Creaciones compartidas en el Pabellón Cuba

JR invita a pasar por el Pabellón Cuba, donde no faltan atractivas propuestas que esperan por una gota de complicidad que haga germinar el arte

Autor:

Jaisy Izquierdo

Con la Bienal el Pabellón Cuba se ha convertido en una galería del arte contemporáneo, ese que se complace en romper convenciones y convidar al público a ser consumidor activo, un detective sagaz de ocultos sentidos, o el artista que da el toque final a una obra que quedaría irremediablemente a medias sin su intervención.

Aquellos que todavía piensan que en los recintos sagrados del arte el silencio debe reinar, no podrán descubrir los misterios que esconde la Calle, transitada por el diseño del joven cubano Mauricio Abad, quien juega para ello con las facilidades de los nuevos medios y las tecnologías.

Mauricio, recién graduado del ISA, cuenta a JR que su videoinstalación interactiva está diseñada para que cuando las personas lleguen a este espacio silencioso, oscuro y aislado se encuentren solamente con un texto que reza: «Existe el silencio pero si gritas la vida se llenará de color».

«A partir de aquí la obra desarrolla todo un conflicto con el espectador, pues si eres uno pasivo no encontrarás nada; pero si eres uno activo te percatarás que si emites algún tipo de sonido, ya sea al gritar, aplaudir, o golpear las paredes, la obra te responde y te revela un conjunto de entrevistas de personas que en la calle te revelan sus experiencias», explica Abad, quien realza la presencia de un público dinámico, atractivo y juguetón con las obras que se exponen en el Patio de la juventud cubana.

Por eso, los que conserven aún las normas antiguas, que sobrevaloran el arte al nivel de reliquia inmaculada que solo debe ser tocada por la admiración, se sorprenderán con las sandalias de geisha creadas por la artista brasileña Lia Chaia, cuyas suelas de madera en forma de flechas incitan a «ponerse en los zapatos del otro», a andar en sentido contrario, experimentar los riesgos del movimiento, o inventar nuevos caminos desorientados.

La mesa de billar del cubanoamericano Tony Labat, que ajusta su forma a la del archipiélago cubano, apuesta por lo lúdico en un Encuentro irregular, dimensión del campo, donde los jugadores, taco en mano, harán entrar bolas por troneras desde Pinar del Río a Guantánamo.

Propuestas inconclusas sin la presencia de un público sensible, dispuesto al diálogo y a la creatividad, serían proyectos como ADN, del colectivo Quintapata, de República Dominicana; Cuerpo hay, de la chilena Nury González; y Con todo el gusto del mundo, de Grethell  Rasúa.

Resulta gracioso constatar la imaginería criolla activada en la primera pieza mencionada, que regala chicles para que luego de ser mascados estos sean pegados en el lugar de las videoproyecciones que más le plazca al espectador. Burlones dientes de Drácula, cicatrices, lazos y cuernos para la cabeza de un locutor que sin moverse no para de hablar sobre supuestas reglas para mascar chicles, son modelados a estirones por los asistentes, quienes se gozan en transgredir y ridiculizar así dichos estatutos.

En nueve espejos con textos autoadhesivos, que citan fragmentos de Escritura y temblor, Nury precisa de un ser humano que ante su propia imagen pueda interiorizar que «cuerpo hay ahí donde hay percepción», como escribiera el poeta Patricio Marchant. Mientras, Grethell depende de los encargos de sus clientes para poder confeccionar pendientes, dijes o sortijas, realizados con desechos corporales —sangre, semen, pelo, uñas…—, según el diseño que a cada quien se le antoje.

Experiencias miles para pensar que todos somos Sospechosos, cuando al pasar dinteles metálicos, el español Cuco Suárez, haga sonar sirenas acusadoras; para sentir el Vértigo en el interior de una casa bocarriba, creada por el grupo alemán Haubitz-Zoche; para caer ante los caprichos de la flor roja que creció sin saber cómo en el medio de un largo corredor de tinieblas, por obra de la cubana Naivy Pérez; o para que se te active la Paranoia, si la joven Susana Pilar Delahante maximiza tu imagen a tus espaldas en una pared en la que una mirilla te convierte en el blanco certero de todos los presentes.

Así, el espacio expositivo Creaciones compartidas, más que la confluencia de artistas en torno a una temática común, se propone, bajo la curaduría general de José Manuel Noceda, «la comunión entre las obras y el público, que de esta manera trasciende su papel de espectador para convertirse en colaborador, en la persona que completa las piezas que presentamos», expresa Rewell Altunaga, quien acompañó a Noceda en la propuesta curatorial de la muestra.

Altunaga participa además con la obra audiovisual The Journey, que confronta directamente al espectador al combinar los códigos del mundo de los videojuegos con agudos mensajes de corte filosófico-existencial.

Para Rewell lo más significativo de esta Bienal radica en «la inserción unísona de artistas renombrados como Marina Abramovic, Hermann Nitsch, María Magdalena Campos o Jorge Pardo, y nuevas promociones de creadores cubanos, recién graduados del ISA, que en poco tiempo han logrado tener una emergencia sólida no solo en Cuba y que ahora se suman sin temor en un evento como este.

«Esto es un logro importante del arte cubano que padecía de la falta de reconocimiento a estos artistas, y que reiteraba constantemente a los que hasta la década de los 90 habían ganado un reconocimiento. Excepto algunos que emergieron a principio de 2000, todos los demás cayeron en el saco del llamado “arte joven” o “arte emergente”, y de alguna manera con esta Bienal se da una dignidad al trabajo de alrededor de 28 de estos jóvenes artistas, muchos de los cuáles exponen en Creaciones compartidas».

Compartamos, entonces, muchas de nuestras pisadas por el Pabellón Cuba, donde no faltan atractivas propuestas que esperan por una gota de complicidad que haga germinar el arte.

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