Pasajero de un largo viaje - Cultura

Pasajero de un largo viaje

Juventud Rebelde se acerca al versátil actor Osvaldo Doimeadiós, recientemente galardonado con el Premio Nacional del Humor 2012

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

«¿Te apetece un cafecito de la bodega?». Solo un único chiste se permitió en su conversación con Juventud Rebelde el extraordinario actor Osvaldo Doimeadiós, flamante premio nacional del Humor 2012. Una distinción que él cree que quizá aún no merecía, sobre todo porque, enfatiza, no son pocas las figuras a quienes se les debe tamaño reconocimiento. Y comienza a nombrar: Alejandro García, «Virulo», Blanquito, Mario Aguirre, Mario Limonta, Cirita Santana, Carmen Ruiz, Olga Lidia...

Lo cierto es que en Cuba muy pocos deben poner en dudas el hecho de que el Doime no lo tenga bien ganado. Pero ello no impide que el fallo del jurado no lo haya tomado por sorpresa. «No me lo esperaba. Una amiga en un correo electrónico intentó ayudar a explicármelo, y quizá le asista razón: este es también un premio a una generación, y lo agradezco, de veras».

—Uno imagina que el humor te acompañó desde muy pequeño...

—Mira, provengo de una familia tradicional cubana, de esas donde se hacen chistes, bromas, pero no puedo decir que ese haya sido un rasgo distintivo de la mía, en la cual siquiera estaba la veta artística. Soy el primer actor entre mi gente... Sin embargo, durante mi niñez en Holguín, tuve la posibilidad de involucrarme en la radio. Tal vez ahí estuvo la cimiente de lo que vino después.

«En verdad soy una persona más bien callada y seria, aunque siempre el humor ha estado presente en mis relaciones con los amigos, en mi propia vida. Ya en la Vocacional hacía mis cositas y luego vino el Instituto Superior de Arte (ISA), donde tuve la suerte de que mi profesora Ana Viñas, una de las grandes actrices de Cuba, poseyera un sentido aguzado para la comedia. Fue una suerte que halláramos una persona tremendamente exigente y al mismo tiempo muy capacitada y abierta, sobre todo para con los actores con cierta vis cómica, algo que en la academia, por lo general, se dejaba a un lado, debido a que se concentraba en lo más ceremonioso.

«Así, casi como medio en broma, en el quinto año de la carrera varios estudiantes becados empezamos con nuestras improvisaciones, que trascendieron los muros del ISA. De repente, comenzamos a coincidir con otros grupos de Matanzas, Santa Clara, Cienfuegos..., que también hacían humor. Descubrimos que eran comunes las inquietudes por los temas que tratábamos, por la manera de abordar y criticar fenómenos como la burocracia y otros males de la época. De esa manera surgió Salamanca, donde reinaba una fiebre creativa tremenda, y que se mantuvo hasta 1996. Salamanca constituyó como una especie de laboratorio.

«Esos años de finales de los 80 fueron muy productivos, porque nos pasábamos lo que nos caía en las manos: lo mismo un casete de un comediante argentino que un disco de Les Luthiers, un libro de Leo Masliah o las cosas de Fontanarrosa, y mientras tanto revisábamos lo que nos había antecedido en Cuba. Salamanca fue la primera vez, la génesis. Es evidente que cuando llegué a la televisión con Sabadazo, ya había recorrido un camino y encontrado un lugar dentro del humor...».

—Entonces, no eras el chistoso de la familia...

—No, no, no. Mas era hábil para hacer voces, imitar a los profesores, a personajes de la tv y de los dibujos animados... Yo, como se dice en buen cubano, las «mataba calla’o», pero siempre he sido muy contenido. Tal vez en ello radique una de mis fortalezas para la comedia: la contención de todo para que el arranque venga por sorpresa. Así nos lo aconsejaba Ana en sus clases. Yo lo he tomado como una premisa y me viene bien, porque soy un poco así.

—Con esas características me cuesta verte decidido a estudiar actuación...

