18 instantes de una primavera

El décimoctavo Taller de la Crítica Cinematográfica en Camagüey mostró su vigor y energía renovados y ratificó la condición de evento imprescindible en lo que respecta a pensamiento en torno al séptimo arte

Autor:

Frank Padrón

Entre homenajes al cine que signaron su apertura y clausura —el período mudo que focaliza El artista y un intento de biopic al fundador Meliés en Hugo— transcurrieron los tres días del Taller de la Crítica Cinematográfica en Camagüey, que en su reciente 18 edición ratificó su condición de evento imprescindible en lo que respecta a pensamiento en torno al séptimo arte y mucho más allá.

Y ver durante esas noches las salas Guerrero y Nuevo Mundo repletas, pese a que sobre todo la primera no exhibe las mejores condiciones técnicas, y en momentos no precisamente floridos en cuanto a la asistencia de público a los cines, resultó verdaderamente gratificante y una prueba al canto del poder de convocatoria del evento.

Armados de sueños, con más ganas y esperanzas que posibilidades reales, 12 quijotes emprendimos el proyecto en el difícil 1993 respondiendo al llamado de los organizadores locales, Armando Pérez Padrón, Juan Antonio G. Borrero y Luciano Castillo, quienes diseñaron un encuentro sistemático donde quienes ejercen el criterio pudieran reunirse a debatir y compartir acerca de temas y problemas que el cine contiene y conlleva. A estos se sumarían realizadores, actores, técnicos y expertos en otras materias (in)directamente vinculadas a la pantalla grande.

De entonces a acá ha sido así; alternando cine internacional y cubano, pocas temáticas han escapado de su radio de acción: las conflictivas y decisivas décadas de los 60 y los 90 del siglo pasado en Cuba, las tendencias de la crítica y la misma cinematografía en el mundo, las nuevas tecnologías, los jóvenes realizadores, el casi desconocido y siempre misterioso Caribe, la diversidad sexual y cultural, el futuro del cine, la obra puntual de importantes autores de dentro y de fuera...

Desde el principio se sumó una programación complementaria que siempre ha puesto muy activas las salas camagüeyanas: ciclos vinculados a las mesas redondas donde puede reforzarse lo apre(he)ndido en la principal actividad: el intercambio teórico, y que ha contado con un amplio público receptivo y participativo, integrado en un alto por ciento por estudiantes, artistas y profesionales de los medios.

No menos ricas han resultado las actividades colaterales como presentaciones de libros, homenajes, exposiciones y conciertos. Y hablando de libros, no debe olvidarse que el taller, en coordinación con la editorial Ácana, generó el Concurso de crítica e investigación cinematográficas que premió y publicó textos relacionados con la especialidad, con lo cual dio un empujón a tan imprescindible ensayística, sobre todo en momentos en que esta resultaba escasa en el país. Y que de sus sesiones y programaciones emergió la Cátedra de Estudios Tomás Gutiérrez Alea, que no solo se ocupa de nuestro cineasta mayor sino de todo el cine cubano, sus entornos y contornos.

Tras una pausa que afortunadamente redundó en la reactivación de fuerzas, la toma de aire nuevo y el reinicio —el pasado año no pudo realizarse—, el taller acaba de conocer una notable edición, dedicada al no menos complejo y contundente decenio de los años 70 en el cine cubano, y a las apasionantes relaciones entre el audiovisual y la gastronomía; en tal sentido, fueron polémicas y motivadoras las ponencias y/o intervenciones de los colegas Joel del Río, Gustavo Arcos, Mario Naito, los fundadores del evento arriba mencionados y sus coterráneos, los profesores y ensayistas Olga García Yero y Luis Álvarez; así como las de la especialista en gastronomía María Esther Abreu y el culturólogo Desiderio Navarro.

Una verdadera fiesta significó la presencia del actor y humorista Carlos Ruiz de la Tejera, cuya labor no solo desbordó con creces la mesa en la que participó (dedicada al filme Los sobrevivientes, de Titón, donde integró su nómina actoral) sino que desplegó su talento y simpatía recitando cuentos y poemas a veces dentro de las mismas sesiones. A él, con toda justicia, se entregó este año el premio Cinema, que el Centro Provincial de Cine confiere a personalidades ilustres vinculadas con el séptimo arte.

No quedó detrás la variadísima y amplia programación fílmica que incluyó ciclos tan representativos y elocuentes como El cine que no se vio en los años 70, Los olvidados por el Oscar, Cine y gastronomía o El cine contemporáneo, así como presentaciones especiales de recientes y muy buscadas cintas cubanas como Fábula (Léster Hamlet), Juan de los Muertos (Alejandro Brugués) o Verde Verde (Enrique Pineda Barnet), cuyo realizador centralizó un provechoso intercambio con el público al final de la función.

También merece destaque la apertura de la exposición El Mardi Gras o el placer de la gula, de Ileana Sánchez, quien esta vez mostró, además de cuadros propios con una asimilación muy personal del pop-art, una colección de legendarios utensilios de cocina, pertenecientes al hogar encantado que comparte con su esposo y colega, el no menos célebre Joel Jover.

El 18 Taller de la Crítica Cinematográfica mostró su vigor y energía renovados; haciendo honor a su nombre, por tanto nada gratuito. Se trata de una forja de nuevos profesionales del criterio, un provechoso reciclaje de conocimiento y actualización para quienes desde hace tiempo lo ejercemos, además de un intercambio con el cual ganamos todos, insertos en ese torbellino mayor y aglutinante que significa la cultura cubana.

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