El artista tiene que ser hijo de su tiempo

A sus 33 años, todavía el pintor recuerda con absoluta nitidez todos los problemas que le provocaron esas ansias incontrolables de dibujar que lo poseían

 

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

A sus 33 años, todavía el notable artista de la plástica Maykel Herrera recuerda con absoluta nitidez todos los problemas que le provocaron esas ansias incontrolables de dibujar que lo poseían. Sí, en efecto, practicaba con pasión la lucha libre (la sigue amando, pero ahora prefiere no poner en riesgo sus fabulosas manos), enloquecía cuando encontraba un piano cerca —estudió música en la Escuela Vocacional de Arte Luis Casas Romero—, pero el dibujo, sin dudas motivado por los atractivos proyectos de su padre arquitecto, se había convertido en una obsesión.

«De hecho mis maestros me preguntaban: ¿Será que tienes la carrera equivocada?», admite este joven que ahora conversa en exclusiva con JR.

Porque evidentemente no podía ser de otro modo; cuando estaba a punto de iniciar su noveno grado, Herrera supo que existía una escuela de pintura. «Nací en Camagüey, en el municipio de Vertientes, donde solo se habla de cosecha de arroz, de animales… Fue una bendición cuando descubrí que nadie me regañaría por dibujar en clases.

«Llegué a la escuela de pintura con unas expectativas enormes, pero me marché con una decepción muy grande. No me creía capaz de hacer esas obras que había visto. Comencé a prepararme junto al maestro Alberto Larré sin ninguna fe; pensé que todo había acabado. Pero me esforcé por ganar conocimientos, por avanzar y por tratar de engordar esa obra mía, hambrienta de tantas cosas.

«Me presenté y resultó que, como puse tanto tesón, de los más de 500 muchachos que respondieron a la convocatoria para que quedaran solo seis, cogí el uno en el escalafón. Ahí reapareció nuevamente mi fe. A partir de ese momento empecé a ver las artes plásticas de otra manera».

—Muy joven te aventuraste hacia La Habana. ¿Algún motivo en especial?

—Es que en mi pueblo no podía darme el  lujo de ser artista, a pesar de que ya tenía una carrera. La de mi pueblo es una vida muy digna, que respeto, pero no se correspondía con aquello para lo cual me había preparado y estudiado tanto. Por eso vine para La Habana, una decisión un poco traumática para mí y una familia muy apegada. Solo en la capital, empecé a vivir en un baño prestado, donde permanecí por unos cinco años. En aquel espacio solo cabía una cama. En ella dibujaba, comía, escribía, estudiaba, leía… Cuando llegaba la noche me angustiaba: ¿y también debo dormir encima de la cama? Un período muy dramático de mi existencia, y, sin embargo, necesario y que agradezco, porque de lo contrario no pudiera ahora hacerte el cuento.

«Llegué a La Habana siendo casi un niño, pero tuve la suerte de comenzar en el Centro Histórico de la ciudad, con Eusebio Leal y esa labor sensible, extraordinaria, que realiza. En ese entorno di mis primeros pasos acá, después de abrir una especie de estudio-galería en la calle Tacón. Por primera vez mi obra se encontró con un espectador ávido de apreciar y valorar mi propuesta. Al mismo tiempo colaboré con diferentes revistas y tuve la suerte de que Opus Habana se interesara en promocionar mi carrera. Así fui nutriéndome del fenómeno cultural-socioeconómico que palpita en esa zona, lo cual se tradujo en imágenes que hoy agradezco».

—¿Por qué La Habana en primera instancia, y no Camagüey, dueña de un movimiento cultural tan impresionante?

—Cuando era estudiante, no solo hacía mis trabajos en la escuela, sino que debía integrarme a los eventos de una provincia que, como dices, cuenta con un movimiento cultural muy fuerte: preparábamos exposiciones colectivas, estábamos en los salones Fidelio Ponce o en los de la ciudad, donde participaban las figuras más reconocidas del territorio: Joel Jover, Agustín Bejarano, Ileana Sánchez, Oscar Rodríguez Lasseria… Quizá porque era muy activo, mi nombre comenzó a conocerse. También mi tesis de grado contribuyó a eso, tal vez porque como artista siempre me he propuesto estrategias que van más allá de la creación de una obra, de los conceptos que la arman. Quería que mi propuesta se quedara en la conciencia, en la memoria de la gente. De ahí salieron obras como Transfusión geográfica, para la cual mi mamá me extrajo sangre dentro de la galería, con la que luego pinté en un lienzo la isla de Cuba de Juan de la Cosa.

«Más allá de la pintura, esa resultó una etapa muy performática y de instalaciones, que perseguía comunicar a partir de propuestas al estilo de Ejecución íntima o Coge tu arroz estético aquí, donde en medio de un Fidelio Ponce armé una bodega y despaché un arroz supuestamente estético. Las otras salas se quedaron vacías…

—Eso fue trampa…

—Tal vez… (sonríe). Pero colmó mis expectativas. Todavía hay personas que hablan de ese salón, donde obtuve el Gran Premio, y que conservan sus estuches. Estas obras, que eran muy atrevidas en el orden formal, me fueron separando del grupo de mi generación, mientras me ganaba un espacio en el recuerdo de las personas. Era una manera de sentirme premiado por mi trabajo.

