Figuración y abstracción se dan la mano

Las paredes del restaurante El Templete, en la Avenida del Puerto, acogen esta vez la exposición Encuentro, del artista Reynaldo Camejo 

Autor:

Toni Piñera

La diversidad es quizá la seña de identidad más definitiva del arte latinoamericano y, por ende, del nuestro. De ahí que no se trate, cuando hablamos de creación en este continente, de naturaleza de la imagen, sino de oficio y discurso. En ese rico maremagno de diversidades, una de las constantes de nuestra creatividad y, singularmente de su vertiente caribeña, es la fascinación por el color.

Al caminar hace poco por la parte vieja de La Habana tropecé con una interesante muestra, ubicada en el restaurante El Templete (Avenida del Puerto) donde las paredes acogen, cada mes, obras de artistas cubanos. Esta vez tocó el turno al artista Reynaldo Camejo (De las Casas, como firma sus creaciones) con la exposición Encuentro. Por cosas de la vida y... del arte, figuración/abstracción se dan la mano, en piezas diferentes; y en otras comparten la misma tela. En la muestra, que ya concluyó, pudimos observar que la gravitación de esa fascinación por la riqueza, por la exuberancia cromática, resulta como un fijo y final latido que da relieve también a su obra. En su caso particular, ese interés por el color es producto de, por un lado del sentido lúdico que forma parte esencial de nuestro carácter, por la propia luz del entorno; y, por otro, por esa mirada plural y amplia que vuelca sobre el calidoscopio en incesante/prodigiosa reconformación y reinvención de la realidad, sumando imágenes de los sueños y memorias...

De las Casas es graduado de la Academia de San Alejandro (1980), y toca una temática que en Cuba, a pesar de ser una isla rodeada de ese gigante azul que nos saluda, está casi olvidada y hasta obviada por los creadores nuestros en los últimos años: las marinas.

Por el paisaje comenzó su historia con los pinceles y creyones hace mucho tiempo. Y, de pronto, apareció el mar. Sereno o bravío, con rocas o arena, sin barcos y con ellos. Lo peculiar era que sus paisajes marinos tenían de lo real, pero también de todo aquello que sentía por dentro. Reynaldo Camejo de las Casas (La Habana, 1954) conserva viejas fotos, en blanco y negro, que fueron inspiración de lo pintado después. Son recuerdos del azul que un día empezó a acomodarse en telas y cartulinas. En sus trabajos, realizados en técnica mixta sobre lienzo, se observan reminiscencias de creadores de antaño, pues con mano diestra dibuja y desdibuja el mar con toda su personalidad, y sus estados de ánimo.

Pleno de detalles, hasta donde la mirada y el talento lo permiten, cuajado de intenciones plásticas y sentimientos diversos, respiran sus lienzos cuando desborda en él la naturaleza, que parece hablarnos con sus secretos. Allí, donde parece predominar la mancha del color puro, originada por una pincelada expresiva, la línea es la que conforma los sistemas-forma. Los exponentes más significativos en sus paisajes son aquellos en los que resuelve sus composiciones mediante un dibujo sintético y preciso. Los contrastes y las tensiones en sus creaciones refuerzan la expresión de lo emocional en cada uno de sus trabajos que constituyen una ventana hacia lo cubano.

Bregando por los terrenos del arte, se posó un día en las telas un universo abstracto, y su mano se guio por ese camino en el que se evidencia, a pesar de su acercamiento primero a la figuración, una afinidad muy cercana con esta corriente específica de la vanguardia. Y entonces dio rienda suelta al color, pero muy bien tratado y seleccionado, subrayándolo por encima de la formas geométricas. Así, en el entramado de manchas, puntos, líneas..., matizado por una elegancia y limpieza extremas, crea campos visuales de una intensidad poética. Su pintura, abstracta, combina los efectos agresivos del action painting con la serenidad de la pincelada que llevó a los artistas zen a recrear en sus dibujos un proceso mental de iluminación… Entonces aparecen por la superficie de las piezas signos que más que enigmas son misterio, como letras quizá. Todo transita en una quietud que solamente la velocidad extrema alcanza. Es, y ahí se entronca o encuentra su figuración, porque, sin proponérselo, sino sintiéndolo, va creando a su vez otro lenguaje pictórico que está en íntima comunión con la naturaleza. Y regresa a ella por otra vía. Su obra abstracta, es obvio, se inclina hacia un control que admite simultáneamente la relación sorpresiva que existe entre el trazo de la línea y el uso «lúdico» del color. De ahí que pueda participar dentro de esa corriente del arte que se ha definido como una poética de la indeterminación. Es decir, aquí la experimentación, también objeto del juego, asocia en un mismo plano el azar con la manipulación más o menos de los medios expresivos.

Un serio encuentro

De entrada, lo que sorprendió en la exposición Encuentro, en la que se mostraron alrededor de 20 piezas, donde el óleo, el acrílico... comparten espacio en los lienzos, y son los diversos recursos utilizados para componer un mundo donde, sin abandonar los caminos anteriores, emprende otros nuevos. La sintaxis de su lenguaje pictórico, más allá de romperse, se enriquece con formas tomadas de la realidad más evidente. Entonces llegan esos cuadros donde el paisaje (el mar) se encuentra con la abstracción y dialogan como un todo integrado. ¿Son olas o restos de ellas por el aire? ¿Rocas? ¿Estrellas en la noche? Constituyen una explosión de talento, porque en ambas tendencias se mueve a sus anchas.

No hay dudas en cuanto a que los colores resultan los de mayor efectividad en una comunicación con diversos tipos de espectadores. Esto torna atractiva la obra, independientemente, a veces, de su sentido y estructura. Colorear frente a la gente es atraerla hacia la imagen. La pintura del creador llega precisamente porque se ofrece solícita a distintos gustos. No se trata de una tendencia que quiere atrapar las sensaciones pasajeras que están en derredor, de un modo de pintar que enfrenta la calma y la tormenta, y de una solución del hacer personal que de alguna manera desentraña conflictos, no revelados de la individualidad.

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