El cine polaco, más allá del Óscar

Una mirada a la recién concluida muestra de cine polaco que tuvo por sede a los cines de la capital

Autor:

Frank Padrón

Para que los numerosos amantes del cine polaco acudieran en masa a la sala de exhibición no era necesario que el ciclo esta vez se nombrara «Nominados al Óscar en el siglo XXI». Bien se sabe que ante cualquier muestra de esa cinematografía, que lideró la producción de Europa del Este durante las décadas de los 60-70 del siglo pasado, los espectadores de esta parte del mundo dicen presente; y el ciclo que acaba de concluir, inserto en la Jornada de la Cultura polaca en nuestro país, no ha sido excepción.

Tampoco lo fue la calidad de la retrospectiva, con o sin la dorada estatuilla made in Hollywood, incluso sin la nominación, aunque debe reconocerse que con tales avales cualquier cinéfilo de aquí y allá pone los ojos en esos títulos, aun cuando no figure esa producción entre sus favoritas.

Como ocurre siempre, resulta imposible reseñar todo lo que en esta ocasión se programó en el 23 y 12, pero vayamos a algunos de los títulos más motivadores.

La premier, Edi (Piotr Trzaskalski, 2002) sigue a un par de colectores de basura en las calles de una gran urbe: el que da nombre al filme y su colega Jureczek, de menos luces, mal viven en una fábrica a punto de ser derruida. Los desencuentros entre ellos y dos gánsteres que dominan todo el barrio, la hermana de estos y un niño fruto de otra unión, pero que asume el protagonista, dan médula a un filme cálido, bien armado y sensible, al que solo habría que señalar dos aspectos: lo excesivamente pusilánime del personaje central, y la incidencia de una música, no solo redundante, sino excesivamente efectista, que amenaza llenar de una atmósfera «melo» una obra que, afortunadamente, no lo es.

Receptora de cinco galardones y de otros tantos premios en los Polish Films Awards, Pornografía (2003), de Jan Jakub Kolski, se presentó, como diríamos en buen cubano, como más rollo que película. Aclaremos que el término que intitula, aunque asociado generalmente a lo sexual, es etimológicamente mucho más amplio: todo lo que implica prostitución, dejación de principios ante fines utilitarios (políticos, sociales, económicos...) merece tal calificativo, y es así que esta cinta, que adapta una obra filosófica del célebre dramaturgo y novelista Witold Gombrowicz, trasciende lo puramente erótico, a pesar de que por supuesto lo incluye: en el año 1943, en territorios polacos ocupados por el III Reich, un director de cine y un escritor llegan a la mansión de un amigo, e ignorando la cercana contienda, manipulan a los lugareños mediante un morboso juego.

Sugerente la reflexión en torno al doble filo del cine y el arte todo, sobre lo lúdicro que ante la guerra adquiere connotaciones peligrosas, y sobre las siempre apasionantes relaciones de Eros y Tanatos, pero el director extravía el pulso ante disquisiciones fatigosas, mediante circunloquios narrativos que restan fuerza al relato, y debido a la presencia de subtramas poco o mal desarrolladas. ¿Qué resta?: Una conseguida ambientación, varias escenas formidables y ciertas actuaciones (no solo protagónicas) de no poca estatura.

Sin dudas, uno de los mejores momentos de esta muestra polaca lo constituyó Reverso (2009, Boris Lankosz), farsa ambientada en 1952 que elige el blanco y negro como gama expresiva de inmensurable fuerza, y donde apenas unos fotogramas centrados en la actualidad exhiben (otros) colores. Sobre el poco éxito amatorio de una oscura editora de poesía, chantajeada por un funcionario que finge interesarse en ella a cambio de información comprometedora, versa este corrosivo filme, donde el humor negro —que abarca el ingenioso diseño de personajes—, el suspense y la sátira política juegan sus mejores cartas, y claro que ganan, incluyendo el desempeño sobresaliente de Agata Buzek, el cual, sin embargo, no eclipsa el del resto de sus no menos destacados colegas.

Un clásico del Nobel literario Henryk Sienkiewicz (Quo Vadis?), tras su conocida versión norteamericana, llegó bajo el lente del veterano Jerzy Kawalerowickz (Faraón, Madre Juana de los Ángeles…) en un soberbio rodaje de 2001, y el adjetivo no es gratuito: se trata de una monumental superproducción donde la dirección de arte y la reconstrucción epocal —como se sabe, inicios del cristianismo en la Roma del siglo I— obstentan el cuidado y la exquisitez propias de ese gran artista; pese a sus 160 minutos, la historia desarrollada bajo el sangriento reinado de Nerón no decae en momento alguno.

Por último, Todo lo que amo (2009, Jacek Borcuch) avanza hacia los años 80, y rastrea a un grupo de jóvenes amantes del rock-punk en la costa polaca, concretamente a la pareja que forman Janeck y Basia, cuyos padres sostienen posturas ideológicas radicalmente opuestas, lo cual, obviamente, los distancia.

Bajo la aparente ligereza de los conciertos, las travesuras juveniles y el romance, el guionista y director emprende una disección de la compleja realidad histórica que vivió el país, que vincula admirablemente las peripecias de los personajes con el difícil contexto, así como las disonancias intergeneracionales y políticas, desde elaborados rubros como la dirección de arte, la edición y las actuaciones.

Análisis desprejuiciado y objetivo de la historia, como una inteligente manera de entender el presente, sangre nueva que preserva la huella profunda de los maestros del pasado, y continuidad en las búsquedas estéticas y conceptuales, caracterizan el cine polaco contemporáneo, ese que, al margen de premios y festivales (aunque muchas veces triunfando en ellos) obtiene siempre el que le otorga su fiel público, dentro del que se sitúa privilegiadamente el nuestro.

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