—No eres el único. La gente me decía: «¿¡Actuación!? ¿¡En el ISA!?». Me miraban de arriba a abajo, como preguntándose qué tenía yo que ver con eso, pues no reconocían en mí, lo entiendo (sonríe), al galán, que es lo primero que las personas juzgan. Pero mi convicción era total. Quienes me conocían lo tomaban como algo pasajero, pero me convertí en pasajero de un largo viaje.

—¿Pasaste por la ENA antes de llegar al ISA?

—No, en aquel momento no te permitían ingresar desde la Vocacional, con noveno grado, en la ENA. Por tanto, me vi obligado a presentarme a los exámenes del ISA, que fueron una tremenda odisea, pues se realizaron en Santiago de Cuba y no teníamos nociones de nada. Cuando llegamos nos dijeron: Se pidieron tales parámetros y tales cosas, pero no me callaba: Es que yo me sé un monólogo y un poema... Recuerdo las caras de Flora Lauten y Sonia Pérez Bioti... Para que las dejara tranquila me dijeron: A ver, haz lo que traes (sonríe). Fue tanta la convicción que le puse que creo que por cansancio me aceptaron. Era mi último tren, si no me montaba ahí... Y sí, fue un tránsito difícil, pero en el ISA me tocó una etapa gloriosa por muchas razones. Los 80 fueron años de respiro a nivel nacional, y la escuela contaba con un claustro que constituía una referencia.

«El hecho de no ser de La Habana y estar becado resultó otra manera de crecer intelectualmente, porque la beca era un hervidero de ideas. Todas las noches nos íbamos al teatro, a la Cinemateca, veíamos tres películas al día... Una etapa muy provechosa, de discusión, de análisis sobre el arte y la cultura, cuando finalizaba cada jornada».

—La entrada al ISA significaba realizar el sueño de convertirte, supongo, en un actor dramático. ¿Te molesta entonces que se te relacione más con el humorista?

—Para nada. Pero sucede que a veces te ponen a elegir en el medio donde te desarrollas, como si se tratara de la florecilla que deshojas para saber si te quieren o no. ¡Y es una sola flor! En algún momento en el ISA, efectivamente, cuando empezamos con Salamanca, sentí que eso creaba cierto desconcierto, pero yo tenía, y tengo, fe en el humor. De hecho pienso que este me hizo mejor actor dramático, porque me permitió estar en contacto con los más diversos públicos en los escenarios más disímiles, en las mejores y en las peores circunstancias. Y claro, cuando luego enfrentas un personaje de otra envergadura esa experiencia anterior te ha ayudado a conocerte mejor, a conocer la psicología humana, al medio.

—Realmente el Doime es un actor integral que ha podido adentrarse en la radio, el cine, la televisión...

—Mira, los actores y actrices somos instrumentos de nosotros mismos. Y si de una guitarra o de un piano puede nacer desde una sonata clásica hasta una guaracha, también del cuerpo del actor pueden salir las más increíbles melodías. Solo hay que aprender a tocarlo. Sin dudas, ese tránsito por los diferentes medios me ha aportado mucho, porque cada uno condiciona una manera de proyectarte, y de ese modo poder amplificar o reducir tu histrión, en dependencia del contexto donde te encuentres. He tenido esa suerte, incluso aunque no lo haya hecho todo bien. Uno se equivoca, da traspiés, pero es la única manera de caminar.

—Con el teatro el vínculo ha sido más visceral...

—Desde el principio. Cuando me gradué y fui a realizar mi servicio social en Moa, integré el colectivo de Teatro del Este, bajo la dirección de José Oriol. Luego estuve vinculado al proyecto Teatro XXI, de Armando Suárez del Villar, lo cual me posibilitó estar en importantes piezas como El becerro de oro y Mascarada Casal. Asimismo, durante cinco años estuve vinculado a la docencia como profesor de actuación de los alumnos de canto del ISA y de la filial de Holguín del Teatro Lírico Rodrigo Prats. Antes había tenido experiencias con el musical. A finales de 2002 empecé a trabajar con Raquel Revuelta en su último montaje, Tartufo, que se estrenó a principios de 2003. Ese mismo año me uní a Carlos Díaz. Todos son afluentes que convergen en ese caudaloso río que es el teatro.

