Tras el arranque, días de pesca - Cultura

Tras el arranque, días de pesca

Varios largometrajes que compiten en la categoría ficción van saliendo a la escena

Autor:

Frank Padrón

Varios largometrajes que compiten en la categoría ficción van saliendo a la escena festivalera. Veamos dos de ellos:

Sorín vuelve a la Patagonia

Tras una inexplicable vuelta a la capital argentina, con una historia sazonada por elementos de thriller (Desaparece el gato, 2011) Carlos Sorín regresa este año a sus Historias mínimas ambientadas en la agreste y solitaria Patagonia, por el estilo de esa que iniciara en 2002 toda una serie a la que se sumaron, con mayor o menor fortuna Bombón el perro (2004) y El camino de San Diego (2006).

Esta vez, Días de pesca (2012) nos trae el reencuentro de un padre ex alcohólico y divorciado con su única hija quien vive junto a la familia en el apartado paraje; pese a la cordialidad del recibimiento y la aparente armonía, flota en el ambiente una tensión que explotará en cualquier momento.

Sorín se ha especializado en el minimalismo de relatos que, sin embargo, esconden fuertes dosis de indagación psico-ontológica; aquí, por ejemplo, asistimos al caso de ese personaje, el cual va entrando en la curva de una madurez que implica enfermedades, acaso arrepentimiento y una elevada dosis de soledad. Aficionado a la captura del tiburón, el protagonista va a descubrir algo más que grandes escualos en el mar que rodea el sitio.

El director argentino nos entrega esta nueva historia donde, como es habitual en su obra, solo aparentemente, no pasa nada o muy poco; quienes logran pulsar los matices y los subtextos de sus relatos, hallarán significativas reflexiones sobre las relaciones familiares y humanas en general. Días de pesca no es la excepción.

Una puesta en escena cuidadosa y sencilla, y la actuación estudiada y elegante de Alejandro Awada contribuyen a ello.

Cine de la crueldad

Como el teatro así llamado, existe un «cine de la crueldad», dentro del cual la cinta mexicana Después de Lucía (2012), del mexicano Michel Franco (Daniel y Ana) es un lúcido exponente.

Precedida ya por importantes galardones (en Cannes, donde obtuvo premio al mejor largometraje en la sección Una cierta mirada; en Chicago, que le adjudicó su Premio Especial del Jurado…) y seleccionada para representar a su país ante el Oscar y el Goya, la obra lanza una dura crítica al llamado bullying (acoso escolar) como peligroso fenómeno social no solo en México sino en toda la sociedad contemporánea (otro filme que en los últimos años trató de modo impactante el abuso colectivo fue Un crimen americano (2007, Tommy O’Haver).

Procedente del interior (Puerto Vallarta) y tras perder a su madre, la adolescente Alejandra se instala en la capital junto a su padre, con el cual establece una relación más bien distante. La indiscreción de un colega con el cual hace el amor una noche torna la vida de la joven en un infierno dentro de la escuela, al ser objeto de burlas, humillaciones y maltratos por parte de toda la clase, a los que ella responde con indiferencia y casi ausencia.

La cinta muestra desde sus inicios una austeridad narrativa que sobrecoge: todo se presenta con firmeza de trazos fílmicos, con economía de recursos y regodeándose en la violencia que se respira por cada fotograma sin alardes ni morbos, más bien exhibiéndola en su pasmosa realidad.

La psicología de los personajes centrales (padre e hija que pasan de la depresión que genera la pérdida familiar a la peligrosa apatía que los convierte, sobre todo a ella, en víctimas); la insania del ambiente escolar, caracterizado por el consumo de drogas, los celos y la envidia, devenidos extrema crueldad; la ineficacia de las autoridades, tanto escolares como policiales, son atrapados y proyectados por el preciso y riguroso lente de Franco, al que solo hay que reprochar cierta molesta tendencia al alargamiento excesivo de los planos, incluso después de que estos han proyectado su carga semántica.

Las actuaciones (Tessa Ia, magistral en su joven permanentemente hostigada, Gonzalo Vega como el padre, y buena parte del equipo adolescente) complementan la cuerda rigurosa que mantiene el filme en su factura, y al que no disminuye el efectista final, que no hace otra cosa que coronar un trayecto motivador y sugerente.

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