El juglar de las guerreras - Cultura

El juglar de las guerreras

El tradicional Sábado del Libro de la Plaza de Armas, propone para el día 21 la primera novela de Antonio López Sánchez, quien dialoga ahora con JR

Autor:

Alain Gutiérrez

Llegué a la taberna a la hora indicada. Adentro olía a cerveza y el tufo a ron te golpeaba cada vez que alguno de los clientes gritaba su parecer. Caminé entre escudos, cotas, piezas de armadura y mucho ruido. Mi entrevistado me esperaba, como en la mayoría de las novelas, en la mesa del fondo. No llevaba armas. Solo un gastado laúd acompañaba a la tradicional jarra de cerveza. A horcajadas me senté en el banco. Saqué mi tintero, la pluma de ganso y el rollo de papel. Miré a Glajur y le dije: ¿Comenzamos?

Así pudo haber sido esta entrevista. Pero no estaba frente a Glajur, sino con Antonio López Sánchez, el creador de este personaje. Y la taberna, pudo haber sido cualquiera de los muchos lugares donde coincidimos y alimentamos esta amistad que nos une desde hace ya muchos años.

Recién salida, ya no del horno, pero aún caliente de los complicados caminos de la distribución, está Las Guerreras de la Luz, su primera novela. Un grupo de muchachas, sobrevivientes del ataque de un brujo, acompañadas por un colibrí, luchan por salvar su isla del embate de la magia negra. Las Guerreras… es una historia que engancha desde el primer capítulo y te suelta en el último, agotado y sudoroso, pero feliz de haber vivido una extraordinaria aventura.

—¿Cómo llegas a una novela como Las Guerreras de la Luz?

—Creo que esa llegada tiene dos vertientes. Por mi parte, todo comenzó quizá cuando me decidí por el periodismo, como vocación y como vida, y al que le he dedicado ya algunos años como escritor. Un día me enteré de un concurso literario que implicaba de alguna manera reescribir a El Quijote en Cuba. Me gustó la idea, envié un texto y gané. Debo decir que dos de los jurados eran Reynaldo González y Leonardo Padura; lo cual no significa, por supuesto, que yo escriba a la altura de semejantes maestros, ungido por recibir de ellos algún beneplácito, pero es innegablemente estimulante. A partir de ahí, decidí tomarme la literatura más en serio, con paso y graduación por el Centro Onelio incluido. Por suerte, y pensando en los muchos concursos que uno pierde (o que no gana, como dice mi compañera), esa mínima victoria me hizo decidirme a mayores empeños. Y en eso estamos desde entonces, empeñados.

«La otra vertiente, ya absolutamente ajena a mi voluntad, fue un oleaje que el azar concurrente arrimó a mi favor. Se presentó una oportunidad, la aproveché, y se convirtió en novela. Con algo de magia, y con mucho de esfuerzo y de trabajo propio, y de un gran equipo de personas».

—Las mujeres son las protagonistas de esta historia. ¿Es solo por un compromiso editorial?

—No es para mí un compromiso darle el peso al sexo femenino como centro y protagónico en una historia. Es un misterio, un placer y un ejercicio literario que de seguro todavía ni siquiera alcanzo a descifrar en todas sus posibilidades y magnitudes. Tengo publicado un libro de entrevistas (Trovadoras, con la Editorial Oriente), más algunos cuentos y poemas, todavía inéditos, y otro par de ideas por escribir, donde también las mujeres son protagonistas o destinatarias. No me resulta nada forzado, por el contrario, es un ejercicio de escritura y pensamiento muy difícil y, por tanto, muy gratificante cuando uno al menos logra rozar el hacerlo de modo satisfactorio.

—¿Por qué un colibrí como personaje? ¿Se te «escapó» tu pasión por la trova?

—Aclaremos que hablamos de Albor de Luz, el guerrero mágico que la claridad envía en ayuda de las protagonistas de la novela y que es, efectivamente, un colibrí. No había pensado, en verdad, en esa relación. Quizá fue inconsciente, pues la trova ya es inevitable que me ronde, en todos los segundos y en todas las visiones, como diría el Aprendiz. Por otro lado, siempre he sentido una tremenda fascinación ante la belleza y energía de colibríes y zunzunes. Ahora, al escribir la historia, sí me gustó mucho que «el muchacho», fuera, en este caso, en vez de príncipe o superhéroe, un personaje tan singular. Tal vez, para definir en algo esa pasión escapada, me ayude en respuesta una frase del propio Albor: Ningún bien es pequeño.

—Cuando escribías la novela, ¿a quién o quiénes tratabas de no parecerte?

—Por vanidoso que parezca decirlo, huía de los «monstruos» del género. No porque mi talento fuera capaz de alcanzarlos, sino porque mi buena memoria es una tramposa que muchas veces me devuelve cosas leídas enmascaradas como propias.

«A conciencia, traté de alejarme todo lo que pude del maestro John Ronald Reul Tolkien y sus geniales anillos y señores. Huí de Emilio Salgari, otro inmortal, porque sus combates, con Sandokán y el incombustible Yañez de Gomera a la cabeza, todavía suenan en mis oídos después de leídos. Principalmente de esos dos enormes escritores, Tolkien y Salgari, aunque hay algunos más en la lista. En terrenos de intramuros, intenté lo más posible alejarme de Daína Chaviano, otra de las indiscutibles cumbres de estos predios. Porque la leí ferozmente en mi adolescencia y sigo hoy admirando muchísimo su gran estatura de escritora.

—¿Para qué público la escribiste?

—Con toda honestidad, edades aparte, creo que cualquiera a quien le guste el género épico y fantástico podría disfrutar de este libro. Tal vez por mayores cercanías a sus fantasías originarias individuales, o por dos o tres de los sucesos y personajes de la novela, puede que sea la adolescencia el supuesto público meta. Pero te repito, cualquiera con fantasía aún por sentir y disfrutar, puede acercarse a esta novela.

—Yo que te conozco, sé que eres parte hombre de hoy y parte caballero de antaño. Si pudieras inventarte en otra época, ¿qué título, estandarte y gracia hubieras tenido?

—Creo tener más de caballero andante (incluso casi siempre sin Rocinante), que de noble señorío titulesco, pues estos últimos, títulos y señores, siempre me lucen sospechosamente parecidos a molinos, aunque a veces aparenten ser gigantes. O quizá, tengo de juglar, pues vivir contando (¿cantando?) lo que veo y pienso, de feria en feria o de página en página, es también uno de los sinos que me rondan. En resumen: títulos: los de mis libros, y que ojalá me falten muchos por ganar; estandarte: una mujer desnuda saliendo de un tintero hecho en el hueco de una guitarra, a relieve sobre un pliego escrito, fantástico pero cierto, con alas y con mar alrededor. Y gracia, pues toda la que orishas, santos, suertes y públicos en lectura quieran otorgarme.

—¿Es Las Guerreras de la Luz tu única novela?

—Es mi única novela publicada (y añado aquí, y ojalá se cumpla), por ahora. Tengo un proyecto con varios personajes que rondan por algunos cuentos ya escritos, pero todavía está muy verde. También un par de historias en trámite de encaminarse al tren de las editoriales, a ver si logran asiento en algún libro. Y ya hay otra novela en pañales, pasando de las ideas a las páginas escritas. En cuentos, poemas e investigaciones musicales y troveras, también hay lo suyo. Esperemos que todos lleguen a vivir en páginas públicas.

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