—Sin embargo, la relación con Teatro El Público ha sido decisiva, fundamental en tu carrera, según has afirmado...

—Y mucho. Teatro El Público ha constituido el lugar donde le he podido dar curso a todas mis inquietudes sobre el teatro, sobre el trabajo del actor. Siento que he sido uno antes de formar parte de Teatro El Público y otro después. Y es que Carlos Díaz es un creador con quien se establece un diálogo profundo, constante. Él me ha escuchado, y soportado además, porque los actores también tenemos nuestras neuras. En estos nueve años, esta compañía ha resultado una verdadera escuela, porque los actores siempre somos estudiantes de actuación.

«Muchas han sido las puestas que me han marcado desde que debuté con Ícaros: Santa Cecilia, Josefina la viejera, Arte, La puta respetuosa, Fedra... Es que cada montaje de Carlos es distinto. Y bajo su amparo también hice Aquicualquier@ o Las viejas putas, que dirigió Juan Carlos Cremata... Todas muy significativas para mi carrera».

—Hacías referencia a Aquicualquier@, que te muestra en otras facetas...

—Esa labor que desarrollamos en los 80 nos hizo crecer en todos los sentidos, porque no éramos directores ni guionistas, ni escenógrafos..., pero la necesidad nos obligó a asumir esas responsabilidades. Gracias a ello he escrito para la televisión, aunque no me considero guionista, y he dirigido espectáculos diversos. Me lo planteo como personajes: ahora voy a interpretar, me digo, el personaje del director o el del guionista. La clave está en creértelo mientras lo haces y luego no creértelo. Porque ciertamente lo que me interesa es seguir siendo actor.

—Hay muchos personajes tuyos que han calado en el gusto popular, como Margot...

—Margot salió casi por azar. Ya te digo: Salamanca era una fiesta interminable, y un buen día llegué a un ensayo haciendo esa voz y todos se rieron. Después nombré Margot a esa voz y empecé a jugar con ella. Así fue naciendo. Cuando Pulido me llamó para Sabadazo y me pidió que interpretara un personaje femenino que debía ser la esposa del encargado, de Churrisco, le propuse hacer un personaje más autónomo. Le aseguré que ya estaba listo pero no era cierto. Lo cuento en Aquicualquier@: llegué a la casa y con la ayuda de Vilma, mi mujer, comencé a ponerme almohadas por todas partes y funcionó. Lo llevé a Sabadazo y se quedó. Quizá por todas esas fabulaciones que lo distinguen, ha sobrevivido más de 20 años. De ese mismo modo surgieron Feliciano; Domingo Díaz, el bolerista, el Padrino... Pero con Margot muchos se identifican, porque posee cierta nobleza e ingenuidad, a pesar de lo zafia que se pinta.

—En la actualidad el humor se «vende» muy bien...

—Sí, hay algunas deformaciones asociadas al humor que se hace en determinados contextos, como los centros nocturnos. Se han cometido muchos disparates a la hora de programar, de diseñar espacios, donde a veces se apela a lo que es más fácil para llenar y ganar dinero. Eso ha sido contraproducente para el público y para el propio humor.

—¿Crees que con el tiempo haya variado la mirada que se tenía del humor en Cuba?

—Creo que el Centro Promotor del Humor ha ganado no pocos espacios y ha logrado que muchas personas lo valoren de manera distinta. Pero continúa siendo nuestra tarea diaria dignificarlo. También a veces se juzga por su peor costado, cuando en cualquier disciplina del arte hay cosas buenas, regulares y malas.

«Somos una nación, cuya identidad también ha sido expresada desde el humor, tanto en la literatura, como en la música, la gráfica, el cine y el teatro, por supuesto. De hecho, la reafirmación de nuestra nacionalidad pasa por el teatro bufo, expresión de lo criollo, lo cubano, lo vernacular. O sea, cuando se mira de soslayo y se considera un arte menor, se intenta obviar esa parte de nuestra vida cultural, y se está atentando contra nuestras raíces, nuestra idiosincrasia. De todas maneras, siempre habrá que apostar porque todo lo que se haga y se lleve a los medios, a los teatros, sea de la mayor calidad posible. Es una batalla que hay que ganar en el día a día».

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