Todavía, un artista romántico

Este incansable y prestigioso creador dialogó con JR acerca de cómo descubrió su camino en el mundo de las artes plásticas

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

¿Quién le hubiera dicho a Joel Jover que, predestinado como estaba a convertirse en pescador o cargador de muelle, llegaría a ser, con el tiempo, uno de los artistas de la plástica más reconocido de Cuba? Pero sucedió que, en su caso, en los primeros años, su vida transcurrió al estilo de las buenas novelas. «Soy de Puerto Tarafa, un pueblo muy pequeñito al norte de Camagüey, donde nací en 1953. Como mi padre era estibador del puerto, y mi madre, ama de casa, no teníamos ninguna referencia del arte. Lo más lejos que yo había llegado era a leer a Emilio Salgari y Julio Verne.

«Sin embargo, me sucedió algo muy interesante: una vez un grupo de alumnos fuimos a la biblioteca de Nuevitas en la cabecera municipal, y nos encontramos con que habían montado una exposición. Ahora, con el tiempo, imagino que era de paisajes marinos. Entre nosotros iba un muchacho, hijo del antiguo superintendente del puerto, quien empezó a contarnos que su padre lo había llevado en La Habana a ver una exposición. Nunca olvidaré que mencionó las palabras “arte abstracto”. Entonces comenzó a describirlo: círculos, triángulos, cuadrados... Aquello me motivó tanto, que cuando llegué, hice mi propia versión del arte abstracto en hojas de una libreta, con ayuda de un cartabón, y lo pegué en el cuarto.

«Al otro día les mostré a mis amigos mi exposición. Para serte franco: eso pudo haber terminado ahí, pero en 1967 dieron a conocer la convocatoria para la primera Escuela Provincial de Arte. No era hábil en el dibujo, como otro amigo mío que, igual que yo, se había propuesto salir de Puerto Tarafa de cualquier manera, becarnos a toda costa.

«Como a él le gustaba más la Marina Mercante, decidimos mandar también la solicitud para la Escuela de Pesca Andrés González Line, con el objetivo de entrar luego en la Marina Mercante. Nos iríamos para donde nos confirmaran primero, que resultó ser la escuela de arte. Total, mi estancia solo duró dos años, pues me expulsaron porque me escapé. Es decir, que técnicamente no me ofreció nada, pero me sirvió para saber que quería ser artista. A partir de ahí empezó toda la historia», cuenta a Juventud Rebelde este incansable y prestigioso creador, quien en estos momentos prepara entusiasmado su próxima entrega artística, Las visiones de Robinson Crusoe.

—¿Cómo te hiciste entonces de una técnica? ¿Cómo descubriste tu camino?

—Cuando me sacaron de la escuela, me fui para La Habana y me formé como instructor de arte. En 1970, trabajando ya como tal, empecé a pintar, mas de un modo algo peculiar, como consecuencia de ser prácticamente autodidacta. Yo me he visto obligado a aprender la técnica pintando. Por ello es que he desechado el estilo totalmente en mi obra. En un principio eso me torturaba. Después me di cuenta de que ahí radicaba mi manera de afrontar el arte. El mismo Picasso decía que si querías dibujar una chiva y nunca lo habías hecho, no dibujaras la chiva, sino otra cosa, o algo que se le pareciera. Yo he intentado sortear los obstáculos de mi falta de academia y tratar de sacarle partido a esa libertad del autodidactismo, que me ha permitido no tener que atarme a nada.

«En todos estos años, me he movido por muchos caminos. Después de esa primera exposición de dibujos del 70 —estuve en el ejército desde el 75 al 79—, realicé la que considero la más importante de mi carrera, incluso ahora: Versiones y diversiones, en el 80. En ella me propuse ir contra todo lo que entonces entendíamos como paradigma del arte cubano: la efusividad del color, el buen dibujo... Eran cuadros expresionistas donde tomaba obras del Renacimiento, del Barroco, del Manierismo, creadas por artistas muy conocidos, y las reinterpretaba en grises, deformando el dibujo y haciendo “barbaridades”. Un acto sacrílego, sin dudas (sonríe).

«Siempre me ha gustado plantearme retos. Mi última exposición terminada, por ejemplo, reúne dibujos a carbón de paisajes urbanos. Pero antes hice retratos, desnudos..., lo cual estaba vedado para mí, porque exigía del buen dibujo. Sin embargo, surgió Mujeres bajo la lluvia. Asimismo, he trabajado con materiales reciclables, collage, cuadros más cercanos a lo que la gente reconocería como una obra bien hecha... Pero todo ha sido para probarme, por curiosidad. ¿Cómo puede hacerse esto?, me pregunto, y me pongo en función de encontrar la respuesta. ¿Comprendes?».

—Ha funcionado, porque has recibido el reconocimiento del público y la crítica...

—Sí, no me puedo quejar de la crítica, y creo que la gente ha terminado aceptando esta manera errática mía de trabajar. En lo personal, como siempre abordo un tema distinto, lo enfrento de un modo distinto. Y el tema puede ser inspirado por cualquier cosa: por un libro, digamos, o una canción, como me sucedió con El gran simulador, de 1988, que hablaba de la doble moral. Se me ocurrió después de leer el texto de una canción de amor de Los Platters, The Great Pretender... En fin, que el público y la crítica han sido muy benevolentes con mis creaciones.

—¿De qué manera se fue cultivando, armándose espiritualmente, aquel muchachito de Puerto Tarafa para poder concebir una obra que abarca un espectro tan amplio?

