La adolescente atormentada

Juana Borrero es una de las poetisas más flamantes en la historia de la literatura cubana. Un genio que falleció con apenas 18 años

Autor:

Melissa Cordero Novo

«Yo he soñado en mis lúgubres noches,/ en mis noches tristes de pena y lágrimas,/ con un beso de amor imposible,/ sin sed y sin fuego, sin fiebre y sin ansias...»
Juana Borrero

Nadie sabe lo qué ocurrió realmente esa noche en La Habana. El tiempo marcaba el cierre del siglo XIX cuando, el 18 de mayo de 1877, nació una niña con luz propia. Juana Borrero Pierra tenía un rostro diferente. De esos enigmáticos que desafían con apenas fruncir la pupila. Un rostro triste y dulce, una seguridad trastocada en el cielo de la casa, un cuerpo pequeño para encerrar tanta genialidad.

Cuba es su dueña eterna, y la guarda con celo en el umbral sagrado donde descansan los poetas. Juana fue una de las pocas niñas precoces que surgieron en esta Isla bañada por mares. Encantadora pluma y sin igual pincel, toda una maestra, desde edades muy tempranas, en ambas artes. Aún no cumplía la primera década de vida, cuando ya ofrecía muestras irrefutables de su talento.

A los cinco años de edad escribió Borrero sonetos con una técnica impecable, y plasmaba sobre el lienzo dibujos impresionistas que asombraron a profesores de la Academia de Bellas Artes de San Alejandro. Armando Menocal, prestigioso pintor de la etapa colonial en Cuba, al dirigirse a Esteban (padre de Juana) sentenció: «No tengo nada que enseñarle a su hija».

Juana alcanzó su madurez pictórica a los siete años. Prefería plasmar en sus dibujos a la naturaleza toda y a la gente humilde. Felipe Poey y Carlos de la Torre elogiaron, en más de una ocasión, el ingenio asombroso de la pequeña, insistiendo en la exactitud científica de sus creaciones. Y como el viento sube siempre de forma natural, Juana Borrero fue conocida, desde edades tempranas, por decenas de intelectuales cubanos.

Tormentosos poemas de amor y de los dolores de la patria fueron surgiendo de las manos de Juana. El papel se llenó de cuanto llevaba por dentro, y sus ideas sirvieron a la insurrección. Así conoció también al amor de su vida, Carlos Prío Uhrbach, quien supo corresponder a las ansias de ambos, partiendo a la manigua una tarde soleada. Aquel fue su último adiós.

A apenas un año de comenzada la guerra necesaria, la familia Borrero se vio obligada al destierro. Su complicidad con la insurrección fue el motivo cardinal. En enero de 1896 se establecieron en Cayo Hueso. Pero el fugaz tiempo cayó en forma de desgracia sobre la frente de Juana. Dos meses más tarde, el 9 de marzo, una fiebre tífica ahogó de un tajo la creación admirable de esta niña. Estaba por cumplir los 19 cuando se detuvo su aureola. Poco antes de fallecer, escribió su testamento lírico al que tituló Última rima.

José Martí fue también ferviente admirador de Juana Borrero, y en su honor ofreció una velada literaria. Julián del Casal, amigo personal de la poetisa, le dedicó estos versos: «Tez de ámbar, labios rojos,/ Pupilas de terciopelo/ Que más que el azul del cielo/ Ven del mundo los abrojos.

Cabellera azabachada/ Que, en ligera ondulación,/ Como velo de crespón/ Cubre su frente tostada/ (…) ¡Doce años! Mas sus facciones/ Veló ya de honda amargura/ La tristeza prematura/ De los grandes corazones».

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