre el amor por el óleo y los pinceles», dice mientras guarda una piedra de amolar con la que da filo a uno de sus utensilios.

«En la primaria me gustaba que lloviera para dedicar el día a pintar, reproducía los animados de turno, paisajes…, no sabía por qué pero sentía la necesidad de hacerlo; no había un concurso en el centro en el cual no participara; decoraba murales, en fin, me sentía artista.

«Pero fue en la secundaria cuando tuve la posibilidad de asistir a un círculo de interés de pintura. Entonces supe de la magia de los colores y vi que era en serio. Así me sometí a la prueba de aptitud de la Academia Wifredo Lam y una vez dentro y durante el primer año, cambié mi vida social por la mesa de dibujo».

Se pasa la mano por el pelo rebelde en busca de recuerdos y comenta que de su especialidad (Escultura) solo realizó varios proyectos de clases, y con nostalgia rememora la época en que tuvo que abandonar la escuela.

«Llevaba ya dos años inactivo cuando vi una exposición personal en la galería Martha Machado, y mirando los cuadros, el bombillo de la creación cobró nuevamente luz.

«Comencé a trabajar por mi cuenta para ganar el derecho a retornar a clases, y la Asociación Hermanos Saíz (AHS) me salvó: abrió las puertas que creí cerradas, confiaron en mí y nació mi primera exposición personal», explica.

Para el joven creador, la AHS es un espacio vital donde dialogar, confrontar ideas y esbozar la obra. «Sin embargo —agrega—, necesitamos más comunicación con el resto del archipiélago, intercambiar con creadores de otros lugares de Cuba, exponer nuestro quehacer más allá del ámbito local, porque la Asociación es la que mantiene viva la cultura en la Isla de la Juventud. No obstante, necesita nuevos aires.

«Me interesa mucho significar lo que me incomoda, llamar la atención del hombre como género, me centro en su psicología, en mostrar las partes incógnitas del alma; de lo bello y lo romántico se ha hablado mucho, y yo pretendo dar luz a lo oscuro, con estética y belleza. No creo tener sello particular en lo que hago, busco siempre lo diferente, lo que casi nadie puede ver y trato de hacerlo visible en mis obras».

Confiesa sentir predilección por la obra del pintor camagüeyano Fidelio Ponce de León (1895-1949), a quien identifica como el artista que fue muy adentro de sí y lo pudo expresar con mayor honestidad.

«Cuando observo una pintura de Ponce soy capaz de vivir el momento de la creación y no es una experiencia fría, al contrario, es muy motivante», comenta, al tiempo que admite su gusto por los experimentos en las artes plásticas.

Cuando no pinta, el joven prefiere estar con los suyos (familia, amigos, relación). En ese tiempo busca respuestas a las interrogantes que luego dará forma en el lienzo, con el que mantiene un vínculo de íntima complicidad.

«Me expongo ante el lienzo con toda la desnudez de mis ideas y trato de vestirlas a través del pincel, este absorbe mis instintos en un acto real de creación, al que después le busco la coherencia, para expresar en trazos mi mensaje a los hombres».

Además de su pasión por la pintura, disfruta de la trova, el funk y el reggae; el color naranja lo identifica, y vive con su abuelita. Su bautizo como Chimendry, versión cubanísima, según el entrevistado, de un mago de alguna historia de animados que no recuerda, nació como apodo artístico en la Academia, y parece que asumió también lo mágico de crear que llevaba el mítico personaje.

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