—Tu pregunta me hace reflexionar sobre algo en lo que no me había detenido a pensar. En cuarto o quinto grado, quería ser químico nuclear. No sabía por qué, pero era mi sueño. Tanto insistí con esa idea, que cerca de mi casa había un emplazamiento coheteril y un oficial me regaló un libro de balística. Entonces se me ocurrió crear un combustible para cohetes, mezclando medicinas que luego enterraba.

«¿Por qué te cuento todo esto? Porque ese deseo de investigación, de búsqueda, de ir más allá de los intereses de mis compañeros, ya estaba en mí, lo cual sirvió para que después de disfrutar los “muñequitos” descubriera a Salgari y Verne, para luego devorar muchas, pero muchas novelas. He sido un lector apasionado, y la verdad es que me he nutrido de la literatura sobre todo, pero también del cine.

«Recuerdo que cuando contaba con 17 años, la biblioteca de Nuevitas estaba colmada de libros de la editorial Seix Barral. Entonces me leí El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov; a Lin Yutang y la filosofía china e hindú; Marcel Prust con En busca del tiempo perdido... Una suerte enorme, porque, además, nadie utilizaba la sala de música, que era para mí solamente.

«Y en los 70, películas como La abeja reina, Viridiana y El eclipse, de Antonioni; La fuente de la virgen, de Bergman... no eran de Cinemateca, se ponían en los cines de barrio. Por tanto, facilitó mi formación también el hecho de que fueran excelentes las películas que viera».

—Has sido un creador muy inquieto...

—Hasta el 94 me desempeñé como instructor de arte por todos los municipios de la provincia, y en los últimos años impartí clases en la Escuela Elemental de Arte. Por otro lado, esa inquietud constante mía me llevó al ballet para hacer la escenografía de Fidelio, un quehacer que ha estado presente también en el teatro. He diseñado portadas de libros y de discos, como Leyendas camagüeyanas, de Gerardo Alfonso, y me he enfrentado a la escultura, pero no me siento cómodo con ella.

«Asimismo, escribí un guión para un corto a partir de Un buen día para el pez plátano, de Salinger. Cuando estaba a punto de filmarlo, me llamé a capítulo para evitar el ridículo. Bueno, tengo también cuentos, dos libros de poemas publicados y por mucho tiempo me dediqué a la crítica de arte en el periódico Adelante... Muchas vidas».

—¿Cuál es la diferencia entre tu generación y las que vinieron después?

—En la generación mía, la de los 80, estaba muy presente el aspecto romántico del arte, pero desde los 90 apareció el pragmatismo. A partir de entonces, una parte considerable de los jóvenes artistas, desde que concebía una obra, sabía el destino de la misma. Eran como Guillermo Tell. Cuando cargaban la flecha estaban convencidos de que iría directo a la manzana. Así no se hace arte, el cual requiere, primero, complacencia personal. Ah, que se venda, eso es una suerte, porque el dinero hace falta, pero debes llenarte primero espiritualmente como individuo. Veo un exceso de pragmatismo y una necesidad de llegar muy rápidamente a las cosas que demoran: a la fama, al reconocimiento. Y no es que diga que haya que esperar a ser viejo para conquistarlo, pero creo que la gente debe tener más paciencia.

—Háblame de Las visiones de Robinson Crusoe...

—Después que regresé de la Bienal, estoy muy cargado de energía porque realmente mi propuesta, Strawberry Fields Forever, un título como la canción de John Lennon, recibió una magnífica acogida. Y Las visiones de Robinson Crusoe, en preparación, era una exposición que había pensado mucho, pues no estaba seguro de cómo entrarle. No quería pintar a la manera tradicional, y mis experiencias con la materia y las latas no me servían. Ahora encontré el tono que quería. Estos cuadros serán las visiones de este hombre que ha naufragado en una isla y tiene que arreglárselas para subsistir y sobrevivir. Ya terminé el primero, Susana y los viejos, que parte de una idea bíblica. La figura de Susana la he conformado con fotos de carné de identidad de personas. Lo cierto es que cada cuadro por hacer me parece más interesante que el que acabé.

—¿Consideras beneficiosa tu permanencia en Camagüey?

—No te voy a negar que La Habana legitima el producto artístico y al artista. La gente me pregunta: ¿por qué no te has ido? Porque yo entiendo la creación como un acto de soledad total. Aquí cuento con todas las condiciones: un estudio grandísimo, los materiales, las ideas... También cuento con el reconocimiento de la gente, aunque jamás he aspirado a ser el clásico artista provincial, cuyo nombre, después de viejito, identifica una calle. No, no, no... Mi arte va más allá de eso.

«Sencillamente, Camagüey es mi lugar para trabajar, y por permanecer aquí no me han quitado nada. Acabo de participar en la XI Bienal de La Habana, como mismo he estado en varias exposiciones internacionales. Pero no voy a buscar lo que no me pertenece. Los tronos en la capital están dados y hay una cantidad inmensa de príncipes aguardando. No quiero meterme en esa competencia. Por eso, cuando voy, me reciben de lo mejor porque conocen que no ocuparé ningún espacio, y nos invitamos a comer, fiestamos y regreso».

—Jover, ¿cómo es vivir en una familia de artistas?

—Mira, Ileana (Sánchez) pinta al igual que mi hijo, mientras la niña es fotógrafa, pero no es problemático vivir en una familia como la nuestra. Todos tienen tus mismos intereses; cuando hablas saben a qué te refieres. Entre nosotros, por suerte, la desgracia del celo profesional no ha calado. Nos respetamos y cada uno disfruta realmente con los triunfos del otro. Genial, ¿verdad?

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