—Entonces, cómo que Camagüey se fue quedando pequeña…

—No lo quiero decir de ese modo, porque amo a Camagüey, adonde regreso con frecuencia. La cuestión es que siempre he sido una persona muy inquieta, que no deja de aspirar a nuevas conquistas. Y la capital me permitía enriquecer aun más mi carrera y mi vida personal. En la medida en que lo he ido logrando, siento que se me quiere más en Camagüey y en Vertientes. Lo que sentí cuando me trasladé de Camagüey a La Habana, me ocurrió cuando dejé atrás a Vertientes, y es lo que me sucede desde que he ido conociendo otras culturas. Es muy satisfactorio comprobar que mi obra también funciona dentro de la vieja Europa, en el mundo árabe, con los asiáticos, en América… lo cual me demuestra que cuando se apela a la sensibilidad, no se resiste nadie.

—Tu labor se asocia más con la estética de series como Príncipes enanos, pero ha pasado por etapas creativas muy diversas...

—Mi primera serie se tituló Ysla for ever y hablaba de la necesidad de la conservación de la identidad, no solo del cubano sino también la personal. Después entré en …Luego existo, centrada en las imperfecciones de nosotros los seres humanos e invitaba a revisarnos como individuos. Luego en La Habana me inspiré en las personas que merodeaban mi existencia. Así surgió Anquilosis. Más tarde llegó Quimera en riesgo, relacionada con los sueños truncos del hombre. Esta dio paso a Príncipes enanos, donde la figura del niño se convirtió en un ente protagonista».

—¿Por qué el niño como centro?

—Porque la infancia constituye un símbolo que remueve la conciencia de las personas. Sin saberlo, de repente había encontrado un código que me permitía expresar lo que quería y sacudir al espectador. Siento que con Príncipes enanos mi obra alcanzó una repercusión mayor.

«Esta iconografía la dejé a un lado por un tiempo para tomarme una licencia y conformar, en seis meses, una exposición de pintura muy abstracta que nombré No veo nada, como un homenaje a pintores que influyeron mucho en mí, como Jackson Pollock. Esa exposición me demostró algo que ya sabía: mientras más experiencias y conocimientos se van acumulando, uno es más poderoso a la hora de expresarse.

«Después vino La verdad parece un cuento, que vuelve a incluir a los niños como figura protagónica. Parece una versión de Príncipes enanos, pero tiene cambios y experimentaciones sustanciales, que evidencian una imagen ligeramente diferente, no solo en el dibujo, sino también en los colores, en la agudeza de la iluminación, que crea una atmósfera, un drama dentro de una escenografía deudora de impresionistas como Monet, Manet; de posimpresionistas como Cézanne, Van Gogh…

—Has hallado un sello muy peculiar. ¿Cuál es la fórmula?

—Quizá la unión de muchas influencias. Reconozco que la pintura de Joaquín Sorolla me lleva de la mano, como también la del cubano Leopoldo Romañach o la de Ilya Repin. Mientras tanto, no solo en el concepto sino además en lo formal, he tratado de incluir la lucha de contrarios. O sea, he ido desde una pintura rigurosamente académica a una superespontánea, muy gestual, que desborda el desenfado o la locura, como ocurre con la obra de Jackson Pollock.

«Normalmente los artistas han sido eminentemente abstractos, hiperrealistas o expresionistas, pero yo me he decantado por la mezcla de esos dos extremos, lo cual suele ser muy peligroso; mas es un riesgo que asumo. En esa especie de dualidad, de reacción entre contrarios, he encontrado un camino muy personal. Esto apoya en el campo conceptual el deseo de invitar a reflexionar sobre el bien y el mal, la luz y la sombra; sobre lo que ha hilado el comportamiento de los hombres. Siento que es parte de mi responsabilidad como creador, porque el arte tiene que estar comprometido con la sociedad. El artista tiene que ser hijo de su tiempo. Yo he querido vivir con la fantasía de creer que un cuadro le puede resolver el mundo al hombre. Si alguna vez no logro dialogar con el público, ese día dejaré de pintar. Por eso La verdad parece un cuento empuja una filosofía alrededor de la paz, de la no violencia. Es una especie de traducción de los últimos males que atormentan a la humanidad, al tiempo que un homenaje a La Habana».

La verdad... viene a cerrar un ciclo que comenzó cuando Eusebio Leal te abrió las puertas...

—El trabajo desarrollado por Eusebio Leal y Opus Habana —que como si no fuera poco ahora me dedica la portada y una entrevista— merece que un creador le entregue todas sus fuerzas. La verdad..., integrada por 15 piezas, se realizó especialmente para este momento. La Habana ha sido un escalón esencial para mi carrera. Me ha dado las musas que un creador necesita. Esa deferencia de Leal y Opus Habana la agradeceré por siempre. En ella está el beso que le mando a la capital de todos los cubanos».

 

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